Argentinos: bebés que lloramos por las tarifas

Los aumentos de las tarifas de luz, agua y gas son difíciles de afrontar. Nos quejamos del tema, pero lo planteamos como una injusticia de la que no somos responsables.

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Costumbres argentinas: generar el caldo de cultivo para el desastre y llorar por las consecuencias inevitables. (Fotomontaje PanAm Post)

Una de las principales características de los bebés es que no tienen que hacerse cargo de sus berrinches. Y lloran. Como llorábamos nosotros cuando recién llegábamos al mundo. Los bebés lloran, patalean, se hacen sus necesidades encima, arrojan la comida, no respetan los horarios y es normal que así sea. Sin embargo, esa irresponsabilidad natural y lógica de los primeros años la suplimos cuando en la madurez nos toca ser responsables y hacernos cargo. De eso se trata la primera infancia y también de eso se trata la vida adulta.

Este ciclo natural de la vida no se ve replicado en la historia política argentina. Somos bebés. Siempre bebés. Lloramos, pataleamos y esperamos que alguien venga a solucionar mágicamente los problemas que nosotros mismos generamos.

Permítame el lector la licencia colectivista de meternos a todos en la misma bolsa con relación a la problemática que voy a analizar aquí, de la mano de los tres gobiernos kirchneristas. Claro que no todos nosotros lo apoyamos, pero tenemos que asumir las consecuencias de un error democrático, que Borges denominaría como la consecuencia de una “superstición basada en la estadística”.

A veces los países (por responsabilidad de mayorías) se suicidan. En unas oportunidades logran con su cometido, como Venezuela, que precisa reencarnar y renacer de sus cenizas, pero a veces algo pasa que encuentran al herido con la cuchilla en la mano y las muñecas ensangrentadas, y un torniquete efectivo con una rápida llegada al hospital, puede brindar una nueva oportunidad. Pero aunque haya una chance de seguir viviendo, inútil sería intentar esconder la cicatriz de lo que sucedió.

Hoy, cuando recibimos por debajo de la puerta la factura de algún servicio, pasamos un mal momento. Acomodamos nuestras finanzas a la irrealidad de que el agua, la luz o el gas costaba monedas. Todos manejamos recursos limitados, los que viven de rentas y no tienen la obligación de tener que ir a trabajar, los de clase media alta, que eligen el lugar del mundo donde desean ir de vacaciones, los de clase media baja, que luchan por llegar a fin de mes sin perjudicar el nivel de vida o las personas que directamente no pueden cumplir con sus necesidades más básicas alimenticias. Más allá de las situaciones en concreto de cada uno, la limitación de los recursos económicos es un común denominador de todos nosotros.

La totalidad de los vecinos de Buenos Aires, en distinta medida, se encuentra perjudicada por el denominado “tarifazo”. Unos a fin de mes pueden ahorrar menos dólares (nadie que ahorra lo hace en pesos), otros deben cambiar su destino de vacaciones, algunos deben quitar las salidas de los fines de semana y otros vieron cómo, lamentablemente, deben elegir entre las compras del supermercado o pagar las tarifas.

Extrañamente, en las manifestaciones que piden “congelar” las tarifas encontramos más clases medias que bajas. Pero más allá del reclamo político, lo cierto es que muchos bares han tenido que cerrar sus puertas, una gran cantidad de comercios están en aprietos y varios clubes de barrio, que cumplen importantes funciones sociales, ven imposibilitado cumplir con sus obligaciones.

No hay día que pase sin que los medios de comunicación muestren el caso de alguna entidad que no puede cumplir con sus obligaciones. Todos lloran. Todos dicen que “no se puede”, que “no hay derecho” y piden a las autoridades dar marcha atrás con un aumento, como si se pudiera hacer por arte de magia. En ningún lado aparece la más mínima reflexión que marque una relación entre lo que nos toca vivir ahora y la desastrosa política de subsidios desarrollada por el kirchnerismo durante más de una década. Pensamos, cual Homero Simpson, que se esconde debajo de una mesa a esperar que los problemas simplemente “se vayan”, y no nos preguntamos por qué no advertimos que algo pasaría, cuando despilfarrábamos energía prácticamente sin pagar absolutamente nada.

Hasta hace tres años los millonarios calentaban sus piletas en las casas de fin de semana de forma gratuita y las familias de clase media no se molestaba en apagar la luz al momento de irse de su casa, ya que no habían consecuencias monetarias. Hoy, ambos se indignan por los aumentos y ponen de excusa a los que menos tienen, que a veces, paradójicamente, son los que menos se quejan.

Como si la irresponsabilidad de la protesta no fuese suficiente, gran parte de la opinión pública respalda las propuestas demagógicas de la oposición de ir nuevamente hacia un modelo de subsidios, sin advertir el desastre que causaron. El argentino promedio se queja de la inflación, pero no se dedica en preocuparse por el déficit que se cubre con emisión monetaria. También protesta por el endeudamiento, pero al mismo tiempo se manifiesta en contra de cualquier “ajuste” al gasto público. Un comportamiento infantil, irresponsable y vergonzoso.

Hoy estamos en un problema y debemos encontrar soluciones maduras. Podemos subsidiar a los casos de extrema necesidad, pero comprendiendo que no es gratis y dentro de un plan inteligente. Pero de nada servirá si no se abre la economía, se reduce la burocracia y se permite a la gente salir de la pobreza mediante la productividad y no el asistencialismo político ineficiente. En cuanto a los demás, lo único que debemos solicitar ante el “tarifazo” es una rebaja en los impuestos que incluyen esas tarifas que suben todos los meses, que todavía ni siquiera cubren los costos.

Si estamos en una emergencia energética, las autoridades deberían evaluar soluciones como hacerlas libres de impuestos. Claro que si una propuesta semejante tiene éxito y recortamos esos ingresos para el fisco, debemos aceptar una reducción en el ámbito estatal. Todo no se puede. Por más que lloremos y pataleemos.

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