Omertá china

En medio de la pandemia, la ley del silencio china hizo que se expulsara de suelo chino a corresponsales de agencias de noticias internacionales

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ley de silencio
La ley de silencio china expande sus tentáculos por el mundo. (Foto: Flickr)

Por Andrés Villota

Frente al pleno de la Sociedad de las Naciones en su sede en Ginebra, Suiza, el periodista Stefan Lux se suicidó el 3 de julio de 1936. Fue su manera desesperada de denunciar ante el mundo las atrocidades que venía cometiendo el nacionalsocialismo alemán de Adolfo Hitler en contra del pueblo judío. En una mezcla de miedo, «prudencia» y diplomacia, los países que podían detener esa barbarie habían decidido callar y no pronunciarse sobre temas tan graves porque consideraban que, ser permisivos con esas conductas execrables, era la única forma de poder evitar la guerra.

El silencio no evitó la guerra; por el contrario, se volvió cómplice de las atrocidades que se siguieron cometiendo durante los años que duró la conflagración. Desde el año 2019 se abrieron los archivos del pontificado de su santidad Pio XII. Se va a poder conocer si Ernst von Weizsäcker, el embajador de la Alemania nazi ante la Santa Sede, chantajeó, amenazó o cohesionó al Vaticano para que no se pronunciara en contra de la dictadura de Adolfo Hitler y de su política de exterminio en contra de los grupos étnicos considerados enemigos del Tercer Reich. Callar evitó que se conociera la verdad y evitó que la humanidad pudiera actuar en contra de quienes impusieron el silencio.

El gobierno democrático de Taiwán (ROC) desde diciembre del 2019 envió varios correos a la sede principal de la Organización Mundial de la Salud para advertir sobre el grave peligro que corría la humanidad por un virus mortal que se había iniciado en Wuhan, China. La OMS guardó silencio, al parecer, por orden del dictador chino.

El gobierno de Colombia organizó una operación aerotransportada que, literalmente, le dio la vuelta al mundo para lograr extraer a varias docenas de colombianos, mexicanos y españoles que habían logrado denunciar los vejámenes y privaciones a los que estaban siendo sometidos en medio de una cuarentena obligatoria ordenada por un régimen en el que la represión es el pan de cada día pero que se incrementó (que eso ya es mucho decir) con la aparición del COVID-19.

Los medios de comunicación colombianos elevaron a la condición de celebridades a los tripulantes del vuelo de rescate, a los rescatados y a los familiares de los rescatados, en una gran cobertura que estaba llamada a convertirse en el reality con mayor audiencia de la temporada. De repente, cayó un pesado telón de bambú sobre esa información y nunca se volvió a saber nada sobre ese tema de interés nacional.

Una exactriz comparó a la alcaldesa de Bogotá con la canciller de Alemania, basándose en un artículo publicado por la revista Forbes que exaltaba el papel jugado por mujeres como la señora presidente de Taiwán en el manejo de la crisis sanitaria causada por la pandemia. Un comunicador social (compañero de la exactriz) presentó la información sobre la responsabilidad de la dictadura comunista china en la creación del virus, ocultamiento de información y propagación de la pandemia. A los pocos días, el representante del dictador Xi Jinping en Colombia fue entrevistado y negó cualquier responsabilidad de la China en el asunto. El pesado telón de bambú volvió a caer, pero esta vez con más fuerza. Desde ese día los empleados de ese noticiero no volvieron a referirse a la China. Callar al periodismo tradicional colombiano fue “un Granada” para los chinos.

A pesar de que la sociedad global no confía en los medios de comunicación (según la organización Edelman que todos los años mide la confianza de la sociedad en las instituciones en el mundo), y los grandes tomadores de decisiones de inversión no tienen en cuenta la información generada por los medios de comunicación; la ley del silencio china hizo que se expulsara de suelo chino a corresponsales de agencias de noticias internacionales para evitar que siguieran informando sobre la realidad de la pandemia.

Incluso los tentáculos de la dictadura china llegaron hasta el Congreso de Brasil a través de una carta (en abierta intromisión en los asuntos internos), “prohibiendo” a los congresistas felicitar a la señora Presidente de Taiwán (ROC), Tsai Ing-wen, por iniciar su nuevo periodo presidencial. Exigieron, además, no volver a ponderar la actividad y los logros de la China nacionalista en la lucha contra el COVID-19. Los mandaron a callar, pero se toparon con una nación digna y soberana que no se dejó amedrentar por los diplomáticos que representan a Pekín.

Después de la iniciativa de casi 120 países (incluida Rusia) para exigir una investigación independiente sobre el origen del virus mortal, Pekín, quedó acorralada. Por eso ha tratado de moverse rápido para ganar apoyo entre los países más débiles o vulnerables de América Latina (que no firmaron la iniciativa) porque sabe que, esa investigación, es el primer paso para una avalancha de sanciones, demandas y solicitudes de indemnización millonarias por el daño irreparable que causó la pandemia a la humanidad. Los activos de los cuatro bancos más grandes del mundo (que son del Partido Comunista chino) son un botín de guerra biológica muy preciado para los países más afectados.

El dictador Xi Jinping pretende imponer su ley del silencio. No puede permitir que la comunidad internacional se entere de la verdad. Si se sabe la verdad, puede ser el principio del final de su dictadura. La gravedad de los hechos y de las consecuencias que ha tenido la propagación de un virus mortal que se originó en la China llevaría a una presión y a un bloqueo internacional peor que el ocurrido con posterioridad a la masacre de Tiananmén.

Lo que obligaría a una apertura democrática real y significaría el final de los totalitarismos en el mundo, pues pondría a tambalear la financiación de las actividades del eje Pekín-La Habana-Caracas-Madrid-Teherán que también opera soportado por la enorme red de la agencia de inteligencia del Partido Comunisto.

Paralelo a lo que pasa con la pandemia, Xi Jinping, esta desconociendo lo acordado con el Reino Unido para preservar el estatus autónomo de Hong Kong al promulgar la Ley de Seguridad Nacional, en una abierta violación a los compromisos adquiridos por la China Popular (la misma situación de Adolfo Hitler cuando empezó a incumplir con las obligaciones contraídas por Alemania en el Tratado de Versalles). Las protestas de los habitantes de Hong Kong, exigiendo libertad, democracia y respeto por sus derechos fundamentales, han sido reprimidas de manera salvaje por las fuerzas de seguridad de la dictadura china.

Hasta las redes sociales (a pesar de que, sus usuarios, son un porcentaje ínfimo con respecto al gran total de la población mundial y las opiniones ahí expresadas no son representativas de la verdadera opinión pública) han sido manipuladas de tal forma que hoy no existe para los influenciadores virtuales, violaciones de los derechos humanos en las dictaduras comunistas de la China, Cuba o Venezuela. Ahora el dictador resultó ser el Presidente de la nación más democrática, libre y respetuosa de los derechos humanos. El totalitarismo vistiéndose de democracia, acusando a las democracias de totalitarismo. Esa farsa solo es posible en el micro cosmos de las redes sociales.

Desde Pekín se impuso la omertá más severa en la historia de la humanidad, de la que ha sido presa fácil los gobiernos más débiles y los periodistas más vulnerables. Sin saberlo, con su silencio, se están convirtiendo en los grandes auspiciadores de toda la barbarie que esta sucediendo y de la que está por venir.


Andrés Villota Gómez es consultor en temas de inversión responsable y sostenible, y es excorredor de bolsa con más de 20 años de experiencia en el mercado bursátil colombiano

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