Son cifras escalofriantes. Pero conviene ponerlas en perspectiva. Como bien señaló el reconocido científico Neil deGrasse Tyson, en esas mismas 48 horas, en Estados Unidos se producen 500 muertes por errores médicos, 300 muertes por gripe, 250 muertes por suicidio o 200 muertes por accidentes automovilísticos. Decirlo no es falta de empatía con las víctimas. Es simplemente contextualizar las tragedias y que deje de ser manipulada: la nula empatía con las víctimas es la de quienes las utilizan para pedir la prohibición de armas, señalar a Donald Trump como «culpable», o simplemente sacar alguna ventaja político-electoral en vísperas de las elecciones federales de 2020 en Estados Unidos.

Ambas tragedias son lamentables. Pero sin duda, y mientras aún se investigan las causas de la masacre de Dayton, la tragedia de El Paso plantea cuestiones inquietantes sobre el presente y el futuro de la nación norteamericana y del mundo. Así, es inevitable vincularla con el ambiente de crispación y odio contra todo aquel que no sea WASP (Blanco, Anglosajón, Protestante), que ha venido azuzando Donald Trump. Señalar el potencial envenenador del discurso electoral de Trump no significa apuntarlo como culpable, ni siquiera indirecto: el culpable es el joven Patrick Crusius, y me parece que Trump no tiene culpa de sus problemas mentales.

¿Que el discurso de Trump azuza y hasta legitima la violencia? Quizás. Pero el culpable material es uno y conviene tenerlo claro; de no hacerlo, corremos el riesgo de disculpar o frivolizar las motivaciones del autor, sembrando la semilla para más tragedias futuras. En todo caso, la masacre debería ser un fuerte llamado de atención a Trump, para ser más responsable en su discurso electoral. Y ser en general un correctivo para todos los políticos como él, como por ejemplo Andrés Manuel López Obrador en México y su discurso de odio cotidiano en contra de críticos, periodistas, opositores, «neoliberales», «gente fifí» y todo enemigo que se le ocurra.

Al respecto, si de instrumentalizar la tragedia se habla, el caso de López Obrador es ejemplar: habla de denunciar por terrorismo al culpable de la masacre de El Paso, donde murieron varios ciudadanos mexicanos, para solicitar su extradición a México, algo que sabe que nunca sucederá. En realidad, su reclamo nacionalista es solo para distraer la atención de sus pésimos resultados de gobierno. Y omite convenientemente que en México se producen 81 muertes diarias por homicidio doloso, una cifra muy por encima de las tragedias de que hablamos: Si de «terrorismo» hablamos, el comportamiento impune de los carteles mexicanos y la ineptitud del gobierno lopezobradorista en materia de seguridad pública, se llevarían el primer lugar en tal categoría.

Según ha confesado Patrick Crusius, su idea fue matar a tantos hispanos de origen mexicano como le fuera posible, esto para detener una supuesta invasión de su país, justificándose en la adaptación estadounidense de la idea de «el gran reemplazo»—formulada por el escritor francés Renaud Camus, aludiendo a un supuesto plan de las élites europeas para sustituir a la población blanca europea por inmigrantes del norte de África y Oriente Próximo—.

Lo que Crusius ignora es que la idea de «el gran reemplazo» tiene en realidad un correlato inverso, con la población estadounidense que recibió el permiso de asentarse en el norte de México a inicios del siglo XIX, lo pobló y terminó independizándose, como sucedió con la República de Texas en 1836. Además, quienes hablan de «invasión hispana a Texas», como señaló el propio asesino Patrick Crusius, olvidan que los hispanos están en ese lugar desde el siglo XVII, mucho antes que los antecesores de otros ciudadanos actuales, que se creen los «puros» guardianes de la “genuina” identidad estadounidense. Así que los supremacistas blancos harían bien en conocer mejor la historia de su propio país.

Las ideas subyacentes de Crusius, relativas a una posición social o nacional en declive por culpa de los migrantes, de la economía como juego de suma cero (donde lo que los estadounidenses pierden lo que ganan los malvados migrantes), o de un pueblo (que él encarnaría) sojuzgado por una élite en beneficio de unos migrantes advenedizos, son elementos constitutivos del populismo que se enseñorea por el mundo, aquí y allá, y que cruza transversalmente todo el espectro ideológico. Es un populismo que, vemos, no solo amenaza vidas humanas concretas, sino también conceptos como la libertad individual, los mercados libres, el pluralismo, el Estado de Derecho, la cooperación voluntaria, etc.

Los liberales tenemos una enorme responsabilidad de dar respuestas concretas que se opongan a tales ideas. De lo contrario, tragedias como las de El Paso se incrementarán. Así, debemos ser conscientes de que demonizar, ilegalizar y perseguir a migrantes son el equivalente exacto de cualquier idea o práctica enemigas de la libertad, porque se atenta contra las prerrogativas de los individuos, empobrece al mundo, al impedir el trabajo conjunto, la cooperación libre y el enriquecimiento mutuo, y tiraniza al individuo en beneficio de un colectivismo productor de amos y esclavos, de asesinos y víctimas.