La maldición de Chávez (y del recurso)

En aquellos años Venezuela no era ni tan pobre ni tan desigual. Lo que sí tenía de diferente al resto de los países de la región es que el grueso de la riqueza no estaba en manos privadas. Chávez no fue la única maldición.

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Chávez
Hugo Chávez, maldición venezolana. (Foto: Flickr)

Semanas atrás asistí a un debate entre dos destacados venezolanos: un influyente intelectual, Moisés Naím, y un aclamado periodista, César Miguel Rondón. La conversación fue en torno a la novela del primero, Dos espías en Caracas, novela tanto como historia, dado que la trama transcurre en la convulsionada Venezuela de las últimas décadas.

Esta columna no es una reseña, pero hay que resaltar que el libro tiene para todos los gustos. El thriller que comienza con el romance de dos espías rivales —uno del G2 cubano; la mujer, de la CIA— se entrelaza con la agitada historia política del país. Su punto de partida es el ingreso de Chávez al escenario allá por 1992.

Así es como Fidel Castro —entre mentor y padre adoptivo de Chávez— adquiere profunda influencia sobre él. Con Castro llega la inteligencia cubana, desde luego, pero también los financistas, los lavadores, los traficantes y crece el “Pranato”, nombre que reciben las mafias que administran negocios ilícitos desde la cárcel.

Como dijo el autor esa noche, es novela porque mucho de lo que se sabe no se puede documentar. «Es que son secretos de Estado», inferí en silencio. O sea, de un Estado criminal.

En un salón colmado por la diáspora venezolana, llegó el momento de ofrecerle el micrófono a la audiencia. Las preguntas no iban en dirección de preocupaciones literarias sino directo hacia la política. Estaban marcadas por el dolor, con un dejo de melancolía, y la necesidad de comprender la historia reciente. Todas las preguntas podían resumirse en una: «¿Cómo llegamos a esto?».

“Esto” queriendo decir un país destruido. Abundante en recursos, pero hoy sin economía, sin Estado, sin ley, sin vacunas, sin educación, sin consumo de proteína y con un éxodo de más de cinco millones de personas, el 16 por ciento de su población, en la crisis migratoria más grave del continente en la historia. Y todo ello sin guerra ni desastre natural que lo explique.

Salvo el desastre natural causado por la minería ilegal del Orinoco, una operación en la cual lucran el régimen, todos los criminales mencionados anteriormente y el ELN colombiano. La novela es sobre Chávez, en definitiva, pues entonces la conversación fue sobre Chávez, explicita o implícitamente el culpable de este desastre. No ha nacido todavía una generación que pueda desembarazarse de lo que ya es un trauma de la historia. En y con Chávez seguirá Venezuela.

Una pregunta de la audiencia tornó la discusión en un ejercicio comparativo: ¿por qué surgió un Chávez en Venezuela y no en México, Colombia o Brasil, por ejemplo, países con vasta pobreza, profunda desigualdad y similar tradición populista? La respuesta giró alrededor de imponderables, los accidentes de la historia que permitieron la aparición de un psicópata demagogo, poniéndolo al frente del país con las mayores reservas de petróleo del planeta y, para peor, otorgándole luego la suma del poder público.

Esta lectura constituye, por cierto, un prolífico método de análisis histórico. El género biográfico, por ejemplo, siempre explica grandes eventos en base a la personalidad y carácter del líder —por definición irrepetibles— que tuvo el tino o la fortuna de estar en el lugar clave y en el momento oportuno. Algunas biografías son esenciales para comprender ciertos fenómenos, pero en este caso ello sería tan solo un primer paso.

Es que, por una parte, en aquellos años Venezuela no era ni tan pobre ni tan desigual. Lo que sí tenía de diferente al resto de los países de la región es que el grueso de la riqueza no estaba en manos privadas (me refiero al petróleo). Chávez no fue la única maldición. La otra es la del recurso.

Por lo general, dichas economías crecen durante shocks de precios favorables, pero con las clásicas distorsiones de la “enfermedad holandesa”. El exceso de divisas aprecia el tipo de cambio real, afectando la competitividad del sector industrial. La renta exportadora se usa para financiar importaciones de manufacturas. Cuando los precios internacionales caen, y siempre caen, el superávit de cuenta corriente se transforma en déficit.

Ello de manera telegráfica, para ilustrar que tanta riqueza hoy bien puede hacerlos pobres mañana. La política, a su vez, refleja, al mismo tiempo que exacerba estos ciclos. Diversas facciones se disputan las rentas a efectos de distribuir beneficios entre sus clientes políticos, un escenario propicio para sistemas de dominación patrimonialistas. El precio del barril de crudo se convierte así en el típico predictor del poder político del gobierno, con frecuencia en el único.

Un corolario de esto es un aparato estatal de tenue densidad institucional, propicio para un jefe del ejecutivo con autoridad discrecional. Es decir, se deriva de aquí que la Venezuela del Puntofijo era democrática no por la riqueza petrolera sino a pesar de ella. No se encuentra semejante extravagancia en el Golfo Pérsico. Es como si Chávez hubiera llegado decidido a corregir dicha anomalía teórica.

Nótese la evolución del precio del crudo. En abril de 2011 estaba por encima de 110 dólares, en febrero de 2016, por debajo de 30, si bien luego recuperó una parte de su valor. En este contexto, no es difícil entender el concepto de “Estado fallido”. Discrecionalidad del presidente, dependencia en recursos naturales y baja capacidad estatal, le siguió después la virtual abdicación del monopolio de la ley y la fuerza.

De allí que el patrocinio al crimen transnacional tenga su lógica: crear economías de escala. Un conglomerado de organizaciones administradas por warlords, el modelo de negocios se basa en ilícitos que compiten por mercados y control territorial: minería ilegal, cocaína, contrabando de gasolina, extorsión y secuestro. Se trata de verdaderas micro soberanías delictivas, también se tributa en ellas.

Lo que quiero decir, en otras palabras, es que no obstante el surgimiento más o menos accidental de Chávez, hay un cierto carácter sistémico en el chavismo. Un fenómeno que es causa y efecto (al mismo tiempo de la maldición del recurso y todas sus patologías) es que no es probable el chavismo donde la riqueza está en manos privadas.

Partí pensando en todo lo que podría haber dicho. Llegué a mi casa y le escribí a Moisés Naím algunas de estas ideas inspiradas por la conversación anterior. Le dije que no me pareció apropiado interferir en una discusión de tantos venezolanos, pero que pensaba escribir algo. Me invitó a hacerlo “así los dos le damos el palo a la misma piñata”. Compré Dos espías en Caracas y aquí está este texto.

Muchas veces dije que «Venezuela es de todos», sobre todo su crisis que es hemisférica. Nos compete a todos, en definitiva, entender ese “cómo llegamos a esto”.

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