Esta es la mejor salida a la hiperinflación venezolana

La historia nos señala que la evolución espontanea del dinero tendió eventualmente al oro como dinero internacional.

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Foto: Georgie Pauwels

El dinero –indispensable para la civilización– es simplemente un medio de intercambio indirecto y depende de que confiemos en que lo seguirá siendo. Cuando una hiperinflación destruye esa confianza son inútiles las leyes de curso legal –y controles cambiarios– para evitar que un dinero sin valor deje de usarse.

Venezuela sufre hoy una hiperinflación. Era de esperar. En medio del control de cambios crecían las importaciones. La bonanza petrolera permitió imponer el racionamiento de divisas comprando conciencias con cupos. Al despilfarro populista de reservas se sumó la descoordinación del sistema de precios inherente al socialismo y la destrucción de la escasa y debilitada capacidad de oferta por incautaciones. Un sistema económico inviable intentando repartir lo que impide producir financió su crónico déficit destruyendo la moneda.

Con el Gobierno a cargo del Sahara tendríamos escasez de arena, ironizaba Friedman. Con un Gobierno socialista radical a cargo de un petroestado fundador de la OPEP hay escasez de gasolina –demagógico ínfimo precio interno del combustible– y sostenida caída de la producción petrolera. Al bajo techo de exportaciones aproximarse al nivel insuficiente de importaciones de 2017 en 2018 exigiría una cesta petrolera venezolana entre improbables 120 y 130 dólares por barril.

En más de una década del actual control de cambios sufrimos muchas devaluaciones. Recientemente dos. El tipo oficial de 10 bolívares fuertes por dólar devaluado al otro tipo oficial de cerca de 3.350 bolívares fuertes por dólar. Y ese tipo de cambio unificado saltando de cerca de 3.350 a poco más de 25.000 bolívares fuertes por dólar. El perseguido mercado negro no bajó de 200.000 bolívares fuertes por dólar. Con diferencial de 8 a 10 veces entre oficial y mercado, el nuevo racionamiento de divisas es tan insostenible como los previos. En su primer día no reportaron volumen de transacciones, pero anunciaron “dificultades importantes en la ejecución”, y que por “las sanciones financieras impuestas por el Gobierno de los Estados Unidos de América, se ha dificultado las transferencias en moneda extranjera entre los bancos públicos y privados”. Nada de la “canasta de divisas que derrotaría sanciones”.

En la hiperinflación desbocada la empobrecida y reprimida economía real se dolariza informalmente. Pese a las prohibiciones el bolívar fuerte sirve únicamente para adquirir bienes de cada vez menor valor. Los de alto valor –como los bienes raíces– hace cerca de una década que se negocian en divisa. O no se negocian. Repuestos de automóviles, como muchos bienes y servicios de cada vez menor valor, se adquieren con dólares. O difícilmente se adquieren. Cuando se destruye el valor de una moneda deja de ser usada como dinero, primero para lo más costoso y luego para el resto.

¿Cómo abandonar un dinero cuyo valor es destruido por su irresponsable emisor depende de con qué cuenten las personas para depositar su confianza como medio de intercambio indirecto cuando el dinero de curso legal envilecido deja de servirles? La pregunta no es si la confianza hace de cualquier cosa dinero –así es–, sino cuál dinero reconstruido institucionalmente no podría ser envilecido nuevamente por la demagogia.

En una economía que se hunde en la hiperinflación –como la  venezolana– la respuesta informal inevitable suele ser la divisa solida más próxima. Una forma de recuperar la confianza es formalizar lo que ocurre informalmente. Dolarizar. Ecuador salió por esa vía de una hiperinflación. Dolarización que imposibilitó lo peor del socialismo revolucionario de Correa. Juntas cambiarias o cajas de conversión –lo mismo, o casi lo mismo– han servido para salir exitosamente de hiperinflaciones en Sudamérica y Europa Central. Pero a mediano plazo han resultado políticamente más frágiles que dolarizar directamente.

 

La historia nos señala que la evolución espontanea del dinero tendió eventualmente al oro como dinero internacional. Con patrón oro el mundo vivió un corta era de gran estabilidad monetaria global, enorme prosperidad y optimista confianza en la mayoría de las monedas. En realidad en el patrón oro común. Pero los gobiernos subrepticiamente –entre emergencias y demagogias– estatizaron el dinero ocasionando la inestabilidad monetaria. Tras el patrón oro la confianza en la menor demagogia relativa ha sido un pobre substituto. Por ahora el único.

En un mundo de tipos de cambio variables y dinero fiduciario, únicamente la voluntad política conjunta de gobiernos de las mayores economías del planeta podrían reinstaurar un patrón oro global. Inimaginable. Pero cualquier nación soberana –incluso relativamente pequeña– puede respaldar a tipo fijo su propia moneda en oro –o en divisa fuerte– para prohibir a su autoridad monetaria la emisión sin respaldo en cualquier circunstancia. Funcionaría con libre conversión garantizada al tipo fijo (fijo en oro y variable en divisa, o viceversa). Mientras se garantice realmente que se entregará –sin excusa, retraso o limitaciones– oro al tipo fijo cualquiera que presente billetes en taquilla, sería otra forma de “dolarización”.

Venezuela, a la que hoy el socialismo revolucionario hunde en la hiperinflación para imperar sobre la miseria, emitió alguna vez –a libre conversión con tipo fijo al oro primero y dólar después– una de las divisas más estables y aceptadas del mundo. No exento de reducciones del nivel de respaldo, ocasionales devaluaciones y ciclos económicos, era un bolívar infinitamente mejor. Aunque era parte de desaparecidos sistemas internacionales de patrón oro primero, y patrón oro dólar después, sería posible establecer unilateralmente algo muy similar tras hiperinflaciones como la actual. Hiperinflación de la que únicamente podemos estar a salvo en el futuro cortando definitiva e irrevocablemente el control político de la emisión.

El desastre monetario tiene un origen fiscal. Y como sería absurdo pretender incrementar la presión fiscal en una economía destruida por incautaciones, controles de precios e hiperinflación, solucionarlo exige recortar –hasta alcanzar el equilibrio– el gasto deficitario que financia la mala política monetaria. Y eso último no ocurrirá bajo el socialismo revolucionario que nos hunde en la inconmensurable miseria. Ni bajo un socialismo moderado como el que ayer se abrió camino.   

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