La tragedia y la amenaza tras la sufriente imagen de Greta Thunberg

Nada de espontáneo tuvo lo de Thumberg. Pero clave del éxito del montaje ecocorporativo fue que ella sí cree obsesivamente en su mensaje apocalíptico

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Greta es una joven con serios problemas de salud que da por hecho lo que el capitalismo le provee. (Foto: Flickr)

Prefería no escribir sobre Greta Thunberg, pero terminé escribiendo dos columnas. Nos guste o no, la adolescente con problemas de salud fue la clave del plan de un propagandista del ecocorporativismo mercantilista europeo. Ingmar Rentzhog, viendo el impacto mediático de protestas de aterrados adolescentes tras un tiroteo en Estados Unidos, entendió que bien planeadas (no obstante, «espontáneas») protestas, de aterrados y conmovedores niños –profesionalmente divulgadas en redes sociales y medios– podían iniciar una ola internacional activista de terror y fanatismo ecologista adolescente.

Nada de espontáneo tuvo lo de Thumberg. La clave del éxito del montaje ecocorporativo –revelado por la prensa británica– fue que ella sí cree obsesivamente su mensaje apocalíptico. Sus problemas de salud –hechos del conocimiento público en el libro de su madre, quien los considera ventajas, y a quien también se le atribuye que Greta podría ver el dióxido de carbono en el aire– y la sobreexposición a mensajes apocalípticos del ecologismo profundo, le condujeron antes a dejar de comer y de hablar, en su terror por un inminente apocalipsis ecológico.

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Greta es una joven con serios problemas de salud que da por hecho lo que el capitalismo –que odia– le provee, y  que vio confirmado su terror por sus padres (sus maestros) y por intereses ecocorporativos en busca de millonarias subvenciones. Fue declarada de mujer sueca del año a doctora honoris causa –incluso sucesora de Jesucristo por una pequeña iglesia ansiosa de publicidad– y nominada al Premio Nobel de la Paz por diputados socialistas del parlamento noruego (que decidirá a quien otorgarlo). Fue estrella mediática de la conferencia de Naciones Unidas sobre el cambio climático y el Foro Económico Mundial en Davos. Será también estrella mediática de la próxima cumbre climática.

Su activismo fue saludado por oportunistas políticos de los que no podía esperarse otra cosa. De Merkel al aenador estadounidense –marxista radical filosoviético autoproclamado socialista democrático– Bernie Sanders, quien afirmó: «jóvenes del mundo exigen acciones sobre el cambio climático, como Greta Thunberg, que tuvo el coraje de exigir a la élite corporativa hacer su parte para abordar esta crisis global». Obviamente, no mencionó que una elite corporativa, aspirando capturar miles de millones en subvenciones, financió el exitoso espectáculo.

Ni el mensaje, ni los intereses tras él, son nuevos. Tienen ya más de medio siglo profetizando el fin del mundo para la próxima década. Insisten siempre en que el apocalipsis únicamente se evitaría entregándoles todo el poder en un estado de emergencia global que han ido cambiando a conveniencia. Todas nos las anunciaron como consenso irrefutable de la ciencia. Eso es, si se entiende como ciencia la que confirme lo que ellos digan; a la que pruebe lo contrario, o los ponga en duda, será infamada como «negacionismo» de «enemigos del pueblo» en batas de laboratorio.

Este un viejo discurso como falsa novedad, pero la adolescente aterrada aportó el efectivo dramatismo de su creencia juvenil obsesiva. Llora y grita que un cambio de matriz energética inmediato y global es el único asunto al que debe poner atención el mundo. El resto no existe o carece de importancia. Afirma que los gobiernos occidentales nada hacen ante el cambio climático: no que no hacen suficiente, sino que nada hacen. Su mensaje empieza por «todos siguen diciendo que el cambio climático es una amenaza existencial y el problema más importante de todos, sin embargo, simplemente continúan como antes (…). Uno pensaría que los medios y cada uno de nuestros líderes no hablarían de nada más, pero nunca lo mencionan» en sus propias, tan indiscutiblemente falsas y obviamente contradictorias, como demagógicamente emotivas y eficazmente conmovedoras palabras.

La estratégica pedofrastia buscó blindar un falso mensaje colocando a su nueva vocera en un pedestal intocable. Sin embargo, su insistencia en la urgencia advierte que la manipulación emocional debería importar poco. El fondo del mensaje mucho porque el discurso de Greta Thunberg es demagogia de manual: simplista, emotiva y apocalíptica. Grita «estás robando el futuro de tus hijos ante sus propios ojos» y exige «apretar el freno de emergencia», pero ¿qué significaría eso? Ni lo sabe, ni le importa. Todo fuera de su obsesión lo considera «cuento de hadas». Hambre, miseria y muerte de quienes realmente sufren bajo autoritarismos y totalitarismos que los hunden en pobreza le tienen sin cuidado. Cree que la combinación de sobrepoblación, tecnología y economía de mercado están colapsando los ecosistemas. Su apocalipsis es inminente, a menos que se destruya la economía global reduciendo drásticamente producción, consumo y población, sin importar las consecuencias. Eso y no otra cosa es su «freno de emergencia».

El ecologismo científicamente serio entiende que el crecimiento de la población no es problema en economías capitalistas libres. Más población es problema únicamente en economías improductivas, en economías de libre mercado es solución. Asimismo, entiende que en la tecnología –e inversión de capital– están la respuestas al cambio climático. No en «apretar el freno de emergencia» exterminando a cientos de millones mediante el racionamiento de la miseria para detener de golpe las emisiones de CO2. Cientos de millones de muertes por hambre, guerras y colapsos civilizatorios es lo que resultaría de apretar tal «freno de emergencia» inmediato.

Los Thumberg –y quienes los financian– proclaman un anticientífico ecologismo oscuro, antihumano, irracional y alineado al anticapitalismo ultraizquierda. «Hemos venido aquí» afirma ella «para hacerte saber que se avecina un cambio, te guste o no». Este es un mensaje totalitario con imagen de niña nórdica de largas trenzas. La última vez que un socialismo revolucionario –en contubernio con intereses mercantilistas ansiosos de subvenciones y protección ante la competencia– se declaró ecologista y eugenésico –y uso niñas nórdicas con trenzas en su propaganda– debería servirnos de advertencia alarmante. Pero la historia antes de ellos no existió para la arrogante ignorancia de la mayoría de otra generación empeñada en destruir lo poco que va quedando de democracia republicana, creando una totalitaria «democracia» mendaz, ideal de idiotas ofendidos por la realidad misma.

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