Venezuela, al borde de repetir sus errores

El problema no es hablar, dialogar, ni negociar, ni mediar. El problema son los términos

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AME5837. CARACAS (VENEZUELA), 24/05/2019.- El jefe del Parlamento venezolano, Juan Guaidó, reconocido por más de 50 países como presidente interino, participa este viernes en un foro acerca del Plan País, como denomina a un proyecto para superar la crisis que vive la nación, en Caracas (Venezuela). EFE/ Rayner Peña

No soy venezolano, si bien he sido llamado «venezolano honorífico» varias veces, y me han agradecido por mi compromiso con los derechos humanos vulnerados en dicho país muchas más. Siempre respondí con un «nada, es reciprocidad por los setenta, Maduro es Videla». Agregando que la destrucción de la democracia en Venezuela es una amenaza para la democracia de toda la región, por lo cual nos compete a todos.

Y no, no soy «de derecha», jamás lo he sido. Vengo de aquellos lugares donde los grupos de tareas del «Proceso» se llevaban a mis compañeros de clase, niños de escuela, menores de edad. Alguna vez, por eso mismo, comparé a los colectivos en motocicleta con los Ford Falcon sin placa.

He seguido a Venezuela de cerca, tengo colegas cercanos y amistades entrañables. Algunas de esas amistades se sienten como familia. He seguido a la diáspora, el exilio y la migración. Estuve en Cúcuta dos veces para verla de cerca, acompañando a Luis Almagro. He participado en centenares de reuniones con la dirigencia democrática y con líderes internacionales. He escrito varios textos académicos e incontables columnas de opinión sobre esta tragedia venezolana.

Esta especie de prefacio es para decir que voy a ser duro, conmigo mismo para empezar, pero no solo conmigo. Creo que me he ganado ese derecho. Lo confieso, he pronosticado la inminente caída de Maduro demasiadas veces, para equivocarme siempre y luego volver a creer que sería cuestión de unos pocos días otra vez. Y así más tarde insistir con mis obstinados pronósticos errados, la pura expresión de deseos.

Pero no tanto tampoco. Es que en un país con inflación de a millones por ciento, ese gobierno cae. En un país con una contracción económica de más del 50 por ciento en cinco años, ese gobierno cae. En un país con pobreza creciendo al 90 por ciento en igual lapso, ese gobierno cae. En un país donde escasean los alimentos, ese gobierno cae. En un país donde un enfermo renal no encuentra dónde hacerse una diálisis, ese gobierno cae. En un país donde no hay electricidad, y por consiguiente no hay agua, ese gobierno cae.

Pongamos todo lo anterior junto en un solo país, y ese gobierno no cae. Paradójico, pero ese país es Venezuela, donde la teoría y la historia se invalidan cada día.

Y, claro, sabemos bien porqué no cae, pues no gobierna un partido, ni coalición, ni institución política o militar alguna, sino que «gobierna» (enfatizo comillas) una organización delictiva transnacional que ha hecho del país su aguantadero y de los venezolanos sus rehenes. Por supuesto, alcanza con cualquier película de atracadores de bancos—mi favorita siempre ha sido Tarde de perros con el gran Al Pacino—para saber que los desalmados malhechores no dejarán libre a los inocentes porque se les pida con amabilidad.

Es decir, porque uno se siente a conversar con ellos de manera educada, lo cual ya ha ocurrido tantas veces que asusta y abruma. Pues, ¿es ingenuidad? Miro hacia atrás en el tiempo y me pongo a pensar en el hilo conductor de tantas notas que escribí y no puedo dudar un instante. Una palabra es constante: ciclos. Ciclos de esperanza, activación de la sociedad, protesta y movilización seguidos por una suerte de fatal e inevitable decepción.

Es la frustración causada por sucesivos ciclos de «diálogo». Vuelvo a resaltar comillas, diálogo que nunca fue tal sino una burda estrategia para alargar el horizonte temporal del dictador acorralado. En 2013 con los 11 puntos de Chávez, en 2014 con las conversaciones en Miraflores, en 2016 con el enviado del papa y el referéndum revocatorio cancelado, en 2017 en República Dominicana, en 2018 con la participación de varios políticos en los fraudes electorales.

Siempre con el asesoramiento de Zapatero, además, negociando la casa por cárcel de algún preso para desmovilizar a la sociedad y luego arrestar a otros dos; la puerta giratoria de la que habla Foro Penal. Para volver a empezar de cero, así como ahora vuelve a empezar todo en Oslo.

El thriller de lo que ocurre ya lo contó Orlando Avendaño en una soberbia nota, A espaldas de la ruta de Guaidó. El fiasco del 30 de abril, la desazón de la administración Trump con el protagonismo de Leopoldo López opacando al Presidente (E), la confusión entre el personal del gobierno de Guaidó. Y por supuesto el completo hermetismo de lo que se negoció, tanto que Julio Borges reconoció no estar enterado del encuentro en Noruega.

Pues así es cómo se erosiona la confianza de la sociedad y la credibilidad del gobierno interino frente a la comunidad internacional, 56 países que han reconocido a Juan Guaidó. El problema no es hablar, dialogar, ni negociar, ni mediar. El problema son los términos.

Sería bueno negociar y haber negociado con el régimen, pero hacerlo en serio. Alcanza con un curso básico para saber que acercar dos partes en conflicto requiere construir confianza, para lo cual es imprescindible tener gestos de buena voluntad. Ocurre que el régimen jamás tuvo uno de esos gestos y que el campo democrático tampoco se lo exigió, ni antes ni ahora en Oslo.

No sería tan complicado: quieren calmar la calle y quieren una foto, pues liberen a los presos políticos, es decir, a los médicos, a los periodistas, a los tuiteros, a los adolescentes que someten a la justicia militar, al tercio de la Asamblea Nacional que está en la cárcel, en el exterior o en alguna embajada. Esos son los presos del régimen. Es recurrente: el régimen ha logrado sus objetivos sin necesidad de conceder nada a la otra parte. Eso no es una negociación.

Ante la opacidad frente al mundo y la propia dirigencia de la Asamblea Nacional, le siguen la confusión posterior, la catarata de declaraciones contradictorias. El diputado Williams Dávila dice que «oposición y oficialismo viajarán nuevamente a Noruega para buscar soluciones». Maduro pasó de usurpador a legítimo, es el oficialismo. El propio Guaidó dijo que irán a Oslo la semana próxima para tres cosas: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. A un mínimo, se duda de la secuencia de ello, Maduro anunció elecciones parlamentarias adelantadas, que no serían libres sino amañadas, desde luego.

La cancillería de Noruega ratificó que las delegaciones venezolanas regresarán a Oslo para continuar «la búsqueda de una solución acordada entre las partes». La hoja de ruta de los tres pasos, aquella que fue distintiva de la Presidencia de Juan Guaidó ya no se ve tan clara. Una de esas partes son los usurpadores.

Si hasta la elección de Noruega huele a una fatal predicción a derrota, agregado a una soberana ingenuidad. Son buena gente los noruegos, tienen esa innata bondad escandinava socialdemócrata y son los dueños del Nobel de la Paz. El problema es que hablan con La Habana, hablan con La Habana todo el tiempo. Por ello tal vez es que no reconocieron a Guaidó. Si querían una democracia europea para facilitar la negociación, podían elegir entre otras 33 que sí lo hicieron.

¿Y ahora, Venezuela? Sería especialmente desafortunado que todo esto vuelva a ser una repetición de lo ya visto, otro ciclo de esperanza truncado por la decepción. Es que nunca antes la democratización de Venezuela había estado tan cerca como en estos últimos meses, casi al alcance de la mano, casi al otro lado del mismísimo puente Simón Bolívar.

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