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Quiero que Gustavo Petro me diga dónde vio pañales en Caracas

Por: Pedro García Otero - Mar 7, 2016, 10:09 am

Este fin de semana, me imagino que porque estaba en Caracas en la farra del tercer aniversario de la muerte de Hugo Chávez, entremezclado con otros personajes de la izquierda borbónica latinoamericana, —esa que “ni olvida ni aprende”—, Gustavo Petro, exalcalde de Bogotá (y aquí el prefijo entra a jugar un rol importante, porque parece que el hombre aún no supera la saudade de que le derrotaran a su candidata en octubre), hizo enardecer a miles de venezolanos (y colombianos) con 140 caracteres y tres fotos:

La reacción de los enojados venezolanos (un país donde 85% de su población piensa que las cosas van mal, como no puede ser de otra manera) no se hizo esperar, como PanAm Post reseñó esta misma mañana. Desde llamarlo “miserable” hasta mencionarle ese insulto tan popular entre los colombianos y que hace referencia a la catadura moral de la progenitora del exalcalde.

No hablé de los festejos luctuosos patronales de Chávez por casualidad. El chavismo (o la corporación que ordeña, con cada vez mayor esfuerzo y menor rédito, la memoria del fallecido mandatario) suele hablar del “legado del comandante”, un legado que, cada vez más sienten los venezolanos en cada fila para comprar productos, en cada persona que muere por falta de medicinas o en los asesinatos, cada vez más horribles, que se cometen en las llamadas “Zonas de Paz”.

Probablemente, Petro haya sido, o aún sea, del “combo chulo”: Cuando Piedad Córdoba (figura cercanísima a Chávez) fue inhabilitada por 18 años por la Procuraduría General de la Nación, el exalcalde (en el momento senador) afirmó, según Wikipedia, que “mientras Venezuela avanza en el pluralismo (?) Colombia retrocede”.

Que los venezolanos recordemos, la última vez que “Venezuela avanzó en el pluralismo”, fue en 1998, cuando la democracia le entregó el poder a Hugo Chávez. Este, utilizando los mecanismos de la democracia, la implotó, hasta el sol de hoy. Un sistema que solía ser razonablemente alternativo tiene hoy, tras 18 años, en el poder a Nicolás Maduro, primus inter pares —o, más probablemente, pagano y rehén— de la precitada corporación de chulos. ¡Ah! y el pasado 6 de diciembre, cuando por mayoría arrasadora, decidimos darle el poder de la Asamblea a la oposición, victoria electoral que el muy pluralista Maduro (por supuesto, es ironía) y la misma corporación de chulos están desconociendo cotidianamente.

Está claro que para la precitada corporación, y sus filiales internacionales, la democracia solo es buena cuando se gana. Cuando pierden, consideran que las mayorías —incluso si lo son por avalancha—, están equivocadas o han sido “manipuladas por la CIA”. Es la temeraria, enceguecida, bestial soberbia de los comunistas.

Tanto Chávez como Maduro tenían la costumbre de armar Aldeas Potemkin. Yo mismo vi una en Margarita, esa hermosa isla que a los colombianos les gustaba tanto visitar hasta que Maduro cerró las fronteras con el vecino país el año pasado. Era un empobrecido pueblo de Macanao, una de las zonas más pobres del país, en el que Chávez le hizo fachadas nuevas a las casas de zinc para hacer uno de sus maratones televisivos. Pero detrás permanecía el mismo rancho de zinc. Cuando fui en 2009, la gente aún tenía esperanza de que le hicieran el resto de la casa, dos o tres años después de la fachada. Me imagino que ya la ilusión no existe.

Y lo mismo hacían con hospitales, urbanizaciones, ambulatorios. Chávez, ese santo varón de la izquierda irredenta, se dio el lujo de contratar, en el paroxismo de su poder, a Naomi Campbell un fin de semana para pasearla por uno de esos tugurios con fachadas de mentira, y quién sabe para qué más: La “top model”, símbolo del capitalismo más salvaje, diría después del mandatario que era “un toro“. ¿Qué habrá querido decir?

El punto es que Maduro es afecto a crear “supermercados Potemkin”. Es tan descarado que cuando los “reinaugura” se muestra rodeado de productos Polar, la empresa que el mandatario quiere expropiar, para terminar así de matarnos de hambre a los venezolanos. Pero cuando la realidad ya es insoportable, entonces declara que la red pública de alimentos está “podrida” por la corrupción, y hay que “relanzarla”.

Debe recordarse que la red pública de alimentos venezolana, en parte, surgió de la nada, pero en otra parte, se componía de empresas privadas (entre ellas Éxito, de capital colombiano), que pagaba impuestos, generaba empleos sólidos y distribuía alimentos con eficiencia. Nada de eso queda hoy.

Hay que recordarle además a Gustavo Petro que Venezuela es Venezuela, pero también es Colombia: Que con nosotros viven y padecen millones de colombianos a los que usted no podrá engañar con un tuit. Que, igualmente, en Colombia viven cada vez más venezolanos, que se van (o en algunos casos, se devuelven) por no soportar más la crisis de desabastecimiento e inseguridad del país que tan noblemente los acogió cuando se escapaban de la violencia o simplemente buscaban un empleo.

Por supuesto, Venezuela (aún) no es Cuba. Pero es fácil mostrar un acaparador lleno de snacks o de un solo tipo de queso. A mí, que Petro me diga si vio leche, pañales, arroz, harina de maíz o papel de baño, o cualquiera de los productos por los que los venezolanos (y sus compatriotas en nuestro país) hacen largas colas, de las cuales, a veces, a los colombianos los han sacado por eso mismo, por ser colombianos, en un acto que casi es un crimen de lesa humanidad. Que me diga donde los vio, y muestre las fotos, y se deje de hablar paja, como se dice tanto en Colombia como en Venezuela.

En resumidas cuentas, señor exalcalde de Bogotá: le queda mal escribir sobre lo que no conoce. Para decírselo en rolo cerrado, no sea usted tan igualado. Y eso, para refrenarme nuevamente de usar la palabra a la que hacía referencia al principio, porque cuando alguien se comporta como usted, con tanta ceguera ideológica o vendiendo el poco prestigio que le quedaba por quién sabe cuántos denarios de plata, el primer vocablo que se le viene a la mente es ese; sí, ese mismo…

Que casi todas las madres son santas, pero hay mucho hijo que hace que les cuestionen su honorabilidad.

Pedro García Otero Pedro García Otero

Pedro García fue editor del PanAm Post en español. Periodista venezolano con 25 años de experiencia en cobertura de temas económicos, políticos y locales para prensa, radio, TV y web. Síguelo @PedroGarciaO.