No fue ni el feminismo ni el sindicalismo, fue el capitalismo

¿Las leyes laborales y los cupos han sido responsables por la emancipación de la mujer y las mejoras de los trabajadores? Los grupos de presión dicen que sí. La realidad dice otra cosa

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Aunque la izquierda lo considere inadmisible, todos los avances que se acreditan como logros del colectivismo fueron el resultado del modelo que aborrecen. Mises, las feministas y los sindicalistas argentinos. (Fotomontaje PanAm Post)

Es claro que la sociedad no vive el mejor de los mundos. Alrededor del planeta todavía hay miseria, exclusión, opresión e injusticia. Pero aunque no estemos en un escenario ideal, lo cierto es que vivimos en el mejor mundo que se ha vivido hasta el momento.

Claro que esto es difícil de asimilar cuando vemos el “vaso medio vacío” que el planeta ofrece en varios rincones. Pero si comparamos donde estamos hoy con respecto al lugar de donde venimos como seres humanos, no quedan muchas dudas sobre el rumbo a seguir. Analizando toda la película completa en retrospectiva, no es imposible ser optimista.

Claro que la historia no es lineal y si bien el mundo avanza en general en expectativa de vida y bienestar, abundan los casos concretos de retroceso. Pero también ellos ofrecen un claro caso de análisis. Las guerras, las autocracias y el estatismo generaron siempre atraso, violencia y autoritarismo. Los sistemas basados en la libertad, la propiedad privada, el comercio y el respeto al prójimo brindaron en todos los casos prosperidad. ¿Ejemplos? Sobran.

Incluso en nuestro rincón del mundo. Las instituciones plasmadas en la Constitución de Estados Unidos han mostrado mejores resultados que otros experimentos. El cambio de rumbo de Argentina luego de la Batalla de Caseros es otro caso indiscutible. El suicidio venezolano reciente con el chavismo muestra el camino inverso.

Aunque el análisis histórico sea injusto con la irrupción de la moneda, la división del trabajo y el mercado, factores que sacaron al hombre de las cavernas, al comparar la actualidad con el mundo post revolución industrial, las feministas y los sindicalistas se abogan los éxitos en materia de igualdad de mujeres y trabajadores.

Las leyes de cupo femenino, la discriminación positiva, los salarios mínimos y “derechos laborales” suelen ser considerados como los responsables a la hora de analizar las diferencias entre el mundo de hoy y los días donde la mayoría del pueblo trabajaba de sol a sol para la mera subsistencia y donde la mujer ocupaba un rol secundario en un mundo de hombres.

Aquel capitalismo incipiente del Siglo XVIII, que mirándolo de la perspectiva actual puede brindar imágenes muy duras, fue el punto de partida del mundo que tenemos hoy. Nadie nunca antes había pensado en derechos laborales, en el empoderamiento de la mujer o en los derechos de los niños. Solamente cuando el mundo comenzó a capitalizarse y las personas comenzaron a comer todos los días fue que igualdad entró en agenda.

¿Qué generan los derechos laborales?

Pero aunque los sindicalistas les duela, no han sido ellos los responsables del bienestar de los trabajadores de los países exitosos. Que el trabajo sea un derecho y que los salarios se midan por la “lucha” gremial son dos falacias que, lamentablemente, tienen todavía vigencia hoy en día.

Los “derechos laborales” como las indemnizaciones y los beneficios producto de las leyes gubernamentales (y no del acuerdo entre las partes) en lugar de promover mejoras para los trabajadores, los perjudica en general. Cuando la legislación laboral es rígida, como en el caso de Argentina, y despedir a un empleado cuesta una fortuna, la contracara de la moneda es un mercado de trabajo pequeño.

Además de la informalidad que esto genera, sistemáticamente se genera un cuello de botella de poca oferta y mucha demanda. Los despidos se convierten en tragedia y muchas personas tienen vidas infelices en sus puestos de trabajo, paralizadas por el miedo de abandonar su lugar ante el temor y la incertidumbre de conseguir otra cosa.

Cuando los acuerdos son libres y voluntarios no puede existir algo como el desempleo, ya que los recursos son limitados y las necesidades del ser humano son infinitas. Claro que en una economía poco capitalizada, los salarios pueden ser miserables.

Pero la solución al problema de los ingresos dignos no está relacionada con “el empleo”. Los salarios dependen de la capitalización de cada economía en cuestión: a más capital invertido, mejores son los salarios. Ante poco capital y ante la huida de la inversión, los salarios son más pequeños. Comprendiendo estas cuestiones se torna más sencilla la respuesta a una pregunta básica: ¿Qué genera más inversión, instituciones que respeten la propiedad y los acuerdos voluntarios o contextos donde prima la fuerza y el intervencionismo?

Capitalismo: el emancipador de la mujer

Aunque se señale desde los grupos que defienden la discriminación positiva que las herramientas que surgen de la coerción estatal han sido las responsables de la emancipación de la mujer, lo cierto es que la economía de mercado ha sido mucho más eficiente en esa tarea. Cuando John Stuart Mill escribió The subjection of women en 1869, el pensador clásico discutía con retrógrados que argumentaban que las mujeres tenían una inferioridad mental basada en cuestiones físicas.

Si hay algo que ha permitido refutar todas estas atrocidades ha sido la misma experiencia de las mujeres en su andar. Pero lo que les ha brindado la posibilidad de despegue es, por un lado, la igualdad ante la ley (y no mediante) y la economía de mercado, por otro.

Cuando lo que prima es el estatismo, la burocracia y el control, los resultados pasan a un segundo plano. Primero está el amiguismo y la política. Cuando la economía de mercado persigue la eficiencia, lo único que importa son las aptitudes para satisfacer al prójimo. El mundo primitivo regido por la fuerza fue una tierra de hombres. El mundo actual basado en el comercio y la cooperación cambió absolutamente todo.

Aunque resulte paradójico, a mayor influencia de los grupos que buscan incrementar la intervención estatal y reducir los acuerdos libres y voluntarios, más complicaciones habrán para las personas que carecen de privilegios.

Los marcos institucionales deben garantizar sin dudas la libertad y la igualdad ante la ley. Solamente con ese punto de partida el futuro será promisorio. Cada vez que se dejó de lado el sentido común, el análisis y primó el voluntarismo, los resultados han sido sombríos. La historia, generosa, sigue dándonos ejemplos de ambas situaciones a diario. Queda en nosotros aprender las lecciones.

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