El fantasma de la sobrepoblación, parte II

Entender a la sociedad como producto de evolución espontánea implica verla como resultado involuntario de la concurrencia de acciones que perseguían objetivos conocidos

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La clave de la prosperidad es la diferencia entre recursos naturales y bienes económicos. (Foto: Flickr)

Mi previa columna trató de la clasificación de teóricos y teorías sobre población y recursos en dos paradigmas enfrentados a los que el economista Gabriel Calzada denomina «paradigma del equilibrio» y «paradigma de la armonía». La razón para tratar el tema es que hoy el totalitarismo rojo se cubre de ecologismo verde oscuro y adopta el paradigma del equilibrio. El paradigma de la armonía es inherente a la evolución de la civilización industrial en su entorno natural a largo plazo –sin negar desajustes de corto plazo, ni el riesgo de colapso al interferir la dinámica armonía del proceso mismo–.

Calzada resume nuevamente que «existe una diferencia muy clara entre lo que es una cosa y lo que es un bien económico, lo que hace que una cosa se transforme en un bien económico para el hombre no es su propiedad intrínseca, física de la cosa, sino la relación entre las propiedades físicas de la cosa y la satisfacción de una necesidad o un fin humano, si atendemos a la definición clásica de bien económico.

Karl Menger nos diría que hay cuatro características que tiene que tener una cosa para transformarse en bien económico. En primer lugar, existe una necesidad humana. Sin necesidad humana no hay bien económico que valga. En segundo lugar, existen ciertas propiedades en la cosa que permitan satisfacer esa necesidad. Sin propiedades que permitan satisfacer alguna necesidad, no vale para nada y sigue siendo una cosa. En tercer lugar […] una conexión causal, pues no es suficiente con que existan las propiedades que permitan satisfacer la necesidad, sino que sea conocida la relación causal entre tales propiedades de la cosa y la satisfacción de la necesidad específica. […] Y en cuarto lugar debemos tener control sobre la cosa. […] como mínimo la tercera y la cuarta, […] conocimiento de la conexión causal y el control de la cosa […] son creadas por el ser humano. ¿Y cómo se crean? Pues en general por el proceso de acumulación de capital y el aumento de la productividad del trabajo, además del aumento del conocimiento. […] De hecho, Karl Menger en 1871 decía sobre esto ‘que la falta de un concepto de bien económico sólidamente fundamentado es lo que ha impedido a otras escuelas afrontar el concepto de riqueza'».

En el paradigma de la armonía no hay un problema irresoluble de existencias limitadas de recursos naturales. La solución aparece cuando se explica la capacidad humana de trasformar recursos naturales en bienes económicos. Es indiferente para lo que tratamos el que las existencias físicas de un recurso natural sean relativamente abundantes o escasas –aunque económicamente escasos son únicamente aquellos que son bienes económicos, siendo los que son útiles mas no escasos bienes libres– pero lo significativo aquí es que la humanidad tiene una capacidad de incrementar la oferta de recursos naturales en los que descubre bienes económicos, mayor de la de incrementar la población humana.

División del trabajo es crecimiento del conocimiento disperso, inteligencia que logra que la humanidad produzca más capital. Más capital significa que el mismo esfuerzo producirá más resultados a menor coste. La eficiencia dinámica del proceso no es exclusivamente económica, sino ecológica, y que únicamente la limitan:

  1. El número de mentes creativas que intervienen libremente en el mercado. En busca de sus propios fines crean involuntaria pero felizmente la institucionalidad emergente de la evolución del orden espontáneo de la civilización.
  2. El grado de desviación del equilibrio dinámico natural de los sistemas institucionales del mismo orden espontáneo. Algo aproximadamente proporcional al grado de socialismo en sentido amplio que exista en cada tiempo y lugar.

Hablamos de paradigmas irreconciliables, porque lo que tienen en común aquellos teóricos que podemos adscribir a cada uno –independientemente de sus diferencias dentro del paradigma– es lo que los opone radicalmente a lo que tienen en común aquellos que podemos adscribir al otro paradigma. Tenemos que concluir que el paradigma del equilibrio antagónico, al que debe dársele tal calificativo porque presume que es imposible el equilibrio armónico espontáneo entre el hombre civilizado y su entorno natural y de ello deduce con que un artificioso equilibrio en tal antagonismo irresoluble tendría que forzarse mediante la planificación central de la economía, para limitar población y producción a niveles en que el entorno mantendría capacidad natural de recuperación ante el agente patógeno humano disminuido. Sí, el paradigma del equilibrio entiende al hombre como un agente patógeno, y al entorno como un macro ser viviente sujeto a enfermedad y muerte.

Por su parte, el paradigma del equilibrio inherente ha de denominarse así porque explica la evolución de la civilización como un proceso natural inherentemente armónico y parte sana de la evolución de la vida. Entender a la sociedad como producto de evolución espontánea implica verla como resultado imprevisto e involuntario de la concurrencia de acciones que perseguían objetivos conocidos, adaptándose razonablemente al entorno social. Tal producto de la acción, pero no de la voluntad humana, escapa por su propia naturaleza a nuestra capacidad limitada de planificación y control centralizado.

Entender la sociedad como orden espontáneo evolutivo de inabarcable complejidad dinámica, que escapa a la capacidad humana de control consciente, o como producto acabado de la voluntad y razón humana, y al moldearla eficientemente a voluntad como capacidad inherente a nuestra razón, es lo que diferencia radicalmente a los dos paradigmas. Por lo demás, la primitiva idea que donde hay un orden social existió necesariamente una mente rectora que así lo planificó para su propio beneficio, resulta ser lo que une al paradigma del equilibrio antagónico con el pensamiento socialista en sentido amplio. En resumen, a humanos y gavilanes nos gusta comer pollos. Pero mientras de más gavilanes resultan necesariamente menos pollos, de más humanos civilizados resultan necesariamente más pollos.

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