¿Por qué la clase política tradicional y sus medios atacan a Trump?

Desde su primera candidatura presidencial, los grandes medios hacen campaña en su contra, se le ha acusado de todo desprestigiándolo y prácticamente no se ha destacado nada de su gestión. Acaso se preguntaron: ¿por qué se le ataca tanto a Trump?

Donald Trump, el gran enemigo de la clase política tradicional estadounidense y los grandes medios de comunicación. (Foto: @WhiteHouse)

Ya es cotidiano que los grandes medios estadounidenses y los políticos tradicionales, sobre todo del bando demócrata, disparen a diestra y siniestra contra Donald Trump.

Al actual presidente estadounidense se le ha acusado de todo: racista, sexista, homofóbico, xenófobo y hasta de fascista. Antes de que fuera presidente, por ejemplo, se mencionaba que era una locura poner a Trump tras el famoso botón rojo de La Casa Blanca. ¿La razón? Siempre se basaron en la actitud y en la retórica del actual presidente. Que no cae bien, en muchos casos, pero no por ello significa que sea un demente.

Después del masivo desprestigio hacia su figura, Trump logró lo impensado: llegar a la presidencia. Desde allí, no se ha cansado de gestionar positivamente la economía, batiendo todos los récords posibles en materia de crecimiento continuo y de empleos.

El republicano, además, mostró una habilidad innata, junto a su administración, para la resolución de conflictos históricos en los lugares más difíciles del mundo: Medio Oriente, Corea y los Balcanes.

Con todo y estos logros, a Trump aún se le atiza desde los grandes medios afines al Partido Demócrata y es señalado con fiereza por sus adversarios políticos, algo lógico por las contiendas, pero ¿no ha sido una de las administraciones más criticadas de la época pese a que es una de las más exitosas? Lo es, lo que nos lleva a la simple interrogante: ¿Por qué?

Un presidente fuera de la clase política

Donald Trump no forma parte de la clase política tradicional, no es un Clinton, no es un Bush; es un empresario exitoso recontra famoso que, de hecho, muchos medios tildan como «antipolítico». No hay que olvidar su campaña presidencial, donde no se guardó nada en su retórica contra el establishment, ¿insultó mucho? Sí, ¿vendió humo? También, pero dijo muchas verdades.

A Hillary Clinton, por ejemplo, la tachó sin reparo de corrupta. En un debate presidencial le dijo que, pese a que su experiencia dentro de la política era innegable, justamente ese era su defecto: la mala experiencia. Trump no la tenía, podía decir con autoridad lo que muchos americanos creían y creen: hay muchos corruptos en Washington dentro de la clase política tradicional.

¿Qué ha jugado a favor de Trump a diferencia de los políticos? La autenticidad. Se alejó del discurso políticamente correcto, muchas veces superando los límites, un riesgo necesario, y empezó a trabajar por su país. Durante su mandato presidencial, el republicano ha tenido que alejarse del mundo de los negocios, el resultado es que, durante el último año, ha perdido más de 600 millones de dólares.

En síntesis, desde su campaña y durante su gestión, Trump ha sido muy certero al momento de referirse a los políticos tradicionales. Ha criticado sus errores al igual que sus contradicciones, también a sus medios de comunicación, por ello la guerra comunicacional no ha cesado desde entonces. Los medios masivos contra Donald, pero muchos medios alternativos —en constante crecimiento— a favor del mismo.

Por eso se lee en The Washington Post artículos como «el peor presidente de la historia» para referirse a Trump. Más allá de las excentricidades y lo polémico que puede ser el republicano, ¿hay argumentos para hacer semejante afirmación? Un medio en teoría serio, como el WaPo, debería hacer retrospección antes de lanzar publicaciones como la mencionada.

CNN y el Times no se quedan atrás, sus líneas editoriales ya ni siquiera pueden definirse como pro demócratas, sino, directamente, anti-Trump. Y es algo que se ha hecho recurrente en los últimos años. ¿Trump colaboró con esto? Seguramente, el presidente estadounidense, además de criticar fuertemente a la política tradicional durante su campaña, también atizó a los medios ,por ello su estilo de campaña se basó en la comunicación directa con los estadounidenses a través de Twitter, práctica que no dejó una vez en el cargo.

El empresario no solo cambió la forma de hacer política, sino que, además, fue exitoso para vencer al establishment. Jugando sus cartas y haciéndolo a su manera. Eso no es algo que la clase política tradicional pueda perdonar.

Desnudar el fracaso de Obama

A Barack Obama muchos le consideraron uno de los mejores presidentes de la era moderna americana. Entre «sus logros» los analistas destacan que dejó una economía robusta con una tasa de desempleo baja, con la salvedad de que muchos trabajos eran de baja calidad. Pero cuando se hace un balance general, los contras rebasan a los pros de la administración Obama, tanto en políticas nacionales como en el exterior.

El demócrata Obama recibió una economía de capa caída tras la crisis del 2009 y la dejó bastante estable con la recuperación de la bolsa y el mercado inmobiliario, además de la creación de 16 millones de empleos. Pero, en contraparte, los números fiscales que dejó fueron nefastos. Así que el mismo Barack fue incapaz de mejorar la calidad de vida de los trabajadores en temas impositivos y de ingresos, algo que Trump sí ha logrado y con creces en apenas un período.

Obama llevó adelante planes sociales costosísimos como el famoso Obamacare, un proyecto que el actual presidente estadounidense ha querido suspender y eliminar. La realidad es que el La Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Accesible era y es una medida populista que, seguramente, ayudó a muchas personas con atención médica pero, al mismo tiempo, contribuyó a desbalancear las cuentas del gasto público.

El déficit fiscal de EEUU subió con el demócrata en la White House, nunca se llevó a cabo una reforma fiscal y no solo aumentaron los subsidios, sino también la burocracia. Trump acabó con ambas durante su mandato y también hizo una gestión económica mucho más prominente que la de su predecesor.

El hombre de la paz que no es reconocido

Pero los errores de gestión de Obama no solo fueron nacionales, sino también internacionales. El trágico acuerdo nuclear y el fortalecimiento de Irán en Medio Oriente gracias a las políticas exteriores de Barack, la contraproducente guerra en Afganistán que nunca culminó, el fortalecimientos de las tiranías socialistas en América Latina y el crecimiento en influencia del terrorismo en la región fueron legados de Obama.

Obama, indirectamente, fue un fuerte aliado de Cuba y Venezuela. Su legado en América Latina provocó que las tiranías socialistas se fortalecieran. (Archivo)

Quizás la política exterior del demócrata sea el punto que más desnuda a su Gobierno, por otro lado, ese es el brazo que más fortalece a Trump. El actual presidente logró disolver los acuerdos nucleares, debilitó de manera brillante a Irán y fortaleció a sus aliados en Medio Oriente. Además, está sacando a las tropas americanas de Irak, terminó la guerra en Afganistán logrando, además, acuerdos históricos de paz con los talibanes. Por si fuera poco, consiguió acuerdos de paz sin precedentes entre Israel y Emiratos Árabes; las dos coreas y en los balcanes entre Serbia y Kosovo.

Trump, antes de arribar a La Casa Blanca, era «el hombre que no había que poner detrás del botón rojo». Una vez allí, a base de poder de disuasión y negociación, demostró ser el hombre de la paz que el mundo libre necesitaba.

La reducción de la burocracia y de las regulaciones

Si hay algo que la clase política tradicional de cualquier país no perdona es que se metan con sus cargos públicos. Por esta senda, pocos caminaron como el que profesa el lema «Make America Great Again». La administración Trump ha sido, irrefutablemente, la que más ha atacado y reducido la burocracia en EE. UU.

Hay que remontarse a Reagan para encontrar un Gobierno estadounidense que haya bajado tanto las regulaciones. Pero aun así, el de Trump lo supera con creces, teniendo sus principales fuertes de políticas públicas en la materia impositiva, la reducción del Estado y las desregulaciones. Aunque la Casa Blanca sigue teniendo problemas con el gasto, una deuda que Trump debe cumplir.

En un artículo de Daniel J. Mitchell para FEE se lee una cita en el Washington Post de un representante de la admnistración Trump:

En los últimos dos años, las agencias federales han reducido los costos regulatorios en 23 000 millones de dólares y han eliminado cientos de regulaciones gravosas, creando oportunidades para el crecimiento y el desarrollo económico. Esto representa un cambio fundamental en la dirección del estado administrativo, que, con pocas excepciones, ha permanecido sin control durante décadas. El Gobierno de Obama impuso más de 245 000 millones de dólares en costos de regulación a las empresas y familias estadounidenses durante sus dos primeros años.

Esta desregulación de la administración Trump, además de limitar el poder del Estado y apuñalar a la burocracia, le dio un respiro gigante al sector privado que venía afectado debido a las grandes trabas económicas que se venían implementando durante el Gobierno predecesor. Por supuesto, al ser el sector privado el principal beneficiado, esto se tradujo en un constante crecimiento económico y del empleo. Se beneficiaron las empresas y también las clases media y baja.

Mitchell, que es un economista especializado en temas fiscales, señala que los principales puntos positivos de Trump vienen en sus políticas de impuestos y de regulación positiva. Pero que las calificaciones del republicano deben mejorar en temas de gasto, comercio y política monetaria.

La reforma fiscal y su política impositiva

Hay quiénes mencionan que Trump es un sujeto liberal en el sentido latinoamericano de la palabra, no norteamericano, pero la realidad es que es un tipo conservador. Pero más allá de eso, que Trump se haya ganado un respeto entre los liberales de América Latina se debe, en gran parte, a sus políticas impositivas.

Si hay algo que los latinos llevan años pidiendo a sus diversos gobiernos son reformas fiscales que beneficien a las pequeñas y medianas empresas junto a la clase media. En definitiva, darle herramientas al sector privado para que sirvan de motor económico. Al final, todo ligado a la limitación del Estado y sus gobernantes.

Trump implementó esto en su país, impulsando una de las reformas fiscales más ambiciosas de la historia  y reduciendo los impuestos tanto «a los ricos», como a «la clase trabajadora».

En su momento, los habituales críticos de Trump, desmeritaron la reforma porque supuestamente beneficiaba más a los ricos que otra cosa. Se equivocaban. La reforma de Trump no solo influyó directamente en el crecimiento de la economía, sino que también provocó la generación masiva de empleos de calidad y, antes de la pandemia, tenía la tasa de desempleo en sus mínimos. Logros sin precedentes de la administración Trump.

Pero como de costumbre, los grandes medios afines a la clase política tradicional encontraron excusas para criticar al republicano. «Se recaudará menos», «no se podrán subsidiar los planes sociales», «se aumentará la brecha desigualdad»; todo fue falso. El mismo año que se puso en ejecución la gran reforma de Trump, EE. UU. alcanzó el superávit más grande desde abril de 2001, 214 000 millones de dólares.

Hay una lógica económica que aún muchas personas no han comprendido, y es que a menor número de impuestos, la recaudación es mayor. El New York Times, por ejemplo, no lo entendió así en 2017 cuando publicó un artículo denominado «Trump dice que respalda a la clase obrera, pero sus acciones lo desmienten». En la pieza, dos periodistas criticaron a Trump, entre otras cosas, por la reforma fiscal.

Los contribuyentes mientras más ingresos y ganancias tengan más podrán pagar al fisco. Mientras existan menos regulaciones y tipos de cargas impositivas, la recaudación se hace más efectiva y limpia. Al final, todos ganan, cooperativismo en estado puro. No por nada la clase trabajadora y las «menos privilegiadas» han sido las principales beneficiadas bajo el mandato republicano.

Este éxito empresarial es una de las cosas que más molesta al establishment, que haya llegado un presidente fuera de la élite política (más allá de que sea un magnate) y que tenga éxito, desmiente y desenmascara su retórica. Muchos americanos se han identificado con Trump y con justa razón, se cansaron del discurso falso y de las políticas que el actual presidente denomina «antiamericanas». Por ello, otra parte importante a analizar es la retórica del republicano.

Discurso fuerte contra el progresismo que afecta a la política tradicional

En este medio se ha denunciado, en diferentes ocasiones, cómo los demócratas se han girado peligrosamente hacia la izquierda más recalcitrante. Se han transformado en un partido que está alejado de los valores y tradiciones estadounidenses para unirse al progresismo actual.

Los demócratas, hipócritamente, se muestran como defensores de «las minorías», como los salvadores y los revolucionarios que terminarán con los «problemas sistémicos del capitalismo estadounidense». En ese sentido, se acercaron a los movimientos progresistas y también de izquierda en EE. UU.

Por ejemplo, Hillary Clinton y los demócratas, abiertamente apoyan el aborto; cosa con la que Trump no comulga. Se adhirieron a la lucha contra el «racismo» (dato curioso, el Partido Demócrata ha sido, históricamente, el que más atentó contra la raza negra), Biden se presenta como el candidato distinto —pese a que es una de las grandes caras de la política tradicional por excelencia— que logrará acabar con los problemas de «desigualdades sociales y de raza».

Trump, más allá de que puedan estar de acuerdo o no, es alguien conservador que no se adhiere a ninguna nueva etiqueta. No está a favor de la progresía ni intenta hacer populismo presentándose como un aliado de la misma. De hecho, las combate, porque considera que muchos de estos movimientos van en contra de los valores tradicionales americanos que él defiende.

Por eso el discurso de Trump termina siendo políticamente incorrecto; algunos lo critican y lo tildan de populista y hasta de fascista (sin ningún tipo de conocimiento ideológico, claro), pero muchos también lo reconocen e incluso le dan la razón sobre los demócratas que se han desdibujado por completo convirtiéndose en un partido antiamericano.

También es cierto que Trump tiene miles de acciones cuestionables y criticables. Ha hecho comentarios inoportunos contra extranjeros, también su administración ejecutó anuncios en plena pandemia como el de sacarle la visa estudiantil a universitarios por no presentarse a las clases presenciales. Y seguramente muchos errores más, pero eso, en el balance global, no tapa su gestión ni sus grandes logros que sistemáticamente han sido opacados por sus enemigos tradicionales.

Trump, por ejemplo, deportó muchísimo menos que Obama; tuvo el desempleo para latinos y afroamericanos en sus números más bajos (para todos los estadounidenses, en realidad), al que lo llaman «misógino» tiene a más mujeres entre sus asesoras principales que cualquier presidente de la historia.

Acaso se preguntaron alguna vez: ¿por qué los grandes medios y la clase política tradicional atacan y desprestigian tanto a Trump? Además de lo explicado en este ensayo sobre las gestiones exteriores y nacionales, sumado a sus formas de hacer política, mucho tiene que ver que Trump es un firme defensor de los valores occidentales, el capitalismo, la libertad y también el conservadurismo. Y los enemigos de estos cuatro últimos, además de poderosos, tienen la capacidad de reescribir la historia manipulándola; lo han hecho siempre y lo seguirán haciendo.

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