El socialismo, nuestro principal enemigo

El socialismo de todo matiz y toda proveniencia es el coronavirus de Hispanoamérica

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Combatir el socialismo hasta su eventual extinción como principal peligro ideológico de la región es el imperativo categórico. (Flickr)

Sé que no le hago ningún favor a Moisés Naim avecindándolo con el comisionado del socialista Juan Guaidó ante la ONU, el desangelado socialista Pizarro. Pero comparten todos ellos la coartada perfecta de todos los socialistas a la hora de dar cuenta de los crímenes y desafueros de los gobiernos socialistas a los que, abierta o veladamente, pretenden exculpar de su máximo pecado: ser socialistas. Ni unos ni otros son auténticamente socialistas. Por una razón de ética epistemológica: ellos son malos. El socialismo es bueno.

Jean François Revel ha dedicado gran parte de su vida intelectual, una de las más fructíferas del pensamiento liberal francés, a desenmascarar y denunciar la impostura a la que han recurrido los socialistas franceses para salvar el pellejo: los crímenes de Stalin y los de la Unión Soviética, así como los de Mao y Castro y todos los tiranos socialistas se debieron a que ninguno de ellos era “auténticamente” socialista. Lo traicionaban. Socialistas auténticos solo lo fueron Marx y Engels, que para su inmensa fortuna inventaron el socialismo puro, pero jamás se vieron ante la dura realidad de demostrar en la práctica sus bondades.

En ese hiato nunca resuelto —ambos pensadores murieron antes de que se comprobaran las consecuencias catastróficas y devastadoras provocadas por la implementación de su deslumbrante utopía—, han basado sus justificaciones los hijos de Maurice Thorez, Palmiro Togliati y Santiago Carrillo. Hitler fue el propio inventor del nacionalsocialismo. Si no lo hubiera sido, los nazis hubieran culpado de los crímenes del nazismo a ese imaginario personaje. Y hoy estaríamos plagados de nazis.

Rebel, empeñado en desmitificar para siempre el fraude marxista leninista, se esforzó en demostrar que no existía otro socialismo que el socialismo real, que Stalin era la versión sobreviviente del único socialismo posible a la muerte de Lenin, que el Gulag estaba en los genes de la Crítica de la Economía Política desarrollada en El capital, y que el socialismo era la jaula dorada del marxismo soviético. Con ello, borrón y cuenta nueva. Como en la tradición monárquica inglesa cuando muere el monarca: el socialismo ha muerto. Viva el socialismo.

Esa manera de lavarse los pecados sin pasar por el confesionario ha permitido que seres aparentemente ingenuos como Juan Guaidó, Leopoldo López o Moisés Naim, todos ellos practicantes de una alcahueta pusilanimidad ante la dictadura chavista, puedan sostener con absoluta impunidad ante los medios internacionales, incluso en el foro de las ONU, que Nicolás Maduro no es socialista: es un criminal. Como si el socialismo y la criminalidad fueran antónimos. Poco importa que las pandillas que nos asolan, cubanas, rusas y chinas sean el epitome sobreviviente del socialismo.

Que el desarrapado comisionado del inefable Guaidó ante la ONU defienda al socialismo se entiende: satisface su ego de socialista chileno encubierto y trata de atraerse hacia el imaginario gobierno del interinato a los socialismos reales. Y que lo haga Moisés Naim está aún más claro: George Soros, su mecenas, es la conciencia empresarial de personajes como Bernie Sanders: el oxímoron del gringo comunista que podría ocupar el Despacho Oval. Todos ellos charlatanes del socialismo bien pensante. Con un doble efecto, como lo quería el primer embajador de los Estados Unidos ante Hugo Chávez cuando decía “miren sus manos, no sus labios”. Creía el tontón de John Maisto que en el fondo el milico golpista era “un buen muchacho, aunque fanfarrón y un tanto mal hablado”. Como lo decía Poleo. Pedía que viéramos sus obras. Hoy no solo las estamos viendo: las estamos sufriendo. Sin que tras veinte años el Departamento de Estado despierte del encantamiento e insista en desconocer la brutal amenaza que para la seguridad hemisférica significa el castrocomunismo revivido por el chavismo venezolano. Ya devastó al país más rico de América Latina y llevó al infierno a medio millón de venezolanos.

El socialismo de todo matiz y toda proveniencia, sea el de López y Guaidó, el de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias o el Díaz-Canel y Nicolás Maduro, es el coronavirus de Hispanoamérica. Combatirlo hasta su eventual extinción como principal peligro ideológico de la región es el imperativo categórico de los intelectuales como Moisés Naim y su mecenas George Soros. Bernie Sanders ya está a la vuelta de la esquina. En cualquier momento nos salta un chavista norteamericano. De todo hay en la viña del Señor.

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