Así es vivir en Ramo Verde, la cárcel preferida de Nicolás Maduro para sus más incómodos presos políticos

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El mundo conoce la cárcel de Ramo Verde como una referencia, pero hasta hoy desconocía cómo es vivir allí; un lugar donde «El Tigrito» se convierte en la peor pesadilla. (Billuyo)

Hablar de la cárcel de Ramo Verde es hacer referencia al centro de reclusión de preferencia del régimen de Nicolás Maduro para encarcelar a sus presos políticos; allí mantienen secuestrados y hacinados a los más incómodos para la dictadura, a quienes han luchado por la democracia tanto, como para entregar sus vidas y reducirlas a unos barrotes, torturas y castigos.

El mundo conoce la cárcel de Ramo Verde como una referencia, pero hasta hoy desconocía cómo es vivir en el Centro Nacional de Procesados Militares de Ramo Verde; un lugar donde «El Tigrito» se convierte en la peor pesadilla.

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En el recinto hay distintos tipos de detenidos. Están los procesados militares “normales”, que pueden estar en proceso o ya condenados; y los procesados civiles, bajo jurisdicción civil, condenados o no.

Por último hay un grupo importante de personas bajo proceso militar, como consecuencia de las protestas iniciadas en abril de 2017, los cuales mayoritariamente comparten en un mismo espacio al que se le llama «Casino».

Presos políticos como el general Raúl Isaías Baduel, ex comandante del Ejército y ex Ministro de Defensa de Hugo Chávez estuvo allí detenido; los líderes opositores Leopoldo López, Daniel Ceballos, Salvatore Lucchese y Antonio Ledezma también estuvieron recluídos. Ramo Verde es la cárcel a dónde llevan los detenidos de consciencia.

Jóvenes como el periodista Carlos Julio Rojas o Carlos Graffe, se mantienen allí presos y viven un infierno solo por expresarse en contra de una dictadura en Venezuela.

“Estamos hacinados, en una sola celda hay 112 personas, gracias a ello casi no pueden dormir, ni siquiera caminar, pasamos las noches de pie, en las colchonetas duermen hasta 3 personas, no tenemos derecho a la biblioteca, esto nos mantiene aislados y en ocio”, dijo el preso político Carlos Julio Rojas en una misiva que entregó a su madre.

Con testimonios como el de el expreso político Salvatore Lucchese y el de fuentes ligadas a la Cárcel de Ramo Verde logramos llevarle a Venezuela y el mundo los detalles que rodean a los presos y familiares en ese centro de reclusión.

Salvatore Lucchese actualmente se encuentra en la clandestinidad tras la persecución del régimen de Nicolás Maduro, aunque fue liberado en 2015, hoy existe una orden de captura en su contra.

Lucchese contó a PanAm Post cómo es la vida de un preso político en el Anexo B — área destinada para encerrar a los reclusos castigados por mal comportamiento—. Fue vecino de celda de Leopoldo López y de los exalcaldes Enzo Scarano y Daniel Ceballos.

«Ramo Verde tiene dos torres, lo que llaman el anexo A que tiene cinco pisos: en el primero están los sargentos presos, en el segundo están los oficiales superiores, en el tercero los oficiales subalternos, en el cuarto todos los soldados y en el piso cinco están los policías metropolitanos y algunos civiles».

«El anexo B, donde nosotros estábamos, solo tiene tres pisos y un total de nueve celdas de 12 metros cuadrados»; señaló.

En el anexo A hay gente común que protestó contra Maduro, gente de varios estados del país; también presuntos asesinos, comerciantes, motorizados que ayudaron a los chicos de La Resistencia, hay jóvenes y no tan jóvenes.

Una fuente ligada a la cárcel de Ramo Verde aceptó ofrecernos información; sin embargo, pidió el anonimato para no recibir represalias por parte de la dictadura. A esta fuente le pondremos el nombre de «J» para facilitar la lectura.

«Existe un espacio, pequeño, sin baño, con escasa luz, descrito como lúgubre y llamado El Tigrito; es allí donde ubican a aquellos que, por alguna razón, deciden castigar»; señala «J».

Dormir en el piso

El día inicia temprano en la mañana, a eso de las 5:00 am, hora en la que encienden la luz, señal del inicio del día. El final del día se da al apagar la luz, a eso de las nueve de la noche; los custodios indican a los presos que deben hacer silencio y recogerse a dormir.

 

«J» relata que en El Casino hay racionamiento de agua a pesar de que unos 110 reclusos comparten espacio.

«A la hora del despertar es uno de los momentos en los que puede haber agua corriente (en las tuberías), por lo que algunos aprovechan esos minutos para asearse; cerca de las siete de la mañana llega el momento de retirar las colchonetas y despejar el suelo»; señaló.

Los presos duermen en el piso; duermen tres en cada dos colchonetas. Unos con sus cabezas a la altura de los pies del otro.

Deben limpiar el suelo antes de colocar las colchonetas para dormir en la noche. Tarea difícil, porque implica que van colocándolas desde las esquinas hacia el centro.

Los reclusos deben despejar diariamente los espacios en la mañana, para poder disponer de zonas donde caminar, comer, sentarse o al menos estirar los músculos.

«El rancho» = el desayuno

Luego de despertar los presos esperan el desayuno o «rancho», que es el alimento que provee el penal.

De acuerdo con la carta del preso político Carlos Julio Rojas «les proporcionan 60 gramos de comida diaria y, dependiendo de su comportamiento, los alimentan o no».

Aquellos que tienen provisiones propias se preparan sus alimentos, quienes tienen este beneficio es porque son los «más antiguos en el lugar»; puede ser que tengan una cocina pequeña eléctrica que les han dejado sus familiares y visitantes.

Sobre el régimen alimenticio, son los familiares los que deben llevarles la comida de calidad, ellos prefieren eso, antes de dejar esa responsabilidad a un escuálido presupuesto y escaso deseo de preparar algo rico y nutritivo.

También les pueden llevar dinero porque en el penal un detenido con «privilegios» vende café y en algunos sitios venden golositas y hasta piezas (pulseras o anillos) que hacen algunos reclusos.

Dos inodoros para 110 presos y sin agua

Los reclusos deben ordenar el lugar, limpiarlo, y llenar diversos recipientes de plástico — llevados por los familiares— con agua para garantizar un mínimo de posibilidad de aseo, ya que solo cuentan con el vital líquido temprano en las mañanas.

Comparten dos zonas de aseo, con dos inodoros y dos duchas para unas 110 personas; como no hay agua de modo regular, deben racionarla para asearse ellos y limpiar el retrete.

El lugar tiene al menos una cámara de vigilancia que, se supone, abarca todos los espacios del Casino, salvo los sanitarios.

Toda una vida en bolsas

Hay que recordar que los denominados presos políticos no están precisamente encarcelados porque lo merezcan, están detenidos por pensar diferente y por expresarse en contra de la dictadura.

Los presos políticos son seres humanos con valores que por la injusticia del régimen fueron obligados a dejar sus casas, sus familiares y sus vidas de lucha.

Ahora sus pocas pertenencias las tienen en bolsas pláticas, o en cajas. Todas sus vidas se vieron reducidas.

«No hay espacio, ni por diseño ni por ocupación», relata «J». Los momentos de esparcimiento se resumen en leer, juegos de mesa o tan solo conversar.

Sin embargo, conversar les da temor, pues nunca saben con certeza qué puede hacer el régimen con la información, opinión o mensaje que se comparta. Una crítica o exigencia puede acarrear un castigo de hasta 15 días de aislamiento.

A veces los presos buscan hacer ejercicio sin que las cámaras los vean «para evitar sanciones injustas».

«Quítese todo»

Por ser una cárcel y además militar, las restricciones, revisiones y limitaciones son «normales»; sin embargo hacer que los familiares se desnuden y agachen es parte de la odisea que viven para intentar ver a sus seres queridos.

«Los custodios, Capitanes, Tenientes, Sargentos y soldados, en general se comportan humanamente. Tratan de ser comprensivos y algunos tratan, decididamente, de ayudar. Pero no pueden resolver todos los casos. Si alguien no aparece registrado en “el sistema” no puede entrar, lo que implica esperar hasta el siguiente viernes, para ver si entonces sí aparece registrado»; relata «J».

Las visitas son de viernes a domingo, entrando a partir de las ocho de la mañana, hasta las 12 del mediodía; y desde la una de la tarde hasta las 4:30.

Aunque el tiempo de visita parece razonable, hay días en que, seguramente porque hay nuevos custodios en las distintas etapas de revisión o porque hay “problemas en el sistema”, un visitante puede tardar más de dos horas para ingresar a la cárcel.

Son al menos cinco revisiones para lograr que se lleve a cabo la visita. La primera se hace en la parte baja de la cárcel. Ahí se informa que se viene a visitar a un familiar, a veces preguntan de quién se trata, y siempre hacen una corta y poco profunda revisión del vehículo.

«Se recorre una colina de algo así como un kilometro, para llegar a una zona campestre, arbolada, fresca, de un verdor y naturaleza bonita, de no ser porque se trata del entorno de una cárcel», señala «J».

«Bajo la sombra de los árboles o debajo de un pequeño techo de zinc con unas sillas de plástico, todos los visitantes se aglomeran y van colocando las bolsas, las cajas, los carritos de mercado, las botellas de agua, etc. Van colocando los enseres que pretender entregar a sus seres queridos detenidos».

En esta, la segunda estación, es donde se entregan las cédulas o pasaportes, y «ahí comienza el suplicio».

Una vez acumulado un cierto (e indeterminado) número de cédulas, un oficial usa un radio para indicar  los números de los documentos de identificación. Seguidamente el visitante espera a que le aprueben la entrada con un «registrado”, ya que si es calificado con un “restringido” o “no registra”, probablemente la visita sea nula y no se pueda dar.

Seguidamente los primeros visitantes comienzan a subir la colina final: «A veces la subida es a pulmón, otras veces un vehículo tipo rústico ayuda a los adultos mayores y a las mujeres, a subir la cuesta»; relata «J».

Llega la tercera etapa de revisión y se repite el paso anterior solo que en esta etapa difícilmente rechazan a alguien.

«Una vez que lo llaman a uno y pasa la pequeña puerta, las mujeres siguen de largo, los hombres deben esperar que quien les abrió la puerta les haga un revisión física».

«Al entrar se está dentro de una zona de seguridad donde hay muchos miembros de la Fuerza Armada Nacional, es un área cercada y protegida con cámaras, concertina y alambres de púas. Se hace una larga fila, dependiendo de cuánto se tarde la próxima etapa»; señala.

«Los alimentos son auscultados, el papel de baño es literalmente destripado, así como todas las prendas de ropa revisadas apretujándolas con las manos, todo en búsqueda de algún dispositivo, aparato o cosa prohibida», señala la fuente.

Luego viene la etapa del “quítese todo”. Hay que quitarse la ropa, incluyendo bajarse las prendas intimas, femeninas y masculinas. Algunas (os) espetan un “agachese”, seguro esperan ver salir algo de las entrañas del visitante, para luego con indiferencia exigir celeridad en el volverse a vestir.

La visita se da en el Casino. Por ser muchos los reclusos, algunos pasan al primer piso, a otro espacio más grande, para así compartir la visita entre ese espacio y el casino.

No hay celdas, solo «dos áreas curiosas»

Cuenta «J» que existen dos áreas «curiosas»; una es donde duerme el Jefe de Piso (el detenido más antiguo, a quien le asignan la responsabilidad de mantener un mínimo de orden y respeto dentro del área).

Este “jefe” duerme en lo que parece haber sido el área de expendio de alimentos y otras cosas cuando aquello fue un área de descanso para los militares. Ahí tiene algo de privacidad y facilidades como clavos en la pared para guindar prendas o una mesa con butacas plásticas.

La otra área es una esquina donde hay una litera que algún preso del pasado dejó en el penal y una persona, actualmente «inquilino en el casino», compró y usa.

El inhumano anexo B

Salvatore Lucchese relató a PanAm Post lo tortuoso que fue vivir en la cárcel de Ramo Verde, pero sobretodo en el anexo B junto a los emblemáticos presos políticos Leopoldo López y Daniel Ceballos.

A él no lo dejaron recibir visitas los primeros dos meses de prisión, y en principio solo podía «alimentarse» de la precaria comida que le servían en la cárcel.

«En las mañanas nos daban una arepa con una lonja de queso; al mediodía, arroz con carne molida o arroz con pollo; y en la noche no nos daban comida», relató.

Lucchese contó que tanto él, como López y Ceballos, no pudieron abrir sus celdas sino hasta dos meses después. Cada piso tenía doble reja y todas las cerraban para que entre ellos no pudieran visitarse.

«Después de un tiempo nos permitieron abrir esa reja y ahí sí podíamos compartir entre los tres»; señaló.

El expreso político, ahora en la clandestinidad, contó que cada 15 a 20 días llegaban funcionarios con sus rostros tapados y los requisaban de manera violenta.

«Nos mandaban a desnudarnos y nos daban golpizas, estoy seguro que esos que llegaban a requisarnos no eran venezolanos», detalló.

«A nosotros, que habitábamos el anexo B, no nos dejaban tomar sol, por ello y otras cosas hicimos varias huelgas donde dábamos barrotazos (golpear barrotes) y la gente de los barrios cercanos nos apoyaban con cacerolas».

Contó que a partir de ahí como estilo de tortura les colocaban música a las 2 de la mañana para que no pudieran dormir, y cada vez que hacían algún reclamo los castigaban hasta por 15 días.

«Lo único que nos quedaba era hacer rezar, hacer ejercicios y leer. Solo en las misas nos podíamos ver con los presos del anexo A, pero luego nos las eliminaron, no nos dejaban hacer deporte y cuando lo hacían nos tomaban fotos»; señaló.

Relata que el régimen de visitas era «muy vejatorio», mandaban a desnudar a sus parejas y les obligaban a tener las puertas de las celdas abiertas. «Solo a veces nos permitían tener intimidad con nuestras esposas»; concluyó.

Seres humanos

Esta es una reflexión de «J» que quisimos compartir:

«Ramo Verde es una especie de laboratorio social en vivo. Hay verdaderos líderes y hay genuinos seguidores. Hay quien cayó ahí por sus convicciones y quién está por mala suerte. Hay quien sufre en silencio, también quién sufre abiertamente. Hay quien se la pasa suave, pero también quien se está consumiendo.

Están los que no entienden que están presos por un régimen dictatorial al que no le importa la vida de los demás. Hay quienes creen que esto es algo así como el castigo de la mamá porque se portaron mal. Pero también hay los que entienden que esto es serio, largo, doloroso y lo asumen con la importancia, dignidad y miedo, con que se debe asumir el luchar por sus vidas».

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