¿Por qué nos confunde el resultado de nuestra evolución moral?

Coexisten en la sociedad extensa dos códigos morales, y la civilización depende del que mantengamos ese curioso y complejo equilibrio moral que la hizo posible

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El altruismo del pequeño grupo es de imposible extensión práctica a extraños. (Foto: Flickr)

Solía sorprenderme que intelectuales empeñados en un relativismo cultural a ultranza se espantasen ante la relativista reformulación de teorías racistas en sentido nacional-cultural por un socialismo que rechazan denominándole fascismo. Intentan así esquivar que es nacionalsocialismo, tan socialismo por definición como el verdadero fascismo. Entiendo que esto parte de algo más profundo en sus erróneas y peligrosas convicciones. Se sienten obligados a negar la naturaleza xenófoba del hombre –ignorando olímpicamente la abrumadora evidencia etnológica, arqueológica, histórica e incluso etológica del caso– por su rechazo a la adecuada perspectiva evolutiva. La xenofobia tribal es la otra cara de la moneda del altruismo tribal. Los socialistas en sentido amplio –como son el común de relativistas culturales actuales– no pueden evitar desconcertarse por sus implicaciones.

La realidad del asunto es que el altruismo, el colectivismo y la obediencia que permiten el funcionamiento de pequeños grupos tribales altamente cohesionados, se corresponde coherentemente a su aislamiento y xenofobia. De la reducción de los primitivos temores xenófobos emergió la civilización. El altruismo del pequeño grupo es de imposible extensión práctica a extraños, la única solución moral tribal viable a las relaciones con los extraños es la xenofobia

Como indica el Profesor Julio Cesar de León Barbero sobre lo que él denomina «la violencia inherente al espíritu tribal»: «Parece una contradicción, dado el énfasis que la tradición comunitaria hace en el amor, la mutua identificación, la solidaridad y el interés por el otro. No. No hay contradicción sino una total congruencia. Veamos. El amor y la solidaridad no pueden sino posibilitarse únicamente en relaciones cara a cara, íntimas, personales. Vale decir, hacia el interior del intragrupo y las relaciones con los pares. Pero estos mismos sentimientos hacen que el hombre tribal sea desconfiado de todo lo que es ajeno a su grupo. Lo que es peor, que considere una auténtica amenaza la simple existencia de otros individuos o tribus, por lo que hacia el exterior se manifiesta, de hecho, desconfianza, recelos, enemistad y, en último término, violencia».

Lo afortunado y extraordinario del que emergiese una moral cuyas normas abstractas permitieran al desconfiado xenófobo tribal cooperar pacíficamente con miembros de otras tribus, sin necesidad de incluirlos en las normas originarias aplicables única y exclusivamente a los miembros de su propia tribu, se nos revela cuando consideramos que la conveniencia de interactuar –y especialmente de comerciar– con otras tribus, que nos parece tan obvia como beneficiarios del orden civilizado, no lo sería en absoluto para quienes únicamente conocían ordenes sociales primitivos cerrados, con escaso número de individuos, tecnologías muy simples y relativamente escasa división del trabajo.

Así que nada de lo que resultó, empezando por el comercio a larga distancia y la división del trabajo a gran escala, pudo siquiera ser imaginado por quienes lo hicieron posible. Como señala Hayek, la autoridad moral de la religión es la única explicación plausible de la adopción de tales conductas durante suficiente tiempo para reforzarse por sus impredecibles efectos agregados de largo plazo.

Tanto, que sigue siendo necesario para la abrumadora mayoría reconciliar su fe religiosa con su ética social para una personal convicción moral. Pero lo cierto es que la moral que permite el funcionamiento del orden extenso, y que choca contra la moral tribal, no es otra cosa que una serie de normas de conducta que permiten la interacción pacífica y constante entre hombres que no vivan en una cerrada mini-sociedad en que todos se conozcan muy cercanamente. Algo así habría evolucionado tanto por los intercambios comerciales pacíficos entre individuos de diferentes grupos tribales, como por el sojuzgamiento político violento de unas tribus por otras, aunque nada de lo que resultó fue planificado, ni siquiera esperado, pues no podía ser imaginado por quienes lo adelantaron.

Hayek nos aclaró que «se nos ha enseñado que el hombre se desarrolló haciéndose cada vez más inteligente, y que fue capaz de diseñar mejores reglas de conducta en relación a las que había tenido antes. Ahora bien, yo afirmo que todo esto no tiene ningún sentido. El hombre no fue nunca inteligente o capaz de inventar morales nuevas y más efectivas. Lo que sucedió fue que la gente comenzó a experimentar con nuevos métodos y algunos de ellos tuvieron éxito (en el sentido que estamos discutiendo), de tal forma que permitieron multiplicarse mucho más rápidamente a los grupos que los adoptaron, que a aquellos que no lo hicieron, lo que dio origen a la nueva tradición moral y determinó su cambio progresivo durante los últimos 10 000 años (más o menos el orden de magnitud que debemos suponer para el desarrollo de la civilización)».

Coexisten en la sociedad extensa dos códigos morales. El tribal más antiguo del altruismo, la comunidad de fines y cierta identificación de igualdad de resultados con justicia, una moral peligrosamente inclinada a la legitimación de la envidia. Por más que se les racionalice, no son otra cosa que anhelos atávicos inviables los impulsos de imponerla sobre la sociedad extensa. Esta es una aspiración que Hayek identifica como raíz común de las muchas variantes del socialismo. Por otra parte, tenemos el código moral universal de la sociedad extensa, con normas abstractas e impersonales. Una moral de derechos inherentes a todo individuo, con que la que la persecución egoísta del bien propio se pone, tan involuntaria como eficientemente, al servicio del bien ajeno y en la que el aislamiento xenófobo cede al intercambio comercial y la cooperación por auto-interés –no por altruismo o sumisión tribal– en una cada vez más compleja división del trabajo.

En su propio espacio, limitada a pequeños grupos de gran cohesión, voluntaria, y dentro del orden extenso de la moral de la civilización, esa moral tribal nos sigue siendo útil, incluso indispensable al funcionamiento de la civilización. El problema es que demasiados anhelan extenderla fuera de esos límites, sometiendo a sus reclamos atávicos la civilización, ignorante la mayoría y consciente una fanática minoría activista, del que así la destruirían.

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