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La realidad de la inteligencia artificial y las mentiras del keynesianismo neoludita

Por: Guillermo Rodríguez González - Sep 3, 2017, 9:00 am
(MovieWeb)
La inteligencia es producto de un evolutivo orden emergente que no se comprende completamente a sí mismo (MovieWeb)

La inteligencia artificial (IA) promete ser la nueva tecnología de mayor impacto económico que la humanidad ha visto en mucho tiempo. Como toda tecnología disruptiva despierta vetustas teorías luditas. Ahora reconciliadas con falacias keynesianas.

Hace tiempo escuché un brillante académico especular que si las hipótesis sobre el cerebro teorizadas por Friedrich Hayek en El orden sensorial,  medio siglo atrás eran correctas –como señala la neurociencia actual– la inteligencia artificial sería inalcanzable. En cuanto a que no sería inteligencia en sentido estricto. La inteligencia es producto de un evolutivo orden emergente que no se comprende completamente a sí mismo. Lógicamente, lo que llamamos inteligencia artificial se desarrolló con programación auto-organizada que aprende adaptativamente. Tal vez sea discutible denominar al resultado inteligencia. Pero, esa IA se está haciendo herramienta común.

Estamos muy lejos de la inteligencia artificial generalista que en la ciencia ficción adquiere autoconciencia descubriendo fines propios y sojuzgando a la humanidad. Watson, el sistema de cómputo de IBM que en 2011 interactuó socialmente ganando el juego de TV Jeopardy, no hacía algo diferente de lo que otra inteligencia artificial desarrollada en los últimos años pueda hacer.

El sistema de Google que venció al mejor jugador de Go del mundo, ganó un juego que requiere  estrategias intuitivas  y capacidad de engaño. Pero con esa capacidad de aprender, evolucionar y mejorar. La IA que conocemos hace lo único que sabe hacer. Aprende sobre lo único sobre lo que puede aprender. Y mejora en lo único en que puede mejorar. Está muy lejos de la capacidad de descubrir fines propios.

Pero son sistemas que transformaran el mundo. Tanto o más que otras tecnologías disruptivas en el pasado, incrementarán exponencialmente la productividad del capital. No es nuevo que los avances tecnológicos desplacen trabajo con capital. Parece novedad –y tampoco lo es– que no sólo desplazaran trabajo poco especializado, sino trabajos de personas con educación universitaria.

Es cosa de preguntarnos: ¿Sería un programa mejor asesor de inversiones que un egresado de una maestría en inversiones? Y la respuesta es que la IA adecuada puede manejar más información para ejecutar las mismas estrategias, con complejos e intuitivos parámetros e idénticas teorías subyacentes. Y el programa no hará otra cosa en tanto exista. Podrá monitorear los mercados 24 horas al día, 365 días al año. Manejará más información en tiempo real y más rápidamente que cualquier persona.  Aplicará modelos de toma de decisión oportunos a gran número de portafolios particulares según preferencias de cada cliente.  Y quienes antes no podían pagar asesoría de inversión de esa calidad la tendrán a muy bajo costo.  Pero que gane o pierda dinero dependerá de lo acertado o equivocado de las teorías en que se basen sus algoritmos de toma de decisiones. De manejar un camión o un automóvil con más atención y decisiones no emocionales más rápidas a realizar diagnósticos y recomendar tratamientos médicos, evaluar riesgos y proponer estrategias legales, o manejar paquetería y almacenes, es mucho lo que la IA puede hacer mejor que profesionales que no la usen.

Pero la inteligencia artificial todavía no desarrollará nuevas teorías ni hará descubrimientos revolucionarios por sí misma. Para no equivocarse en decisiones en el contexto de órdenes espontáneos humanos, dependerá de la calidad de las teorías humanas en las que se basará.

El discurso neoludita que siempre resurge con cada nueva tecnología, lógicamente está en auge con la IA. Nos dicen que la inteligencia artificial no se limitará a sustituir unos trabajos por otros. Que aniquilará trabajos a gran escala.

Afirman que nunca antes trabajos de alta cualificación habían sido eliminados o sustituidos por trabajos de baja cualificación mediante capital. Pero lo cierto es que los cambios tecnológicos que aumentaron exponencialmente la productividad del capital jamás se limitaron a cambiar unos trabajos por otros. Produjeron más y mejores bienes y servicios con nuevos y diferentes trabajos adaptados al nuevo capital productivo. Y nadie duda que sufrieran quienes no lograron adaptarse mientras desaparecía la demanda de lo que sus habilidades podían producir. Por eso intentaban detener el progreso que elevaba el nivel de vida de la mayoría. Las tecnologías disruptivas siempre sustituyen trabajos con ingresos superiores al promedio, por trabajo menos especializado, apoyado en nuevo capital. Eso fue la revolución industrial. Es el mismo fenómeno económico, desde los tipos móviles de la imprenta Gutenberg a la línea de montaje de Ford. Y así será –de hecho ya está pasando– con programas inteligentes hoy y mañana.

Los peligros no son tecnológicos ni económicos. Son ideológicos y políticos. Legiones de votantes entrenados en la dependencia por Estados del bienestar ya están votando que se les pague por dedicarse a lo que la demanda valora en poco o nada. Y esa tendencia será un problema para las democracias en un mundo que competirá mediante capital inteligente.

Sus temores neoluditas al no entender lo que Schumpeter describía como destrucción creativa, acuden al Keynesianismo para proponer que mediante punitivos impuestos a ese nuevo y productivo capital se financien grandes programas keynesianos de empleo improductivo para los desplazados. Prometen que esa redistribución forzada crearan una “demanda agregada” con trabajo de productividad negativa que demandara los productos de la nueva tecnología. Nunca funcionó porque los incentivos que genera son malsanos. Y porque el Estado que redistribuye ni es neutro, ni puede serlo. Tiene coste y absorbe gran parte de lo que habría de redistribuir.

Al final, entre quienes mantengan abiertos y libres sus mercados, competitiva su ciencia y tecnología, y razonablemente bajos y neutrales sus impuestos al capital, surgirán líderes de las nuevas tecnologías. Las economías que no ataquen fiscal o administrativamente la IA obtendrán más u mejores bienes y servicios, más baratos con capital más productivo y menos trabajo. Los que atacan el mercado libre y la IA se hundirán en el atraso condenándose al aislamiento y la dependencia. Si algo debemos recordar para entender su impacto económico es que la inteligencia artificial es nuevo capital productivo. Ni más ni menos.

Guillermo Rodríguez González Guillermo Rodríguez González

Guillermo Rodríguez G. es investigador del Centro de Economía Política Juan de Mariana y profesor de Economía Política del Instituto Universitario de Profesiones Gerenciales IUPG, de Caracas, Venezuela.