El oportunismo electoral de la democracia cristiana en Chile

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(LaCopucha)
No existe una visión y una misión, sino solo una ambición que consiste en preservar sus cuotas de poder. (LaCopucha)

La democracia cristiana chilena dista de sus pares europeos, ya que esta defienden tanto la libertad económica como ciertos aspectos de la libertad civil. Jamás podrían aquellas en el viejo mundo pactar acuerdo alguno con partidos que se oponen radicalmente a todo lo que representan, ni podrían aceptar formar parte de coaliciones con un sector político que utilice la democracia solo como un medio para obtener el poder para luego deshacerse de ella tan pronto como se cumpla el objetivo.

En Chile el asunto es diferente, ya que el partido demócrata cristiano rechaza abiertamente sus raíces y busca unirse al caballo ganador, así sea con alianzas de última hora. La segunda vuelta de las elecciones presidenciales es un jugoso negocio y la oportunidad es imperdible.

Muchos simpatizaban con la propuesta centrada de la Democracia Cristiana (DC), que nos tenía acostumbrados a un partido donde se lograban establecer puentes entre las posturas más extremas y que permitía el diálogo. Sin embargo, hoy están buscando un nuevo destino para sus tradicionales votos. Al parecer, la época de los consensos terminó abruptamente cuando el partido en cuestión hizo alianza dentro de la coalición gobernante, entre otros, con el Partido Comunista.

¿Cuál es el juego de la DC? Con una candidata que marca el 3 % casi en todas las encuestas y que se aferra obstinadamente a la idea de que su candidatura ofrece una real alternativa, parecen querer dar la impresión de que tienen aún una voz dentro de la centro-izquierda, donde han reconocido su domicilio político, según la misma candidata Carolina Goic. ¿Para qué insistir en algo que saben que de partida está absolutamente perdido luego de comprometer posibles apoyos en segunda vuelta al candidato ganador del oficialismo?

No es tan complicado de ver. La actual coalición gobernante, personificada en Michelle Bachelet y su elenco, han dirigido el Gobierno en todas sus áreas con visiones propias del Partido Comunista. Es que la presidenta tiene una militancia socialista, pero su corazón pertenece evidentemente al partido del martillo y la hoz. Esto ha significado que dentro de la misma coalición se haya escuchado la visión de país de algunos más que de otros. Los grandes pisoteados y damnificados políticamente hablando son los demócratas cristianos, a quienes se los ignoró en temas sensibles como hacienda e interior en las personas de los exministros Rodrigo Valdés y Jorge Burgos respectivamente. Incluso se llegó a decir que dentro del Gobierno la presencia de la democracia cristiana no era más que un arroz para acompañar.

Difícil tarea es comulgar con quienes denostan las ideas propias, las humillan en público y se dan el lujo de hacer sentir la condición de prescindible de los agraviados. Lamentablemente para Chile, el juego del Partido Demócrata Cristiano hace tiempo dejó de ser tener una voz y voto en un Gobierno. Ya no importa hacer valer un proyecto de país, una visión política, sino tener cierta preeminencia electoral que permita asegurar alguna repartición pública.

 

No existe una visión y una misión, sino solo una ambición que consiste en preservar sus cuotas de poder. No obstante, en las actuales condiciones es imposible, porque dentro de la Nueva Mayoría el peso de la DC es casi nulo frente al Partido Comunista que es el de la voz cantante en el Gobierno. No es que repentinamente se haya necesitado un despertar que le permita a los herederos de la falange nacional recuperar sus raíces valóricas, sino que frente a la preminencia de los partidos de izquierda y de ultraizquierda, con los cuales en el fondo, hoy por hoy, comparten muchas ideas, están reduciendo sus propios espacios tradicionales en los cuales podían hacer sus típicas reparticiones amiguistas. Cuando la competencia ha demostrado que en un Gobierno más ya se podría prescindir de ellos, es el momento de jugar por fuera y crear una imagen de fortaleza de partido, de presencia electoral que podría significar la pérdida del poder para toda la coalición a menos que se llegue a la unidad a través de una negociación bastante predecible en el que acordarán preservar aquellos puestos reservados para la DC ya por derecho adquirido.

Es que no es cosa sencilla encontrar trabajo en estos días en que los únicos buenos empleos que se están creando son en el sector público. No es sencillo ceder frente a otro partido lo que se considera como propio y exclusivo. La verdad es que ya sea uno o dos ministerios implican una cadena de empleos otorgados a dedo y que responden a amiguismos y conexiones casi excluyendo el aspecto técnico. Bien debe saberlo la candidata Carolina Goic, cuyos hermanos Pedro y Fernanda ocupan puestos para los que no están calificados, pero con altísimos salarios. No es sencillo renunciar a esa cadena de privilegios y cederlos a otros partidos, quizás más cercanos a los candidatos oficialistas porque eso significaría menguar no solo en influencia, que es lo que menos les importa, pues el orgullo se lo han tragado varias veces, sino en poder. Aquellas cuotas a las que están acostumbrados y les permite vivir a muchos militantes de la DC una vida de acomodos y de poco trabajo, sin requerir preparación exhaustiva ni experiencia cabal.

El juego es hacer difícil para el oficialismo ganar en primera o segunda vuelta de las elecciones sin el apoyo electoral de la DC. Que la fragmentación pese hasta el final donde por fin esperan negociar su lugar en un posible nuevo Gobierno. Así se hace política en la centro-izquierda. El poder requiere que toda la creatividad y estrategia se desplieguen para poder ser conservado. La aparente ventaja de Sebastián Piñera solo puede prosperar bajo un escenario de la Nueva Mayoría dividida como está hoy, pero si hay un sector que sabe sumar todos sus fracasos y convertirlos en unidad con el propósito de aferrarse al poder, es la centro-izquierda, y la DC ya confirmó que su fidelidad al poder tiene domicilio político.

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