Venezolanos, entre la soledad, la pobreza y la falta de servicios públicos

En Venezuela, más de 7 millones de personas, entre empleados públicos y pensionistas, perciben ingresos menores de 10 dólares por mes.

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Hombre mayor en un abasto de Venezuela (Foto: Emmanuel Rincón)

Caracas/Maracaibo, 2 jul (EFE).- La severa crisis que atraviesa Venezuela hace más de un lustro encuentra su expresión cotidiana en el colapso de los servicios públicos, una masiva emigración que ha roto familias y la implosión de la economía, que hasta hace solo unas décadas era un ejemplo para la región.

Cada día, millones de venezolanos padecen al menos uno de estos tres males, todos relacionados con la caída de la economía del país con las mayores reservas probadas de petróleo en el planeta y un potencial turístico que otrora atraía a millones de visitantes.

Son apenas tres postales de una situación que el Parlamento -que tiene su propia crisis con dos directivas que pugnan por el control del órgano- ha señalado como «compleja» y que tiene más caras.

Tres fotografías que ofrecen una idea global de la crisis venezolana y cómo está afectando a los ciudadanos.

LA MIGRACIÓN DESENCADENA EL DRAMA DE LA SOLEDAD

La pensionista Hilda Márquez recuerda cada día con nostalgia a su hijo Sergio, que años atrás huyó de la crisis venezolana para radicarse en Chile, al igual que cerca de 400.000 de sus compatriotas, según datos oficiales.

«Me hace falta como no tienes imaginación, uno no quiere que los hijos se vayan, ni que nadie se vaya», dijo a Efe la mujer de 76 años.

Pero desde su humilde vivienda en el oeste de Caracas, Márquez prefiere extrañarlo que verlo regresar a Venezuela, donde solo enfrentará «calamidades» y hambre.

«Él me dice que está bien, que sigue en su trabajo, y ahora como están las cosas (por la pandemia) me dice que trabaja desde su hogar», dijo al recordar la última conversación que sostuvo con su hijo. «Y si está bien por allá, ¿a qué se va a venir aquí a pasar más calamidades, las que estamos nosotros pasando?», añadió.

Sergio es uno de los cinco millones de venezolanos que huyeron de la crisis en los últimos años, de acuerdo con cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Expertos venezolanos han dicho que estos migrantes ayudan a mejorar las economías de sus familias a través de remesas -calculadas en unos 3.000 millones de dólares en 2019- envíos de alimentos, ropa, calzado y diversos productos.

Unos números que, no obstante, no mitigan el dolor de la distancia que sienten, sobre todo, los pensionistas que tienen hijos y nietos en otros países.

LA ECONOMÍA DEVASTADA SE CONVIERTE EN NECESIDAD

El caraqueño Nelson Pacheco tiene un trabajo fijo en una panadería de la capital venezolana, donde cumple varias labores y devenga el salario mínimo establecido en el país: 400.000 bolívares o 1,95 dólares a la tasa de cambio actual del Banco Central.

Pacheco también se emplea en el parking de un restaurante de la capital, un negocio venido a menos por la pandemia del nuevo coronavirus, y recibe algunas ayudas sociales, más conocidas como misiones, que otorga la tiranía de Nicolás Maduro.

Pero aún así, sus ingresos mensuales no superan los 10 dólares.

«Es fuerte», dijo Pacheco a Efe acerca de vivir con menos de medio dólar al día. «Hay que saber sobrevivir, lo poquito que uno se gana estirarlo para medio comer, (porque) para más nada alcanza el sueldo», añadió.

En Venezuela, más de 7 millones de personas, entre empleados públicos y pensionistas, perciben ingresos similares a los de Pacheco: menos de 10 dólares por mes.

El número deja a estos venezolanos, casi 25 % de la población, muy por debajo del umbral de la pobreza de acuerdo a los datos del Banco Mundial, que estima en 2 dólares diarios el ingreso mínimo para abandonar este grupo.

«Es fuerte, para mí y para muchas personas, no es para mí solo», prosigue Pacheco antes de apuntar a la solución que muchos encuentran a la miseria: «Pedir, algunas veces pedir».

LOS SERVICIOS PÚBLICOS, COLAPSADOS

María Alvarado guarda en «pimpinas» (garrafas) varios litros de agua para hacer frente a los cortes del servicio en su natal Maracaibo, la capital del estado de Zulia (oeste), una de las regiones más castigadas por la crisis venezolana.

«El agua llega, a veces, cada 15 días, a veces ni llega, y cuando llega es ‘agüita de tamarindo'», dijo a Efe la mujer de 33 años, haciendo una comparación entre el jugo de un popular fruto cítrico en Venezuela y el color del agua que sale por los grifos. Cuando sale. «Está sucia», insistió la mujer, quien vive en una casa que comparten 6 personas, tres de ellas sus hijos menores de edad.

Racionar el agua, dijo, es un desafío. Gran parte de la que puede almacenar se la provee una clínica privada cercana a su casa.

«La clínica Zulia nos suministra el agua a través de un pozo. Tres veces por semana le dan agua a la comunidad», explicó.

Venezolanos recolectan agua de la calle (EFE)

Pero el mayor desafío para esta familia es preparar los alimentos diarios en medio de la escasez puntual de gas que sufre la región zuliana.

Así, muchas veces María usa una cocina eléctrica, pero las fallas del servicio de energía también son frecuentes en Maracaibo y dificultan la labor.

«(La luz) se va todos los días, ya no se está yendo por mucho tiempo, pero se va», dijo la mujer.

Los problemas con la energía eléctrica están cambiando los hábitos de consumo de los venezolanos, que, cada vez más, adquieren alimentos que no precisan frío para conservarse y evitar que los cortes de luz arruinen sus escasas reservas de comida.

Las fallas, además, han llevado a Alvarado a pensar que los servicios públicos en Venezuela no deberían pagarse, algo que ella ya hace desde hace mucho.

«No pueden cobrar por algo tan ineficiente», dijo.

En este país los servicios públicos están colapsados, pero, si bien no tienen costo cero, son prácticamente gratuitos.

El servicio eléctrico, por ejemplo, es el más barato de la región y no se suspende si el usuario no paga el monto mensual.

«Vergüenza les debería dar, tenemos un Gobierno ineficiente», dijo Alvarado, antes de ofrecer una solución a la crisis: un cambio de régimen, «porque, hagamos lo que hagamos, nunca vamos a solucionar si tenemos un Gobierno ineficiente», apuntó.

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