Para reducir el nepotismo en Argentina no hay otra que achicar el Estado

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(El Comodorense) Argentina
Dicho esto, hay algo que sorprende y que proviene de un colectivo particular: se trata de la corporación política. (El Comodorense)

No me gusta generalizar. Creo que cada individuo es diferente y que no está condicionado ni por su origen étnico, religión, nacionalidad o profesión. A los individuos hay que juzgarlos por sus actos particulares, independientemente del colectivo del que  puedan formar parte.

Dicho esto, hay algo que sorprende y que proviene de un colectivo particular: se trata de la corporación política.

En política hay un rasgo que es bastante frecuente. Mientras los políticos están fuera del poder, critican y se escandalizan con las prácticas del gobierno de turno. Sin embargo, una vez que cruzan la línea divisoria entre la oposición y el oficialismo, emplean las mismas prácticas que antes criticaban.

Uno de los casos más frecuentes en este sentido es el nepotismo. El nepotismo es la práctica política por la cual los funcionarios designan a asesores, secretarios o asistentes de acuerdo a su afinidad personal o relación de parentesco.

Así, en lugar de contratar en base a los estudios, la experiencia profesional y la aptitud técnica de los aspirantes, se llega a la posición de poder por el mero acomodo o contacto personal. Durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, esta práctica fue duramente criticada. Sin embargo, el nuevo equipo de gobierno está cayendo en el mismo vicio.

Según la última investigación periodística presentada en el programa de Jorge Lanata, los nombramientos de familiares son moneda corriente dentro del gobierno actual. Por citar algunos casos, la esposa del Ministro de Modernización, Andrés Ibarra, es la nueva Directora de Relaciones Institucionales en el directorio de Radio y Televisión Argentina, la empresa pública que gestiona los medios estatales de comunicación.

Por otro lado, el hermano del Jefe de Gabinete, Marcos Peña, es Subsecretario de Desarrollo en el Ministerio de Producción, mientras que la prima de la Ministra de Desarrollo Social fue nombrada Jefa del Gabinete de Asesores de ese ministerio.

Los casos mencionados acá no son los únicos, pero alcanzan para demostrar el punto. Si bien el nuevo gobierno dice estar comprometido con una mayor transparencia, los hechos contradicen las buenas intenciones.

Ahora frente a este problema, la respuesta políticamente correcta es la de exigir una ley que frene esta práctica y la condene rigurosamente. Esta reacción es típica del pensamiento mágico que cree que, porque algo esté firmado por las cámaras legislativas, efectivamente terminará por cumplirse.

Además tiene otro problema: al agrandar las responsabilidades y el aparato de control del Estado, hará incrementar el nepotismo en lugar de reducirlo.

Es que como reza el dicho, la “oportunidad hace al ladrón” y lo mismo sucede con el acomodo de los familiares en los cargos públicos.

En una empresa privada, nada impide que el director general ocupe todos los cargos necesarios con amigos y familiares. Seguramente, la jornada de trabajo será divertidísima, con todos tomando cerveza y riéndose como si estuvieran en el bar. En el corto plazo, todo será color de rosas. Sin embargo, alguien está pagando esa fiesta, y en cuanto los accionistas se den cuenta, echarán al director junto a toda la plantilla de personal.

Resultado: en las empresas privadas los directores contratan a las personas por su aptitud y no por “buena onda”.

 

En el Estado las cosas no funcionan así. Los que pagamos la fiesta somos los contribuyentes, y el incentivo para designar a los seres queridos en cargos públicos es mucho mayor.

Una ley que limite esta práctica podría reducir en algo el problema, pero los seres humanos somos muy creativos a la hora de evadirlas. Así, la mejor alternativa es reducir el tamaño del Estado.

Si la administración pública estuviera constituida solo por 10 miembros, sería fácil detectar el nepotismo y habría pocos incentivos para emplearlo. Además, no habría muchos espacios para llenar con amigos y familiares. Por otro lado, si el Estado no fuera dueño de medios de comunicación, compañías aéreas o correos, también se reduciría su esfera de influencia.

En 1845, los ministerios en Argentina eran solamente 5. En 2003 había 11, que subieron a 17 en 2011 y pasaron a ser 21 en 2015. Además, entre 2001 y 2015 los empleados públicos pasaron de 2,3 millones a más de cuatro millones. Son números muy importante y ponen de manifiesto las numerosas oportunidades que existen para seleccionar personal poco idóneo en los cargos.

Es positivo que la prensa se indigne con los casos de nepotismo, independientemente de quién gobierne. Además, es valioso que se busque solucionar el problema, aunque sea con una ley que no resuelva las causas profundas.

Sin embargo, si queremos una salida definitiva, hay que pensar en reducir el tamaño del Estado. Ése es el elefante dentro de la habitación, y de él se derivan nuestros problemas actuales.

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