Venezuela: la sombra de los partidos venciendo a la UCV

Si analizamos Venezuela, notaremos que la UCV es un microcosmos de las políticas de liderazgo que tanto daño han hecho al país

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El presente del movimiento político de la UCV puede predecir cómo será política nacional. (Wikimedia Commons)

Cualquier espectador no habituado al universo «ucevista» podría pensar que es un tema baladí, en medio de toda la tragedia nacional. Podría además pensarse que la desvinculación con los grandes temas nacionales demeritan cualquier revisión del proceso electoral estudiantil que se vivirá el viernes 7 de junio de 2019 en la principal universidad del país. Total: la UCV no es el país, podría decir cualquier espectador inocente.

Pero si echamos una ligera mirada a lo que es la política venezolana actual, hay que invitar a revisar el asunto con más cuidado. Con mucho cuidado, me atrevo a advertir.

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Un simple ejemplo: en las negociaciones en Oslo, representaba a Juan Guaidó el expresidente de la FCU Stalin González. Y frente a él, en el bando chavista, el representante principal del régimen era Jorge Rodríguez, otro expresidente de la FCU. Cargo que, por cierto, siempre quiso ocupar Héctor Rodríguez y nunca le dieron los votos para alcanzar al menos un segundo lugar. Héctor Rodríguez, casualmente, fue otro invitado de la mesa de negociación en Noruega.

Está claro entonces: ver el presente del movimiento político estudiantil ucevista puede dar luces de qué tan mal estará el futuro de la política nacional. Porque de los polvos de la politiquería ucevista se han armado muchos lodos de la politiquería nacional. Nombres sobran, y malas experiencias también.

El chavismo y la UCV

Si vemos al chavismo como instrumento del castrismo para la captura de Venezuela, está claro que esa herramienta fue la UCV, tanto en sus bases políticas y centros académicos como incluso en sus autoridades rectorales.

Hubo más de una visita de Fidel Castro al recinto universitario. Hay más de un agente castrista actuando en el gremio de profesores, en las aulas de clase, en el movimiento estudiantil, en los sindicatos de empleados y obreros y en los institutos de investigación, inclusive.

Esa es una historia pequeña. Mínima, si se revisa al exrector Edmundo Chirinos llegando a Constituyente en 1999. O al exrector Luis Fuenmayor Toro (hoy «chavista originario crítico») en cargos de supervisión del sector universitario. O al otro exrector Trino Alcides Díaz como jefe del SENIAT. O al exdirector del Centro de Estudios del Desarrollo de la UCV Jorge Giordani convertido en el dueño de la «planificación» de la destrucción económica del país. O de Pedro Duno y J.R. Núñez Tenorio como mentores del chavismo en el período 1996-1999, hasta la muerte de ambos.

Ni hablar de los profesores ucevistas devenidos en ministros, embajadores, directores generales, diputados, fiscales, alcaldes, concejales, constituyentes o  gobernadores.

La lista es larga. En la mayoría de los casos, los profesores fueron a su vez dirigentes estudiantiles (siempre, en grupos de izquierda, de esa izquierda derrotada en la guerra de guerrillas contra la democracia). Vencidos por la fuerza de las armas y de la razón, se enclaustraron en las universidades, convirtiéndolas en feudo, en coto exclusivo para la acción política donde no se podía llegar a posiciones de máxima representación si no se pertenecía a los grandes grupos de izquierda dentro de la UCV. Normalmente divididos, además.

Esa captura del movimiento juvenil ucevista por la izquierda insurgente se remonta al año 1958. Y puede construirse una línea del tiempo sin ningún problema. Para comprobar el asunto, en 1958 presidía la FCU un dirigente adeco que sería luego uno de los fundadores del Movimiento de Izquierda Revolucionaria: Héctor Pérez Marcano. Le entregó la presidencia a otro adeco, Rómulo Henríquez, quien también se iría a la insurgencia con el MIR, no sin antes entregarle la presidencia de la FCU a Américo Martín, de su mismo movimiento.

Por la presidencia de la FCU veríamos a uno de los mentores de Nicolás Maduro: Julio Escalona. Llegó al cargo con el MIR, luego se iría a la Liga Socialista en una de tantas divisiones de la izquierda nacional. En su acto de grado como economista, dio un discurso en el que anunciaba que colgaba la toga y tomaba el fusil para irse al frente guerrillero de Oriente.

Veríamos a un Freddy Muñoz, quien en 1964 fue reelecto como presidente de la FCU estando preso por su vinculación al Partido Comunista alzado en armas. Veríamos a muchos otros más, como Pastor Heydra o Eladio Hernández, en sus tiempos de masistas, presidiendo la FCU.

Y veríamos el origen de muchos problemas del chavismo: la gran división entre los ucevistas de Bandera Roja dirigidos por Luis Figueroa y los ucevistas de Liga Socialista dirigidos por Jorge Rodríguez hijo, que en los años 80 del siglo pasado se embarcarían en una guerra por la presidencia de la FCU que los mantuvo a ambos alternando en el cargo.

Con los años, Figueroa sería ministro de Chávez, sin pena ni gloria en el Ministerio de la Vivienda. Ya sabemos el rol que Jorge Rodríguez ha jugado en el chavismo hasta el día de hoy.

Y al final, el chavismo ucevista degeneró en lo mismo que el chavismo nacional: en una banda gansteril que muy bien pudo haber retratado Rómulo Gallegos como las de la vieja Universidad de La Habana. Su única forma de actuar era a través de acciones comando contra sus propios compañeros. A golpes, a tiros, secuestrando espacios y saboteando actividades. Hoy, ya ni eso poseen. Al parecer, hasta los malandros tradicionales del chavismo ucevista desertaron de las aulas o migraron a mejores destinos. Hoy nadie quiere presentarse como chavista en la universidad. Solo uno que otro movimiento disfrazado de «independiente» asoma las pezuñas sospechosas del aval oficialista en sus acciones dentro del claustro.

Pero es el remedo del país: ya ser chavista no es negocio entre los estudiantes, como lo fue para Héctor Rodríguez o para el malogrado Robert Serra o para el pistolero Kevin Ávila.

La oposición y la UCV

Cuando los partidos políticos se convirtieron en sinónimo de ente cuestionable, en despojos de lo que una vez fueron, dos espacios se convirtieron en cantera de «caras nuevas» llamadas, supuestamente, a cambiar a la «vieja política»: las ONG y el movimiento estudiantil.

El vendaval chavista había dejado a unos partidos en la lona sin posibilidad de convencer con sus rostros del ayer. Así, de una asociación civil promotora de la justicia de paz surgen los muchachos de Primero Justicia. De una asociación de defensa del voto surge una María Corina Machado. Y en 2006, empiezan a surgir nombres desde el movimiento estudiantil: Stalin González, de Bandera Roja, encabeza la FCU de la UCV por dos períodos. Allí dejaría a su heredero Ricardo Sánchez, por dos períodos el presidente de la Federación. Estamos ya en 2008, con Sánchez y González ya incorporados al partido UNT de Manuel Rosales. Por eso imponen la candidatura de otro militante de ese movimiento a la presidencia de la FCU: Roderick Navarro, hoy supuesto ultraderechista que no recuerda su pasado con Rosales y Ricardo. Por alguna razón, no alcanzó consenso para reelegirse y el candidato del grupo 100 % estudiantes fue Diego Scharifcker, quien tampoco logra reelegirse pues es derrotado en 2011 por el entonces adeco Juan Requesens, que le entrega a Hasler Iglesias de Voluntad Popular, quien es sucedido en el cargo a su vez por la hermana de Requesens, Rafaela.

Así, es mentira que los partidos no estén en el movimiento estudiantil. Siempre lo estuvieron, de distintas formas, sobre todo a través del financiamiento. El grupo 100 % estudiantes pudo mantener seis años de gestión con cuatro presidentes distintos mientras los recursos de la gobernación del Zulia, en manos de Un Nuevo Tiempo, así lo permitían. Y los partidos no invertían en los grupos políticos de la UCV por nada: estaban posicionando fichas para luego lanzarlas al ruedo de la política nacional. Así, llevaron a la Asamblea Nacional a Stalin González y Ricardo Sánchez en 2010. A Diego Scharifcker lo llevaron al concejo municipal de Chacao en 2013. Promovieron además las candidaturas de los dirigentes ucevistas José Manuel Olivares (Vargas) o Verónica Brito (Delta Amacuro), hablando exclusivamente de la UCV y sin contar la promoción de candidaturas provenientes de otras universidades de las regiones del país.

Con el tiempo, todos los partidos harían lo propio en la máxima casa de estudios del país. Tanto, que podría hablarse de una perversión del movimiento estudiantil ucevista, convertido ya en campo de batalla de pequeñas parcelas con uso de los mismos bajos recursos que en la política nacional.

Para muestra, basta un botón: de los presidentes de la FCU desde 2006 hasta 2019, solo Diego Scharifcker y Hasler Iglesias han logrado graduarse. Los demás, no solo siguen siendo estudiantes, sino que no se les ve mucho entusiasmo por recibir el título bajo las nubes de Calder que adornan el techo del Aula Magna de la UCV.

Con esto, volvimos al cliché que marcaba desde finales del siglo pasado al movimiento estudiantil: estudiantes eternos que envejecían siendo «dirigentes estudiantiles» y que nunca se graduaban.

Vamos peor

Unos días después del momento en que estas letras se escriben, se realizarán las elecciones de la FCU. Y si lo ya revisado no fuese suficiente, el panorama luce desolador.

En un estudiantado que si come no sabe si puede pagar el pasaje, gana la apatía. Un conjunto de estudiantes que se debate entre graduarse e irse o irse aunque no se gradúen. Con cátedras sin profesores. Con concursos para ingreso de nuevos docentes declarados desiertos. Con los servicios de biblioteca, transporte o comedor racionados o inexistentes. Con becas de chiste. Con infraestructura desvencijada, a pesar de ser Patrimonio de la Humanidad. Con la inseguridad dentro de las instalaciones, donde ya no es sorpresa que se asalten aulas completas o que aparezca algún ciudadano asesinado luego de ser robado.

Ese es el panorama. Y en medio de ese escenario, en medio de ese padecer, la facción de aprendices de los partidos dentro de la UCV se dedican a una guerra de consignas, de tambores y de pancartas. Fotos sonrientes, con franelas nuevas estampadas y despliegue desaforado en medios y redes, dan cuenta de que en una universidad depauperada, sí se consiguen recursos para campañas. Ni una sola mención a las reivindicaciones estudiantiles, ni siquiera generacionales. Ni siquiera clamores ucevistas que uno creía que nunca vería fenecer, como la defensa de la autonomía, la búsqueda de la excelencia académica o la actualización de los contenidos académicos.

Tal y como el país. Los de las ligas menores imitan a los grandes ligas en indolencia y divorcio con los problemas cotidianos del electorado. Algunos incluso son capaces de repetir las consignas o el lenguaje de sus mentores. Y ninguno oculta su adscripción partidista, cuando antes el pudor de la independencia era la norma, incluso dentro de la misma izquierda insurgente se guardaban las formas.

Hoy, en la forma y en el fondo, la sombra de los partidos ha vencido a la casa que combatía la sombra. Por un lado, una candidatura encabezada por una eterna estudiante de Economía, Lustay Franco, de conocida militancia en Acción Democrática. A su fórmula se han unido los partidos Un Nuevo Tiempo y el movimiento Cambiemos, de Timoteo Zambrano. Y ya con esos avales, sería suficiente el descrédito para cualquier candidato. Pero quien quiera darle la oportunidad de hablar y reconozca su lenguaje rigurosamente chabacano y alejado de toda norma aceptable dentro de la academia, se dará cuenta de la razón por la cual Diana D’Agostino ha dicho orgullosamente que la bachiller Franco es su candidata a la FCU. Se darán cuenta también de que partidos ya carcomidos por la historia que no han sabido defender presentan para el futuro una oferta empobrecida y funesta, que hace pensar que lo peor está por verse.

En la otra acera, forzosa y atropelladamente, se agrupan aquellos que una vez dijeron representar «la nueva forma de hacer política». Alrededor de David Sosa se agrupan los despojos de la desdibujada Primero Justicia con la fanaticada anaranjada, especie de agrupamiento posleopoldista, pos-salidista, justificadamente antiadeco, a ratos azul turquesa liberal, por instantes entusiasta y siempre (siempre) fuertemente apoyado por el aparato de propaganda manejado por el partido Voluntad Popular. Basta ver el despliegue de semblanzas y perfiles del candidato, que según sus apologistas ha vivido el mayor número de aventuras que cualquier ser humano en Venezuela pueda lograr en 24 años de vida. Expreso político, miembro de centros de estudios de los que no se gradúa nadie. Puede pasar de ser un clon de Leopoldo proponiendo cualquier cosa que escape de su competencia pero recitándolo como poemas de Andres Eloy («La UCV debe permanecer abierta y seguir siendo un faro de luz en los momentos de oscuridad», le leí por allí) o ser un buen hijo de María Corina pidiendo ya no una universidad autónoma sino «autosustentable con alianzas con la empresa privada». Todo eso, con una foto con Guaidó como cortina, como corolario o como epitafio, según se quiera.

La candidata adeca, para subir el promedio de la demagogia ucevista, promete «combatir el presidencialismo». Y lo combate lanzándose a presidente de la FCU. Exige además democracia, siendo militante de un partido donde desde antes que ella naciera allá en las tierras falconianas entre cardones y chivos, no hay unas elecciones internas transparentes.

Verlos y escucharlos es ver el futuro. Ver a Ramos Allup y Leopoldo peleando por una cosa tan etérea como la presidencia de la central estudiantil de una universidad sin estudiantes ni profesores es un anuncio triste del futuro que nos espera en manos de los dinosaurios. Un intercambio de huevos de dinosaurios que nunca termina, en el que las prácticas que llevaron a Ricardo Sánchez a la cumbre desde la cual nos traicionó no han cambiado mucho si vemos como dirigentes adecos de bachillerato dudoso llaman a votar por Lustay Franco, «candidata del partido».

Vemos la sonrisa del candidato de Leopoldo a la FCU y recordamos el dineral invertido en la sonrisa de Yon Goicoechea. Ese que terminó siendo al final candidato de Henri Falcón a una alcaldía y que hoy llama «idiotas» a quienes lo critican por Twitter.

Esa UCV fue capaz de abrirle las puertas dos veces a Fidel Castro y sacar a golpes y escupitajos a Carlos Rangel por escribir «Del buen salvaje al buen revolucionario». Esa UCV que convirtió a guerrilleros en profesores y a recicladores de tesis en doctores termina hoy empeñada en hacer cumplir las palabras deshonrosas que sobre ella lanzara, lleno de resentimiento, Rómulo Gallegos al regresar del exilio impuesto tras su derrocamiento: “Universidad, casa de segundones, hermana menor de la revuelta: tú también tienes la culpa”.

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