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El acuerdo entre Santos y las FARC aniquila a la justicia colombiana

Por: Escritor Invitado - Ago 31, 2016, 2:57 pm
(Scena Criminis) Santos
La calificación de Colombia, en términos de confianza, ha bajado consecuentemente. (Scena Criminis)

Por Francisco José Tamayo Collins

No es por aguarles la fiesta, pero quedó pésimamente escrito el texto completo de las 297 páginas del famoso acuerdo de La Habana, suscrito entre las partes por todos conocidas. (Aclaro que ninguna de ellas me representa; en eso, no hay discusión).

El mentado documento es un ejemplo perfecto de lo que es un ejercicio escritural enredado, confuso, oscuro, con mala puntuación y, para rematar, con el sello marxista de los abogados encargados de llevar al papel el resultado de las interminables horas de conversadas concesiones que el gobierno nacional le hizo a la narcoguerrilla más poderosa del planeta.

Los negociadores farianos todavía deben estar frotándose las manos, pues el resultado final de estos 4 años de “incansables esfuerzos” es altamente favorable para ellos. Es como si Colombia hubiera perdido por W; vale decir, nos hubiéramos retirado de la cancha antes de iniciar el partido.

Me he puesto en la tarea de hacer una interpretación rigurosa de los capítulos y numerales del adefesio que nos han presentado la semana pasada. Confieso que he tenido que hacer pausas en la lectura, para desintoxicarme de tanta retórica alrevesada.  Insisto: todo en ese esperpento jurídico redactado por españoles, cubanos y colombianos –cuestión muy grave, por cierto-, es un galimatías. De hecho, cuando aparece alguna idea completa, el fondo de la misma amenaza, intimida, confronta. Siempre deja un mal sabor en la boca: es el hedor del socialismo del siglo XXI.

Lo único meritorio de tan vil aniquilamiento de la Justicia entendida como valor, es que seremos recordados como el país que modernizó la teoría del materialismo histórico, impulsando la impunidad como una nueva forma de lucha.

En fin, tan infame mamotreto es un conjunto de propuestas, algunas de ellas embadurnadas de veneno: ideas peligrosas, que atentan contra las libertades individuales; en no pocos párrafos, palabrería reivindicatoria.

Lo que sí sabemos es que desconocemos la forma como podrán llevarse a cabo tantas promesas para cambiar el país, teniendo en cuenta que las arcas del erario están vacías, por exceso de gasto público y como consecuencia lógica del descarado festín de corrupción del cual hemos sido testigos durante los últimos 6 años.

Imagino que la reforma tributaria, que debe presentarse en el Congreso una vez sea votado el plebiscito, nos cogerá a todos avisados, pero desprovistos de recursos para pagarla, porque el año económico ha sido horrible: los precios y la inflación no han perdonado; en general, las perspectivas son poco halagadoras. De hecho, la calificación de Colombia, en términos de confianza, ha bajado consecuentemente.

Por tanto, propongo que cada ciudadano que se acerque a las urnas a votar el plebiscito, se acuerde de la forma como el actual mandatario de los colombianos, -monarca absolutista, porque así es como actúa y en eso lo convierten las atribuciones que se ha abrogado para llevar a feliz término lo pactado en Cuba-, no ha dudado en agasajar con buenos contratos a quienes aplauden sus caprichos y le acompañan en sus sombríos propósitos. (Debemos castigar la “mermelada”, y en retribución a los “favores recibidos”, votar por el NO).

Para terminar, mucho cuidado con ese cuentico de que “las FARC son mejores que los políticos que han llevado al país al estado en el que se encuentra”, como algunos quieren hacérnoslo saber en las redes sociales. Les recuerdo, sin ánimo de ofender a nadie, que “esos políticos” en numerosos casos efectivamente han estado o están pagando condenas en una cárcel y han devuelto dinero; además, en la práctica, la inmensa mayoría de ellos no han sido sindicados como autores de crímenes de lesa humanidad, ni fungen como capos de carteles de narcotráfico con presencia global.

Con todo respeto: nuestros niños merecen un país en paz, de acuerdo; sin embargo, ¿qué tipo de sociedad podemos llegar a construir si ser bandido se vuelve un gran negocio, si el delincuente no va a la cárcel; si en lugar de rendirle cuentas a la ley, lo que ocurre es que el secuestrador, el asesino, el violador, el terrorista, el narcotraficante o el abusador de menores, es perdonado, como si su delito no tuviera ningún peso jurídico o moral? ¿La gente honrada es la que debe terminar pagando las gruesas sumas de dinero que recibirán como salario-premio los “angelitos” de las FARC?

Francisco José Tamayo Collins es Licenciado en Filosofía y Humanidades. Publicista. Tengo estudios de posgrado en Bioética, Comunicación Cultural y en Docencia Universitaria. Soy guionista corporativo Independiente, desde 1998, y amante de la radio toda la vida. Columnista en los irrreverentes. Periodista por vocación.