La pobreza como política de Estado en Venezuela

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(Primicias)
En medio de una profunda y prolongada recesión inflacionaria, la condición de la economía venezolana es de grave depresión hiperinflacionaria. (Primicias)

Inflación y controles de precios no son novedad. Inflación es incremento del circulante que supera al de la oferta de bienes y servicios. La velocidad de creación de circulante en Venezuela es tal que la Casa de la Moneda no imprime papel moneda al ritmo de desvalorización del existente. Escasea el papel moneda mientras crece el circulante exponencialmente. Son las últimas consecuencias de una política monetaria destructiva.

Hiperinflaciones suelen ocurrir en sociedades cuya institucionalidad se ha desmoronado. En socialismos revolucionarios hiperinflaciones fueron menos frecuentes que hambrunas. Pero el primer socialismo revolucionario que alcanzó el poder este siglo hundió a Venezuela en una hiperinflación. El chavismo amalgama posmoderno marxismo cultural con totalitarismo leninista. Llegó al poder por medios electorales y avanzó taimadamente a la destrucción institucional y el empobrecimiento general. Miseria y dependencia son pilares usuales del totalitarismo. Destrucción institucional y caos son objetivos comunes del poder revolucionario. Lo inusual es que los alcancen sin la toma violenta del poder.

La camada de socialistas radicales que alcanzaron el poder en Hispanoamérica durante la bonanza de materias asumió al populismo clientelar como demoledor de la institucionalidad. Pero pocos alcanzaron la dictadura. Pocos lograron empobrecer a la población mediante el socialismo al grado en que la mayoría dependiera materialmente del racionamiento clientelar para no morir de hambre. Es el modelo del socialismo en el poder en Venezuela. Una hiperinflación es funcional a una política de destrucción para imperar sobre las ruinas de la miseria. Permitirse una hiperinflación –planeada o no– encaja en su alucinada estrategia de equidistancia entre el totalitarismo y el Estado fallido.

Cagan explicó la hiperinflación como un fenómeno cualitativo de destrucción del dinero. En La dinámica monetaria de la hiperinflación habló del 50 % mensual al que se aferran muchos economistas como criterio cualitativo. Otros prefieren un 100 % anual o más, recurrente por 3 años, establecido por la Asociación de Contadores Internacionales; o la variación de 500 % anual propuesto por Reinhart y Rogoff. Pero el fenómeno subyacente es cualitativo y depende de expectativas.

Cuando las personas están convencidas de que su dinero pierde valor tan rápidamente que “les quema las manos” y desean cambiarlo lo más rápidamente posible por cosas o divisas extrajeras: hay hiperinflación. Expectativas inevitables cuando el circulante crece geométricamente. Incontrolables cuando crece exponencialmente; como en Venezuela. En medio de una profunda y prolongada recesión inflacionaria, la condición de la economía venezolana es de grave depresión hiperinflacionaria.

Hanke Inflation Venezuela

El profesor Steve Hanke de la Universidad John Hopkins –reconocido experto en el estudio de hiperinflaciones– explica que para julio de 2015 la inflación venezolana alcanzaba un record del 816 % anualizado; en agosto del 2016 escalaba al record de 1.828 % anualizado; en diciembre de 2017 a 4.651 % anualizado y para el 15 de enero de 2018 a 5.067 % anualizado. Para detallar a muy corto plazo esas alucinantes cifras, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico CEDICE Libertad –ONG con más de tres décadas de investigación y divulgación económica en Venezuela– indica que para el 30 de noviembre de 2016, el consumo básico promedio de una familia de tres costaría poco más 4.254.000 bolívares. Y que en los 30 días, comprendidos entre el 30 de octubre y el 30 de noviembre, los precios tuvieron una variación del 65,47 % –50,9 % en alimentos, 100,25 % en alimentos servidos, 96,13 % en servicios, 111,53 % en recreación, 115,12 % en productos de higiene personal y 24,89 % en transporte–.

 

A inicios de noviembre de 2017 el sueldo mínimo mensual, fijado por decreto presidencial, subió de de 136.543,40 a 177.507 bolívares. Al sueldo formal se suma obligatoriamente un bono de alimentación, incrementado en el mismo decreto a 189.000 a 279.000 bolívares; así el llamado salario mínimo “integral” quedó en 456.507 bolívares. A ese incremento salarial del 30 %  –quinto y último del 2017– siguió un incremento de precios que lo duplicó en 30 días. Y nuevamente CEDICE nos indica que el 30 de diciembre de 2017 el precio de la cesta de 61 bienes y servicios en modesto consumo promedio de una familia de 3 personas, había escalado hasta poco más de 8.751.000 bolívares. La inflación de precios del mes de diciembre fue del 105,69 %  –133,35 % en alimentos, 123,73 % en alimentos servidos, 3,54 % en servicios, 55 % en recreación, 86,18 % en productos de higiene personal y 71,74 % en transporte–. Gran parte de esa variación concentrada en la primera quincena; 62,36 % en apenas 15 días.

La contracción venezolana es tan profunda que en 17 años de Gobierno socialista radical desaparecieron cerca de dos tercios de lo que éramos como economía. Más del 60 % de la población económicamente activa está en el sector informal, gran parte con ingresos inferiores al salario mínimo. De los ocupados en el sector formal no se aleja mucho del mínimo la abrumadora mayoría. Así, lo que cobra un profesor en uno de los centros de educación superior en que doy clases cayó en 2017 de cerca de 14 centavos a poco más de un centavo de dólar por hora académica.

Quienes sufrieron otras hiperinflaciones se asombran cuando constatan que en Venezuela el Estado insiste en una creciente regulación de precios que se traduce en creciente escasez y un alucinante control de cambios diferencial que –en el marco de la inviable economía socialista– impiden a los venezolanos resistirse a los efectos del empobrecimiento hiperinflacionario, transformando inmediatamente sus salarios en bienes de consumo y ahorrando en divisa foránea.

No es accidental, el empobrecimiento es política de Estado de la dictadura socialista en Venezuela. Un empobrecimiento rápido y profundo para el que el socialismo se está sirviendo de una hiperinflación que en medio de la improductividad y descoordinación propias de la inviable economía socialista nos acercan a que Venezuela sufra la primera gran hambruna del siglo XXI.

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