Si Guaidó no rectifica, terminará de enterrar a Venezuela

De aquella imagen efervescente del 23 de enero a los días pálidos y confusos de junio, hay un trecho gigantesco. Ese Guaidó que levantaba simpatías por donde caminara, ahora levanta sospechas

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Guaidó en Charallave, Venezuela. (Foto: EFE)

En la política, tal como en los negocios, si hay algo importante es saber aprovechar el momento. Si algo caracteriza a los grandes líderes de los fracasados, es precisamente ello, saber medir los tiempos, atacar cuando se debe atacar, defender cuando se debe defender, y aprovechar todos los recursos de los que se dispone, gestionándolos de forma exitosa para lograr un fin: la victoria. En algunas ocasiones el fanatismo exacerbado hace creer que las situaciones son de vida o muerte, como la final de algún partido de fútbol, o el cierre de algún negocio. Lo cierto es que esto es irrelevante si lo pones junto al evento de la política venezolana, en la cual la diferencia entre actuar o no hacerlo, se transforma en muertos, en pérdidas, en catástrofes. Aquí si aplicaría el «es de vida o muerte».

Venezuela ha pasado a convertirse en un Estado fallido, con dos gobiernos que se desconocen mutuamente, y que a su vez no tienen el control del territorio en disputa. Mientras unos intentan ubicar el conflicto en plano jurídico, otros saltan al plano político, y otros, incluso al moral; lo cierto es que bien podría quedar todo ello en un último plano, pues el protagonismo es para las mafias que realmente controlan los diferentes territorios de la República.

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Un reciente artículo del diario británico The Guardian titulado «El arco minero de Venezuela: un revestimiento legal para que saquen los grupos armados» señala lo que todos los venezolanos conocen y que hace mucho dejó de ser un secreto a voces: mafias guerrilleras provenientes de Colombia se han apoderado de las minas de oro bajo la protección del Gobierno de Nicolás Maduro. Miembros de las FARC y el ELN han expandido su alcance a cientos de millas, trabajando en conjunto con miembros del ejército venezolano en la minería ilegal para beneficios personales. Se estima que al menos 300 000 personas trabajan en minas salvajes causando un tremendo daño ambiental y provocando una epidemia de malaria, cuyo alcance es difícil de precisar.

Venezuela tiene una de las reservas de oro y coltán más grandes del mundo, pero su riqueza mineral no acaba allí: también posee las más grandes reservas de petróleo, lo que en teoría, debería convertirlo en el país más rico de América Latina, pero curiosamente este exceso de riquezas y minerales, solo se ha traducido en pobreza para los venezolanos, azotados por bandas criminales y socialismo (perdón la redundancia).

La revolución bolivariana, como ellos mismos la han hecho llamar,  ha realizado alianzas con las peores bandas criminales y terroristas del planeta a lo largo de estos veinte años, convirtiendo a Venezuela en un criadero de extremistas radicales, narcotraficantes, pandillas, terroristas, saqueadores y demagogos cuya misión es levantar el manto para que los nombrados anteriormente puedan robar con la protección de la ley.

A los grupos provenientes del vecino país, se suman los activistas cubanos que llegaron al país disfrazados de médicos, fisiatras y otras profesiones, pero que en realidad fueron a cumplir tareas de vigilancia, santería y proselitismo político. Además de colombianos y cubanos, los iraníes se han encargado de invadir las arcas económicas de la nación gracias a las gestiones de Tareck El Aissami, quien, influenciado por su familiares en línea ascendente (entre los que destacan Shibli El Aissami, quien fuera secretario general adjunto del Comando Nacional del partido Baaz Árabe Socialista del fallecido Saddam Hussein y además vicepresidente de Siria, y su padre, apodado «Simón el árabe»), se consolidó una alianza con el Hezbolá, grupo político y paramilitar que tiene la finalidad de poner de rodillas a Occidente a través de la implantación de células terroristas con migraciones planificadas. A ello habría que sumarle los grupos paramilitares armados por el propio gobierno en las zonas populares del país, de los cuales han perdido por completo el control, y en la actualidad se dedican al secuestro, robo, y cobro de vacuna, como forma de subsistencia, bajo el amparo o la bendición del dictador.

El Estado fallido que dirige Maduro y que se encuentra rodeado de criminales tiene a su vez dos grandes acreedores a sus espaldas esperando una resolución que no les afecte: Rusia y China, dos naciones con una tradición imperial devastadora, que además comparten valores antioccidentales y que han llevado a sus propios habitantes a hambrunas que han desembocado en genocidios.

Dada la lógica criminal que antecede al chavismo y en la que terminó mutando, es incomprensible que los esfuerzos de Juan Guaidó no apunten de forma directa a una coalición militar que no solo saque del poder a Maduro, sino que también permita despojar a las bandas criminales del territorio venezolano para poder reestablecer el orden. El presidente interino ha expresado en recientes declaraciones que el envío de la delegación a Noruega (para sentarse en un nuevo diálogo fallido con la infraestructura criminal) corresponde a una política de agotar todas las vías. Sin embargo, este discurso solo queda como tal, pues no es cierto que se estén abordando todas las opciones. El TIAR, la Responsabilidad para Proteger y el artículo 187, numeral 11, tan anhelado por los ciudadanos venezolanos, ha quedado excluido de las acciones del órgano legislativo y la presidencia encargada.

La timidez de Juan Guaidó para declarar de forma abierta su alianza con la administración de Donald Trump y los actos cometidos a sus espaldas, como las recientes reuniones en Noruega, han enfriado sobremanera los pronunciamientos de los emisarios del Presidente Trump. A razón de esto, los funcionarios de los Estados Unidos ya no se dirigen con la misma fuerza que los caracterizó durante los primeros meses de la gestión de Juan Guaidó. Las advertencias con tono desafiante y amenazadoras, junto a las constantes invitaciones a los funcionarios del régimen para abandonar el barco, han cambiado por una retórica mucho más conservadora, donde incluso el «todas las opciones están sobre la mesa» se dejó de escuchar, y ahora apenas se oyen tímidos comentarios de Elliot Abrams y John Bolton, dando a entender que se debe negociar con el régimen.

En días recientes, un funcionario del gobierno norteamericano me comentaba que en vista de esta inesperada situación para la administración Trump (la de Maduro en Miraflores para el mes de junio) se ha realizado un cambio de enfoque que consideraría incluso pedir ayuda a los países de América Latina para seguir asfixiando económicamente al gobierno de Maduro y torpedear las relaciones comerciales con Rusia y China. Estados Unidos siente que ha perdido ya las primeras dos fases de la guerra: la psicológica y la legítima, por lo que su campo de acción se reduce cada vez más, pero sabe que sin la bendición del Grupo de Lima y del propio Juan Guaidó, una invasión militar está completamente descartada, aun a sabiendas del peligro que representa que Maduro siga en Miraflores, y los grupos terroristas protegidos en su patio trasero.

Si algo saben hacer bien los criminales es ganar tiempo, es precisamente lo que necesitan, se alimentan del dinero, del miedo y del tiempo de los demás. En una carta escrita por el narcotraficante y miembro de las FARC Jesús Santrich que ha filtrado la periodista Vicky Dávila de W Radio en Colombia, el criminal sostenía que «se trata del tema del informe del Paisa para la JEP, el portador lleva una idea sobre cómo resolver el asunto provisionalmente, mientras nos damos tiempo para inventar cualquier otra cosa».

Gracias a la JEP, uno de los capos de la mafia de Colombia y posible aliado de Nicolás Maduro, hoy no reposa en una celda, sino que se pasea libre por las calles de Bogotá con un escaño en el Congreso. A fin de cuentas, su misión ha sido muy clara: someter hasta lograr acuerdos que les brinden protección, legitimidad y poder. Si algo se puede deducir de todo esto es que a los criminales no se les puede dar tiempo.

De aquella imagen efervescente del 23 de enero a los días pálidos y confusos de junio, hay un trecho gigantesco. Ese Guaidó que levantaba simpatías por donde caminara, ahora levanta uno que otro aplauso, y muchas sospechas. Las incongruencias políticas en Venezuela se pagan con vidas y sangre. Hace un par de semanas, el embajador Vecchio confesaba que en 2014 estuvo de gira durante meses para pedir sanciones al régimen, pues en aquel entonces nadie creía en ellas. Curioso es que en 2019, con el reconocimiento de más de 50 países y la nación más poderosa del planeta, el embajador no esté en gira en la misión de levantar apoyos, esta vez, militares. El argumento del gobierno interino ha sido que no ha habido una invitación para actuar de parte de gobiernos extranjeros; aunque este último tampoco ha manifestado la intención de pedir, aceptar o necesitar su ayuda, y no solo eso, sino que ha hecho todo lo que está a su alcance para disuadir cualquier intento de asomo a una operación militar con sus declaraciones.

Los días en la Venezuela apocalíptica del chavismo son cada vez más infernales, cada vez más llenos de desesperanza, tristeza y desidia. Lo cierto es que si el 1 de enero del año 2020 Nicolás Maduro sigue en el poder, solo habrá un responsable: Juan Guaidó.

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