La libertad de expresión llevada a juicio en Paraguay

Si limitamos la libertad de expresión para no herir las susceptibilidades de algunos, terminaremos no emitiendo juicios de opinión.

433
Estamos en una era en donde se solicita que todo aquello que sea juzgado como detestable, odioso o doloroso sea censurado. (Flickr)

Hace unos días en el Senado paraguayo ocurrió un hecho calificado por muchos como catastrófico y una muestra del atraso que tenemos como pueblo. La senadora del Partido Liberal Radical Auténtico, Zulma Gómez, utilizó un lenguaje soez y vulgar para criticar la premiación que en ese momento se estaba realizando a la actriz Ana Brun de la película paraguaya, galardonada en la Bernilale, Las Herederas.

La misma que, según el diario ABC Color, dijo “¿Qué pio vamos a premiarle a esta película de lesbianas (Las Herederas)? Ahora lo único que falta es que se apruebe el proyecto para putos de Filizzola”, refiriendose al proyecto de ley del senador Carlos Filizzola “contra toda forma de discriminación”.

Personalmente he escuchado el audio, y en ningún momento la senadora cometió algún tipo de exabrupto durante la premiación. Las declaraciones fueron captadas por el equipo de grabación de una cadena nacional de noticias que cubría el evento, antes que la senadora se retirara de la sala.

Ahora bien, lo dicho por la senadora puede ser adherido o no por las personas, dependiendo de la percepción que tenga cada uno con respecto al tema. Es en esta clase de situaciones donde la libertad de expresión es llevada al banquillo de los acusados. ¿Están dispuestas las masas a escuchar opiniones contrarias a las suyas?

Teniendo en cuenta las reacciones en las diversas redes sociales puedo afirmar que la respuesta es negativa. Por lo tanto, la libertad de expresión termina limitándose a lo que uno quiere escuchar, de lo contrario solicitan amonestaciones en contra de quien lo dice.

Esto termina siendo bastante peligroso para la libertad per se. En primer lugar, porque si pretendemos limitar la libertad de expresión a modo de no herir las susceptibilidades de algunos colectivos que conforman la sociedad, terminaremos no emitiendo juicios de opinión. En simples palabras, estaríamos sometidos a una dictadura de las minorías.

Por otra parte, cuando Luis Bareiro, un conocido periodista y locutor dijo “me cago en la puta Iglesia católica”, aquellos que vitorearon y aplaudieron, ofendiendo a gran parte del país (teniendo en consideración que la mayoría de la población paraguaya profesa la fe católica), son los mismos que ahora piden la censura de la senadora.

Al igual que con el comentario de Zulma Gómez, es posible condenar o no, individualmente la expresión del periodista, pero de ninguna manera se debería pedir la censura. Al fin y al cabo de eso se trata la libertad de expresión, como reza un aforismo, mal atribuido a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que usted me dice, pero haré todo lo posible para que usted lo pueda decir”.

Como señala el Dr. Jordan B. Peterson, la libertad de expresión debe ser lo más libre posible para que las personas puedan equivocarse, y puedan estar sesgadas y aún así puedan expresar sus opiniones, incluso las más oscuras.

Sin embargo, estamos en una era en donde se solicita que todo aquello que sea juzgado como detestable, odioso o doloroso sea censurado, llegando, de esa manera, a la supresión de expresión. Esto último podemos resumirlo en que todo discurso que no sea políticamente correcto debe ser censurado.

La libertad de expresión no es un derecho que se nos ha otorgado a través de leyes elaboradas por los burócratas, sino que es una característica intrínseca de una sociedad libre porque de ella emana.

Ante las distintas posturas a que lo expresado por la senadora es un discurso de odio, solamente queda mencionar que las palabras no delinquen, lo hacen las acciones. Mientras ella o cualquier persona no haga un llamamiento a la destrucción de la propiedad de terceros o a atentar contra la vida de los demás por la razón que fuere, no estamos hablando de discurso de odio.

Teniendo en consideración esto último, la libertad de expresión no nos otorga el derecho para delinquir contra las propiedades de terceros. A modo de ejemplificar, las burlas realizadas a los judíos durante la República de Weimar, por más desagradables que hayan sido, no constituyen un delito como sí lo fue incitar al grueso de la población a proferir actos de vandalismo contra sus propiedades por el simple hecho de ser judíos.

Como bien lo señala Axel Káiser, “el derecho a ofender es básicamente el derecho a manifestarte como tú eres y tus ideas y tus pensamientos sin necesariamente considerar como prioridad lo que otros van a pensar sobre esas opiniones que tú tienes”.

Por último, queda señalar que renunciar a la libertad de expresión es renunciar a una sociedad libre. Las personas tienen el derecho de expresarse de la manera que les parezca, ya sea intelectual o vulgarmente, pero nadie se encuentra obligado a escucharla.

Comentarios