Esta pandemia está desatando nuestros peores temores ancestrales

El temor primitivo desatado por un peligro real está haciendo a demasiados adorar al virus de una pandemia como un dios de la muerte al que imploran la destrucción de la civilización misma

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El coronavirus ha evidenciado otros aspectos de los seres humanos. (Foto: Flickr)

El temor a lo desconocido, a lo incomprensible, el terror ante amenazas invisibles, poderosas e incontrolables está –junto a peligrosos vicios ancestrales ancladas en la emocionalidad– subyacente en cada hombre civilizado, esperando a superar nuestra razón, sobrepasar las barreras institucionales de la tradición moral de la civilización, y regresarnos al estado del salvaje primitivo en busca de la hechicera a la que quemar, para conjurar su temor confirmando su ignorancia. Y es justamente eso lo más peligroso que está sacando a la superficie la pandemia del virus chino.

Para entenderlo, debemos recordar que la libertad es un accidente evolutivo reciente, resultado de la coincidencia afortunada de ciertos valores morales y que únicamente por su generalización e institucionalización fue posible la evolución del orden civilizado. Clave de ese orden espontáneo es que sus resultados no han sido planeados –ni previstos– por las personas de cuyas interacciones emergen, ante todo porque no necesitan planear el orden evolutivo al cual se adaptan para planificar la búsqueda de sus propios fines; y sobre todo porque del orden espontáneo intersubjetivo en dinámica evolución, cada cual tiene conocimiento limitado y privativo, con lo que hablamos de información dispersa de imposible centralización –el mero intento de centralizarla destruye el propio proceso del que surge– lo que hace materialmente su planificación central.

Entre el instinto y la razón, hay conductas que cada cual copia del ambiente social sin comprensión de causa, conductas que se reafirman o descartan por sus resultados involuntarios de largo plazo. De hecho, para adaptarnos a nuestro entorno social imitamos inconscientemente conductas que se adoptaron en el pasado, sin que existiera posibilidad alguna de imaginar sus resultados a largo plazo. Son las conductas que se arraigaron como tradiciones porque quienes las adoptaron prosperaron en número y en recursos, con lo que desplazaron o absorbieron inevitablemente a quienes no las adoptaron. Y su resultado intersubjetivo emergente es el complejo e interdependiente orden evolutivo de la sociedad extensa, desarrollándose en una zona intermedia entre el orden biológico autónomo y el orden teleológico consciente.

La teoría del orden espontáneo evolutivo de la sociedad de Hayek es la mejor explicación de esa zona intermedia en que evolucionan sistemas institucionales como el mercado, el derecho y el lenguaje. Aquellas que no han surgido en cierto momento y a conocido propósito, como una invención técnica, pero que tampoco como procesos ciertamente independientes de la acción humana, como la evolución biológica.

Hayek nos explica que: “La evolución de una tradición moral, que nos permitió construir un orden amplio de colaboración internacional, exigió la represión gradual de (…) la búsqueda de objetivos en común con nuestros semejantes; y fue posible por el desarrollo de una nueva moral que el hombre primitivo rechazaría (…) Ferguson, dijo: ‘el salvaje que no conoció la propiedad tuvo que vivir en un grupo pequeño’ (…) la evolución de la propiedad, de los contratos, de la libertad de sentimiento con respecto a lo que pertenece a cada uno (…) se transformó en la base de lo que yo llamo civilización”.

Así que la relación causal entre propiedad y libertad no se limita a que la propiedad privada sea el único marco que permite el ejercicio de la libertad en un orden social, sino a que la esclavitud es por definición el cese de la autopropiedad individual. El salvaje es para su tribu un bien de uso y el temor primario que nos acecha todavía es el del primitivo aterrado ante la simple posibilidad de otro concepto de hombre. Ese que como salvaje, en su desconocimiento de la autopropiedad, careció de libertad en tanto la misma únicamente puede surgir con la civilización.

La civilización, producto de la evolución moral que sobre la capa biológica de cerca de un millón de años de evolución, –poco más que genética– produjo en aproximadamente una decena de miles de años un nuevo orden espontáneo que amplió exponencialmente las posibilidades de conducta en el nuevo marco de una selección cultural adaptativa de asombrosa aceleración, logrando la subsistencia de un número de humanos inmensamente superior al que de otro modo tendría nuestra especie.

La gran paradoja de la civilización, y la causa de su fragilidad ante los temores ancestrales –hoy al acecho– es que aunque las mayores amenazas a la libertad, e incluso a la propia civilización, están en lo que del hombre primitivo subyace en la conciencia moral del hombre civilizado –y en nuestro bagaje emocional– resultaría imposible el ordenamiento moral de una sociedad civilizada en completa ausencia de los remanentes del primitivo orden moral en la esfera de las relaciones humanas. Porque limitados a su propia escala, también son necesarios para el funcionamiento del orden social más amplio.

Hayek señala bien que: “si pretendiéramos aplicar las rígidas pautas de conducta propias del microcosmos (es decir, del orden que caracteriza a la convivencia en la pequeña banda o mesnada, e incluso en la propia unidad familiar) al macrocosmos (es decir, al orden propio de la sociedad civilizada en toda su complejidad y extensión) –como tan reiteradamente nos recomiendan nuestras profundas tendencias– pondríamos en peligro a ese segundo tipo de orden. Y si, a la inversa, pretendiéramos aplicar la normativa propia del orden extenso a esas agrupaciones más reducidas, acabaríamos con la misma cohesión que las aglutina”.

Pero el temor primitivo desatado por un peligro real, para el que generaciones entrenadas en la dependencia del Estado y la confianza en su “derecho” a no ser responsables de sí mismos –e incluso a no sentir angustia– simplemente no están preparadas moral, emocional o materialmente, desata en ellos anhelos ancestrales de imponer el orden moral de la tribu sobre el de la civilización, de ver el exterminio de todo aquel a quien envidien con irracional resentimiento, y de adorar al virus de una pandemia como un dios de la muerte al que imploran la destrucción de la civilización misma.

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