Si Juan Guaidó no triunfa, América fracasa

A Juan Guaidó hay que cuidarlo. También ayudarle a cimentar el camino para rescatar la libertad de Venezuela. Pero debemos estar alerta.

5.644
Su triunfo, el de esa oportunidad, saben los ciudadanos, los dirigentes y los líderes que muchas veces parecen hostiles, es la victoria del país. (Juan Guaidó)

El 23 de enero de este año Juan Guaidó se juramentó como presidente de Venezuela. En ese momento, se convirtió en la mayor oportunidad que hemos tenido los venezolanos para rescatar nuestra libertad en más de una década.

Guaidó ofreció una plataforma institucional, legítima, respaldada en la Constitución, para derrocar al tirano Nicolás Maduro y concretar un cambio de sistema. Amparado en el artículo 233 de la Carta Magna, el presidente desafió al régimen chavista y le arrebató gran parte del poder.

Así, con una breves palabras en medio de un largo discurso, Guaidó se convirtió en ese gran hombre que requería la historia para torcerla. El game changer. Ese líder, el necesario, urgido por una sociedad antes desamparada. Decepcionada, además. Y aún lo sigue siendo. Aún es el gran hombre y es, al mismo tiempo, la gran oportunidad.

Dicen que se ha desgastado. Que el paso de los tiempos y la imposición de una realidad mucho más compleja y engorrosa de lo que se hubiera esperado, ha caído como yunque sobre su popularidad y sobre aquel sentimiento tan grande, tan valioso y casi divino, que generó: la esperanza.

No sé si su popularidad se ha venido abajo. Si aquellas encuestas que lo acosan son verídicas y si lo que se vive en las calles, ahora, es desánimo. Sí hay nerviosismo. Precisamente, al menos en esta tribuna, por él. Ansia por que no se haya disipado su figura, por que el fenómeno no haya mermado.

La descuidada certeza de que la victoria era inminente pesó. Y bastante. Cuando la euforia se transformó en desencanto, muchos cargaron las bayonetas contra Guaidó. Era su responsabilidad. Era él. Había sido él. Porque sobre él caía el compromiso del triunfo y de él dependía el tutelaje de un proceso que ya veíamos encaminado. Pero pecamos, todos, de ingenuos. Necios, al final.

Empezamos a olvidar que el joven seguía siendo nuestra oportunidad y que el entusiasmo esta vez, quizá por primera vez en años, se basaba en hechos. Que era la realidad la que hablaba por Guaidó y que él había decidido asumir, con todo el coraje que ello implica, su responsabilidad.

Que se le había alzado a un régimen como nadie. Que le había dicho en su cara al tirano: «ahora yo soy lo que ya tú no eres». Que recorrió el país hasta Cúcuta y que desde Cúcuta juntó voluntades para luego marchar sobre Caracas sonriendo.

Que era un valiente y que lo sigue siendo. Pero también pesa algo más: la urgencia. Una urgencia que no atiende a esperanza, entusiasmo u optimismo. Que ahora más que nunca se alza, en medio de la mayor tragedia humanitaria, para presionar a Juan Guaidó y a todo los ciudadanos.

A Guaidó lo presiona porque su empresa no ha terminado. Se le aparece como fantasma, insoportable, para recordarle que aún sobre él cae la responsabilidad del momento histórico. Que mientras él no gana, muere gente. Que mientras él no entra a Miraflores, se quiebran familias.

Y a los ciudadanos la urgencia los hostiga. Una molestia constante que los lleva al desespero y a empuñar la única arma que tienen. Alzan la voz, impacientes, irritados, precisamente porque se están degradando en vida, y apuntan como deben hacerlo. Enfilan los proyectiles y lanzan la crítica. Esa crítica que, a veces, se ve despiadada. Injusta e inaceptable. Pero necesaria.

Hoy, puedo asegurarlo, especular al respecto, casi todas, aquellas que hasta lucen malsanas, se lanzan al vacío, o a ese mundo de verborreicos de las redes sociales, para ayudar a Juan Guaidó. Porque la presión, la exigencia o la pura crítica, no se esboza sino obedeciendo a la urgencia de los tiempos y a la vital necesidad de que Juan Guaidó triunfe.

Su triunfo, el de esa oportunidad, saben los ciudadanos, los dirigentes y los líderes que muchas veces parecen hostiles, es la victoria del país. Es nuestra victoria. De los venezolanos.

A Juan Guaidó hay que cuidarlo. También ayudarle a cimentar el camino para rescatar la libertad de Venezuela. Pero hay que estar alerta. Su debilidad y su fragilidad, provocada por la conjugación de elementos naturales de la tragedia, lo exponen a ser víctima de los grandes enemigos. No solo de los matones de siempre, esos que no esconden la risa en su rostro al aniquilar una población, sino de los supuestos amigos. De los que posan con él en tarima mientras quisieran verlo tras las rejas, hundido en la esquina de algún calabozo del SEBIN. Son alimañas, rigurosas y agresivas, que no desaprovechan oportunidades para desbaratar el andamiaje que lo sostiene.

Tienen los venezolanos la responsabilidad de evitar que el presidente Juan Guaidó fracase. Eso quiere decir, que los collaborationniste, o el régimen, triunfen. Que sus esfuerzos se concreten al apartar al presidente de Venezuela de la ruta adecuada para salir victorioso de esta homérica contienda. Apartarse sería ceder a elecciones fraudulentas o arrojarse a otro diálogo insidioso.

Su fracaso sería, también, el fracaso de Venezuela. La anulación de una oportunidad que, hay que decirlo, se reduce a su figura. Porque es él quien cuenta con el respaldo del mundo. Es él quien ha despertado la confianza y la ilusión en una sociedad que había consentido la desidia.

Pero su fracaso también sería el fracaso de la región. De América. Porque al juramentarse, Juan Guaidó también se convirtió en una plataforma para el vecindario. Una ocasión, inédita, para librarse del germen que ya se esparce. Ese que reparte por el continente violencia, terrorismo, drogas y gente pobre.

Ni el mundo, la región, ni los venezolanos, se lo pueden permitir.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

¡Forma parte de la misión de difundir la verdad! Ayúdenos a combatir los intentos de silenciar las voces disidentes y contribuye hoy.

Contribuya hoy al PanAm Post con su donación

Suscríbase gratis a nuestro boletín diario
Suscríbase aquí a nuestro boletín diario y nunca se pierda otra noticia
Puede salirse de la lista de suscriptores en cualquier momento