Rousseff paga las consecuencias del populismo en Brasil

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Después de unos años de bonanza, la economía ha cobrado de la peor forma posible los desaciertos de Dilma Rousseff, y la falta de escrúpulos del resto de los políticos (La Nación)

Brasil está en crisis: mientras la economía se hunde, la presidente Dilma Rousseff afronta un proceso de juicio político que seguramente, le resultará adverso. Ya la Cámara de Diputados le ha quitado su inmunidad y la del Senado, muy pronto, hará lo mismo.

La presidente tendrá entonces que apartarse de su cargo, al menos por seis meses, y asumirá el vicepresidente Temer, que también está acusado de varios delitos de corrupción. La crisis, por eso, se habrá de prolongar por un tiempo bastante largo, mientras acomodan sus lealtades los muchos partidos políticos que funcionan en ese enorme país.

No abrimos juicio, desde esta columna, acerca de la inocencia o culpabilidad de la presidente, pues los casos de los que se la acusa son complejos y abarcan a muchas personas más. Nos interesa, en cambio, mostrar al lector las causas de fondo que han llevado al Brasil a la situación de crisis en que se encuentra, causas que tienen sus raíces en la política que, desde hace más de una década, llevaron adelante el Partido Trabalhista (PT)  hoy en el poder y su líder histórico, Luis Inacio da Silva, más conocido como Lula.

Aprovechando una coyuntura internacional favorable, por el alza de los precios de las materias primas que exporta, Lula aumentó enormemente los gastos del gobierno y usó buena parte de ellos para emprender una política de ayudas sociales, entregando directamente a la población más pobre dinero y bienes en abundancia. Su partido, por otra parte, entró en enormes esquemas de corrupción, utilizando dinero de la estatal petrolera Petrobras para sus gastos de propaganda. Lula, a quien sus “políticas sociales” le dieron una inmensa popularidad, logró así ser reelegido y, al final de su segundo mandato, consiguió que su protegida y heredera política, Dilma Rousseff, asumiera también la presidencia.

Todo parecía marchar sobre ruedas para el PT: la economía crecía, se hicieron grandes obras para el mundial de fútbol de 2014 y los juegos olímpicos que se desarrollarán en agosto de este año. El despilfarro y la ineficiencia comenzaron a preocupar a muchos ciudadanos antes del mundial de fútbol, pero una sólida masa de votantes agradeció todavía al gobierno las dádivas que éste aún les entregaba. Dilma, entonces, pudo reelegirse a fines de 2014 para un segundo período presidencial, el actual. Pero entonces todo cambió.

Se empezaron a destapar casos de mal manejo de los dineros públicos en las obras del mundial, estalló el escándalo de Petrobras -que implica el desvío de miles de millones de dólares hacia el PT y sus más altos dirigentes, incluido el propio Lula- y la economía comenzó a declinar: bajaron los precios internacionales de los productos que exporta el país y se hicieron realmente inmanejables los desequilibrios de las finanzas de un estado que gasta mucho más de lo que recauda, provocando estancamiento e inflación.

La ciudadanía pasó, en pocos meses, del apoyo a veces eufórico a estos gobiernos populistas a una actitud de recelo, de desconfianza y finalmente de profundo rechazo. Millones de personas han salido a manifestar en estos últimos meses contra la corrupción, la presidente y el verdadero líder de un modelo político que mostraba su fracaso, el expresidente Lula.

La actual crisis de Brasil es, entonces, la consecuencia concreta de la corrupción y de las políticas que denominamos populistas: altos impuestos, gastos desmesurados del dinero de la ciudadanía para obtener apoyos políticos, grandes obras que sirven de excusa para el enriquecimiento de los funcionarios y empresas públicas que se utilizan para obtener recursos con fines políticos. Después de unos años de bonanza, que engañaron a casi todos, la economía ha cobrado de la peor forma posible los desaciertos de los gobernantes y su falta de escrúpulos.

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Hoy, en Brasil, hay vientos de cambio, un deseo profundo de renovación y la esperanza de que pueda controlarse una corrupción que todo lo invade. Los ciudadanos, como en casi toda América Latina, reclaman una nueva forma de hacer política pues ya no se tolera que los gobernantes utilicen al estado para beneficio de su partido y para sus fines personales.

Ojalá este cambio sirva para que, de ahora en adelante, se modifique la política económica, se equilibren las cuentas fiscales y se avance hacia nuevos gobiernos, más limpios y más respetuosos de las libertades civiles y económicas.

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