La contrarrevolución

La pobreza, la burocracia, la inflación y el desempleo son solucionables. En cambio, la pérdida de la soberanía es un viaje solo con boleto de ida

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derecha
El mundo hoy se debate entre soberanismo y globalismo, no entre capitalismo y socialismo. (Foto: Flickr)

«En lo imprescindible, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad». —Erik von Kuehnelt-Leddihn, Credo de un reaccionario.

Vanessa Vallejo escribió un importantísimo artículo combativo de extrema necesidad sobre el mea culpa que la derecha latinoamericana debía ejercer sobre sí. Este ejercicio es absolutamente importante y, el haberlo hecho, es un maravilloso hito e inédito, además.

No difiero en casi nada con la gran reflexión de Vanessa; sin embargo, me encantaría profundizar lo que la llamada “derecha”, en realidad, debe auténticamente, ser para vencer.

Recientemente me abstengo de referirme a mí mismo con términos como “conservador” o “de derechas”. No lo hago, aprovecho para aclarar, porque tenga pena de llamarme esto o aquello. Simplemente no me interesa embadurnarme de retórica post-guerra fría o, siendo históricos, retórica «revolucionariofrancesa», por lo cual prefiero denominarme «reaccionario».

Para mí estar del lado correcto del Muro de Berlín es una nueva forma de decir estar del lado correcto de la Asamblea francesa. Son visiones obsoletas y que arrancan mitad del corazón humano. Prefiero estar al lado de mis connacionales y de todo aquel fervoroso de su conciencia, que de cualquier otro que arengue tibiezas escondiendo intereses oscuros. Esa determinación es un viejo valor cuya carencia definió la época que hoy vivimos.

Por eso me considero reaccionario, porque rechazo las alcantarillas relativistas de la Reforma, y las maniqueas de la Revolución francesa y de sus hijos, que amalgaman la vida con el brillo de la guillotina, e imponen una nueva diversidad: la diferencia entre los degollados por no obedecer la moralina revolucionaria y los que están por ser degollados.

Esto define en esencia cómo se ve el mundo y cómo se interactúa con él. Si hubiera que definir una «visión», reaccionaria, de «derechas», efectiva y no anquilosada en el liberalismo ochentero, podría ser una esencialmente hispanista, «supra-socialista» y genuinamente antitotalitaria.

Significa que reestudiar nuestro imaginario es fundamental, así como trascender traumas; no copiarlos y servirnos de su negativo para intentar arreglarlo todo.

Lo que hoy conocemos como “Latinoamérica” es el basurero histórico del bolivarianismo, la versión bananera del mesianismo producto de la Ilustración. El ideal revolucionario en nuestras naciones es un vivo producto de la leyenda negra y que ha producido una maloliente historia que cada año celebramos como “independencia”; un arrabalerismo revoltoso e hispanófobo condenado por el mismo Andrés Bello.

Así como debemos saber qué éramos y de aquello preservar sus llamas más vigorosas, debemos además abrirnos paso en la oscuridad del qué queremos ser y el adónde queremos ir.

El mundo hoy se debate entre soberanismo y globalismo, no entre capitalismo y socialismo, como lo proponía la dialéctica bélico-gélida. Ya el mundo está globalizado in toto y la economía también.

Rusia se alínea con el Foro de São Paulo mientras surte de gas a Europa, dándole comodidades a liberales y nacionalistas; Sanders no quiere desmantelar los mercados estadounidenses, quiere exprimirlos y saturarlos; Bolsonaro mantiene negocios con la China comunista que oxigena al régimen chavista.

Aquí estamos en presencia de una batalla moral y geopolítica, para incomodidad de muchos de derechas estancados en el reagan-thatcherismo.

Al socialismo de hoy no le son venenosos los mercados. Empresarios como George Soros, grandes compañías o fundaciones como Facebook y Rockefeller, han hecho su fortuna en capitalismo. Pero hoy utilizan sus altas posiciones para lograr la destrucción absoluta de nuestras fronteras, raíces, familias, identidad e historia.

Las fronteras, las tradiciones, los valores, no son canjeables ni juzgables ni suprimibles por el mercado. Son la razón por la cual sabemos del mérito, del orden, de la alta cultura, de la fé, del respeto, del patriotismo, y especialmente, de la libertad y de la propiedad. Para nosotros, todo esto es una patria y, recordemos, solo los ricos pueden darse el lujo de no tenerla.

El problema en gran parte es que el socialismo sigue siendo para los hispanoamericanos un problema, pues hemos vivido doscientos años de absoluta decadencia caudillista decimonónica —por miserables como Bolívar & Co.— y, lo que el mundo vivió hace 80 años, lo estamos viviendo ahora nosotros.

Aun así, para mostrar que el problema de, por ejemplo, Venezuela, no es el socialismo sino el globalismo, veamos el país. Tres problemas que llevarán al menos dos décadas para corregir más o menos completamente son el Arco Minero, el Esequibo y el entreguismo a Cuba, Rusia y China.

La pobreza, la burocracia, la inflación y el desempleo son solucionables. En cambio, la pérdida de la soberanía es un viaje solo con boleto de ida.

El objetivo no es solo desmontar el socialismo, sino, esencialmente, la pérdida de soberanía que el socialismo provocó.

El riesgo que se está corriendo en esta época es el de un mundo posnacional donde las soberanías han sido extintas y donde la supresión de la libertad de expresión viene de grandes compañías y, no del Estado.

La demografía, siguiendo el presagio de Comte, pasó de ser un «destino» a una realidad. En Estados Unidos está siendo usada para detonar el soberanismo y la América histórica. El plan enemigo es “reproducir el fenómeno de California”, donde los inmigrantes son la mayoría y, ¡sorpresa!: ¡la mayoría vota demócrata! Un 71% (según Pew) de los latinos registrados como votantes en Estados Unidos quieren medidas socialistas. Este es un problema cultural que repercute demográficamente y políticamente.

Respecto al tema de la censura y la persecución contra la disidencia política —a la cual muchos pertenecemos— que representamos a los ojos del establishment de la Big Tech como Facebook, Google, Instagram, YouTube o Twitter.

Es más que conocida la cacería que desde hace años están librando estas compañías contra perfiles y personalidades conservadoras, liberales, nacionalistas, libertarias, católicas, tradicionalistas, etc., mientras pedófilos hacen apología de su degeneración en artículos y entrevistas en grandes medios de comunicación que no son censurados por ninguna de estas compañías.

¡Y poca diferencia habría si el Estado lo hiciera! Pues todas las canchas en la cultura y las redes sociales están siendo tomadas por la izquierda, eliminando la disidencia política. Debemos preguntarnos, entonces, por el uso del Estado para combatir a la censura tecnológica ya monopólica. O se combate a los titanes del Sillicon Valley con fuego, o bailamos tango con sus tentáculos que manipulan los mercados, hasta morir sofocados.

Son estas importantes cuestiones las que, más que la dialéctica capitalista-socialista, más que copiar al enemigo, deben ocuparnos.

Una contrarrevolución eficaz, considero, no debería regalar el Manual del perfecto idiota. Debería aprender del enemigo, leer a los clásicos Trotsky, Gramsci, Lukács, y también a los Dugin e interesantes bienes como los Fusaro o los Zizek.

Pero también aprender de Plínio Corrêa de Oliveira y la mecánica de la revolución; de Scruton la estética, la moral y la belleza; de Olavo de Carvalho la estrategia para una derecha, la mentalidad revolucionaria y la operatividad del Foro de São Paulo; de Kuehnelt-Leddihn y de Schmitt… todo; de Benoist y Lipovetsky la crítica al individualismo intimista y atomizado; de Evola la metafísica guerrera; especialmente de Vázquez de Mella, de Maeztu y del profesor Miguel Díaz Ayuso, la Hispanidad.

Esto jamás se logrará con simplones pocasluces como Piñera o Macri. Tampoco con elitescos apologetas de fronteras abiertas como los hermanos Koch o marionetas como Charlie Kirk, quien invita a drag queens a sus eventos “conservadores”.

No nos interesan los tibios, ni los oligarcas, ni sus esclavos.

Nos interesa el individuo, su patria, su identidad histórica, sus instituciones sociales: elementos que mantienen a ras al Estado y a aquello que quiera extirparle su pasado y vaciar su cabeza y espíritu.

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