Una amenaza llamada Claudia López

Bogotá responde por el 51 % de los contagios y el 38 % de las muertes del país

A las dificultades propias de una situación tan compleja se añaden las que crea una oposición maledicente y mentirosa que minimiza los logros del Gobierno. (Facebook)

Sin ser perfecto, el manejo que el Gobierno nacional le ha dado a la crisis provocada por la pandemia ha sido oportuno, contundente y completo. Desde que se iniciaron los contagios en China, el Gobierno empezó a prepararse y tomó medidas tempranas para reducir las aglomeraciones de gente. Unos quince días después del primer contagio, dispuso el aislamiento preventivo obligatorio y decretó la emergencia económica en el marco de la cual se han expedido decenas de decretos que cubren todos los campos: reforzamiento del sistema de salud, ayudas a la población pobre y mitigación de las consecuencias del aislamiento sobre la actividad económica.

Aunque es temprano para cantar victoria, los resultados están a la vista. La tasa de crecimiento diario de los casos de contagios, que antes de la cuarentena superaba el 30 %, ha pasado a 4,8 %, promedio de los cinco últimos días, abril 13-abril 17. Se han allegado ingentes recursos al sector salud y, en una movilización sin precedentes, se ha llegado con ayudas monetarias y en especie a millones de personas. Se han otorgado alivios tributarios y crediticios para ayudar a las empresas en su esfuerzo por mantener los ingresos de sus trabajadores y preservar el empleo. La respuesta del sector privado —empresas y familias— ha sido solidaria y generosa, esforzándose por mantener el empleo y aportando miles de millones de pesos para reforzar la infraestructura de salud y aliviar la situación de los más necesitados.

A las dificultades propias de una situación tan compleja se añaden las que crea una oposición maledicente y mentirosa que minimiza los logros de la acción del Gobierno al tiempo que magnifica los tropiezos que inevitablemente se presentan en una intervención masiva realizada en tiempo récord.

Ningunos de los líderes de la oposición —Petro, Robledo, Fajardo, etc.— ni ninguno de los medios y periodistas mercenarios que, faltos de mermelada, se oponen con ferocidad al Gobierno, ha destacado el hecho contundente e irrefutable de que no hay personas apiñadas en clínicas y hospitales demandando atención ni muertos tirados en las calles esperando la fosa común. Ante esta situación, que es la verdadera métrica del manejo de la crisis, los opositores del Gobierno y sus áulicos de los medios solo atinan a decir que no alcanzan a ver el aplanamiento de la curva, que en Israel y Corea se hacen muchas más pruebas o que los mercados no están llegando a Fontibón.

Para el Gobierno nacional ese ha sido un problema menor. El mayor obstáculo a su trabajo ha provenido de las acciones y omisiones de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, de sus gritos, de sus berrinches, de sus improvisaciones, de sus reclamos injustificados a la nación, de sus ataques destemplados al sector privado y todo quien ose señalar los abultados errores de su gestión fallida, que no pueden ocultar los publirreportajes que con dinero público, que podía tener mejor uso, se está pagando en los medios bogotanos, con la complicidad de su pomposo veedor y de las “feroces” IAS, que no vacilan en aplastar a un pobre alcalde de pueblo, pero, en el caso de Bogotá, prefieren mirar para otro lado para no desatar la furia vesánica de la alcaldesa.

Lo primero que hizo López fue minimizar el riesgo comparando el virus con una gripita. Ya con el problema pierna arriba, improvisó una cuarentena de mentiritas que nadie en Bogotá cumplió. Luego, cuando vio que la cosa era en serio y abrumada por la acción contundente del Gobierno nacional que, con más de 20 decretos en un par de días, ponía al desnudo la inanidad de sus actuaciones, comenzó a decir que Bogotá estaba sola en la atención de los venezolanos sin recibir nada de la nación, como si la capital no recibiera del Sistema General de Participaciones (SGP) cerca de cuatro billones de pesos al año y como si en Bogotá no se quedara el 70 % o más de lo que gasta la nación en nómina y servicios generales. Tal vez fue por ello también que se vino lanza en ristre en contra del sector privado, diciendo que ella había puesto más dinero en la atención de la crisis que los empresarios, como sin los impuestos todos que recibe Bogotá, incluidos los que pagan los salarios de la alcaldesa, no fueran pagados por las empresas, sino que cayeran del cielo.

Con el 15 % de la población, Bogotá responde por el 51 % de los contagios y el 38 % de las muertes del país. La teoría de que esa elevada participación se explica por ser la capital la que recibe la mayor afluencia de extranjeros, dejó de ser válida hace mucho tiempo, si alguna vez lo fue. El manejo de la cuarentena, con el tal pico y género, que deja potencialmente en las calles hasta un 50 % de los habitantes todos los días, ha sido desastroso. Esto, unido a la indisciplina de una población a la que los dirigentes de izquierda, incluida la alcaldesa, le han enseñado a irrespetar las normas, ha sido nefasto para Bogotá, la cual, por otra parte, es la ciudad donde se ha presentado más violaciones a la cuarentena, más desórdenes y más saqueos.

El fracaso ya ostensible en el manejo de la pandemia puede convertirse en un obstáculo insalvable para las aspiraciones presidenciales de la alcaldesa López, y ella lo sabe bien. De ahí su esfuerzo por minimizar la acción de la nación y exaltar la suya propia con la ayuda de unos medios mercenarios que han encontrado en el presupuesto distrital el sustituto de los recursos con que los abrevaba generosamente el Gobierno de Santos. De ahí también su empecinamiento en oponerse a la intención del Gobierno nacional de levantar la cuarentena obligatoria y pasar a lo que el presidente ha llamado aislamiento inteligente y colaborativo, que permita el restablecimiento progresivo de la actividad económica.

Los conocimientos económicos de la alcaldesa son primitivos. Cree que el Gobierno crea riqueza y que basta con repartir dinero para que la gente tenga alimentos que imagina caen del cielo, como el maná de los hijos de Israel. Por el lado de sus colaboradores las cosas no andan mejor. Hace algunos días escuchamos estupefactos la alucinante presentación de su secretaria de Hacienda explicando, con la ayuda de torpes mamarrachos, que las empresas podían pagar salarios durante 70 días sin vender frijoles.

Fiel a su hábito de atribuirse a ella sola todos los éxitos y endilgar todos los fracasos a los demás, se precipitó en acaparar, ayudada por sus periodistas mercenarios, los buenos resultados de la donatón, que lo único que demostró fue la generosidad de las empresas privadas que la alcaldesa acostumbra a maltratar. 

Es triste la suerte de Bogotá en manos de una persona ignorante, obcecada y prepotente, incapaz de reconocer sus propios errores y rectificar prontamente, como ha debido hacerlo con el tal pico y género, y cuya ambición de poder la lleva ocuparse exclusivamente de proteger su imagen culpabilizando a todo mundo de los problemas que ella misma crea. Triste la suerte de los habitantes de la capital que han debido padecer las alcaldías de Lucho Garzón, Samuel Moreno Rojas, Gustavo Petro y ahora Claudia López para que el país entendiera que no podía de ninguna manera dejarlos llegar a la Presidencia. ¡Costoso aprendizaje!

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