El «impuesto a la riqueza» en Argentina es otro paso hacia la pobreza

Con la excusa de la crisis de la pandemia, el kirchnerismo impulsa un mal llamado "aporte solidario" a las personas de mayores recursos del país

Los economistas liberales Roberto Cachanosky y Carlos Rodríguez, dos de los tantos críticos de la iniciativa peronista. (Fotomontaje PanAm Post)

Argentina está en crisis. Esto no es nuevo. No comenzó en el Gobierno de Alberto Fernández ni tampoco en el de Mauricio Macri. El daño estructural del estatismo agobiante viene de larga data. Las únicas novedades de coyuntura son las ocurrentes excusas de las administraciones para rechazar un programa de reformas necesario e insistir en el camino fallido.

Claro que la pandemia del coronavirus ha hecho daño a la economía. Pero si algo fue todavía mucho peor fue la torpe y prolongada cuarentena, que ya fracasó rotundamente, como comentan los principales diarios del mundo. Pero el kirchnerismo no se hace cargo y sigue insistiendo en soluciones contraproducentes. Con el sector privado absolutamente roto, el Gobierno pretende impulsar un nuevo impuesto. Dicen que será por única vez y que lo pagarán solamente los que más dinero tienen, en un acto de curiosa «solidaridad» coercitiva.

Las dos justificaciones merecen ser analizadas. La cuestión de la excepcionalidad es una vieja mentira de la voracidad fiscal gubernamental argentina. Todos los impuestos que se han creado, o los que se han aumentado, con la excusa de la temporalidad y excepción llegaron para quedarse. El «impuesto a las ganancias», que ahora pretende aumentarse, se implementó en 1932. El decreto que lo implementó prometió su caducidad el 31 de diciembre de 1934. Hoy está más vigente que el cuadro de Perón en unidad básica justicialista. El impuesto a los «bienes personales», de 1991, también prometió su finalización para el último día de ese año. ¿Alguien lo vio irse? El incremento del IVA del 18 % al 21 % fue otra promesa «temporal» y el «impuesto al cheque» de la crisis de 2001 sobrevivió a la crisis y ahora será testigo de una nueva.

Con respecto del aporte solidario, como ya hemos manifestado en diversas columnas aquí, nada de lo que tenga que ver con el Estado es «solidario», salvo que se trate de un funcionario que haga aportes de su propio bolsillo. El impuesto… es un impuesto. ¿No hay que analizar mucha etimología, no? En momentos de confusión total, aunque parezca redundante, es necesario hacer estas aclaraciones.

Para Cachanosky, la locura ya es una novela de Ayn Rand

Roberto Cachanosky se manifestó una vez más con respecto a la iniciativa y la cuestionó duramente en los medios nacionales: «Luce patético que los mismos legisladores que le cuestan al contribuyente, entre sus sueldos y gastos de asesores, y demás gastos, USD $43 000 mensuales según el Presupuesto 2019, hablen de solidaridad y sobre todo de solidaridad con el dinero ajeno. Costo por legislador que encima se paga para que pierdan el tiempo analizando la declaración de capital nacional del salame quintero o el día nacional del asado de tira, y que piensan en leyes que hundirán en la miseria a los argentinos porque ahuyentan inversiones, las únicas capaces de generar empleos».

El conductor del informe económico, que podría ser candidato a diputado el año próximo, indicó que la Rebelión de Atlas es un libro «para la Argentina actual». En su opinión, no es necesario preguntarse mucho sobre el destino del país, ya que puede encontrarlo en la clásica obra de Ayn Rand.

«Un espanto económico y vandalismo fiscal»

El fundador de la Universidad del CEMA, Carlos Rodríguez, se manifestó en el mismo sentido y aseguró que la iniciativa, lo único que hará es «recolectar un poco de plata a costa de hacerlo en los próximos años». El economista indicó que el impuesto significa un acto de «vandalismo fiscal» y que no es más que un nuevo «espanto económico».

Para el histórico representante de la Universidad de Chicago en Buenos Aires, estas medidas dejan en evidencia que el Gobierno no tiene ningún plan sustentable y que arroja «balas perdidas» en cualquier dirección. «No hay nada de lo que digan que tenga sentido en absoluto», resaltó.

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