El nuevo terror verde de los tontos útiles del totalitarismo rojo

El miedo al cambio climático funciona como el miedo a la guerra nuclear: el mensaje es que debemos rendirnos

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El clima, la ecología y la ciencia, para ellos, son excusas. (Foto: Greta Thunberg)

«¡Mejor rojo que muerto!» gritaban en grandes manifestaciones europeas contra unos misiles americanos que los defendieron de los tanques soviéticos hasta la caída de la Unión Soviética. Este es un puñado de fanáticos socialistas revolucionarios y multitudes de tontos útiles en una Europa cuyas elites intelectuales hace más de un siglo insisten en admirar y defender –abierta o disimuladamente– los peores totalitarismos.

Casi convencieron a masas de europeos empeñados en despreciar al capitalismo estadounidense que les salvó de caer bajo uno u otro totalitarismo –nacionalsocialista alemán o socialista soviético– de rendirse voluntariamente al poder soviético. Protestas multitudinarias, creadas por agitación, propaganda y financiamiento soviéticos amenazaban a Europa con una inevitable guerra nuclear si la OTAN desplegaba misiles tácticos en respuesta a los previamente desplegados por Moscú en Europa oriental. Restablecieron el equilibrio que rompieron los soviéticos desplegando primero sus misiles tácticos en Europa oriental. Desplegaron, asimimso, al «espontáneo» movimiento antinuclear creado por la inteligencia soviética mediante partidos e intelectuales satélites capaces de manipular multitudes de tontos útiles en Europa Occidental.

En Bonn Helmut Schmidt, socialdemócrata hoy infamado en el SPD, apoyó decididamente el despliegue táctico de la OTAN. Tras la derrota de las marionetas de Moscú, llegó el alzamiento de obreros polacos. Gorbachov rechazó otra primavera de Praga. Fue el principio del fin. La economía socialista sobrevivió parasitando tecnología, información y métodos de economías capitalistas. Se exploraron antieconómicamente recursos naturales y población esclava. Pero su inviabilidad económica –explicada por Mises desde principios del siglo XX– se impuso. Un Occidente encabezado por Reagan, Thatcher y Juan Pablo II adelantó un par de décadas el inevitable colapso del imperio soviético. Gorbachov y Yeltsin, enemigo irreconciliables y líderes con virtudes y vicios diferentes de grandes consecuencias –abrieron paso involuntariamente al autoritarismo de Putin– lograron que al menos fuera razonablemente pacifico el colapso soviético, lo que no es poco.

Tras el colapso, en Hispanoamérica subsistía la agencia subimperial soviética que esclaviza Cuba. Ahí repitieron –con ajustes a nuevos tiempos– viejas estrategias de Frente Popular: el Foro de São Paulo. La Habana ascendía de satélite de Moscú a centro regional independiente de agitación y propaganda a costa de la miseria, hambre y el recrudecimiento de la represión a la población de Cuba. Confiaron en poder sustituir con recursos entregados por sus propios satélites el perdido –y gigantesco– subsidio soviético. Con Lula de mascarón de proa, Castro de cerebro, y Chávez pagando cuentas por la favorable coyuntura petrolera –mientras destruía la más próspera economía de Sudamérica hundiéndola en la miseria socialista– el Foro de Sâo Paulo se lanzó a la conquista de poder en Iberoamérica. Pretendió también extender su influencia en alianzas con el terrorismo y crimen organizado de Iberoamérica a África y Medio Oriente. Tropezó con inesperados vasallos ultraizquierdistas de nuevo cuño en España y con más apoyo intelectual y político en Estados Unidos del que jamás soñaron. La Habana llegó a influir decisivamente –y en un dos o tres casos a controlar– la mayoría de gobiernos de Iberoamérica. Crearon un red de política, ideología y crimen organizado, confluencia de terrorismo, narcotráfico y corrupción mil millonaria.

Tras la expansión, llegaron las derrotas. El inevitable fracaso de sus políticas económicas y quedó a la vista cuando cayeron las materia primas. Donde no establecieron una la dictadura de hecho, las derrotas electorales y persecución judicial de la descomunal corrupción de sus líderes y aliados los diezmaron. Y habrían caído en toda Iberoamérica, incluso en Venezuela y en Cuba. Trump no es Reagan, pero entiende la amenaza socialista, y que no será financiándola y consintiéndola que se la derrote. Pero a la cabeza de Europa no están Kohl y Thatcher sino Merkel y Mogherini.

En Roma, por su parte, no está Juan Pablo II, ejemplo de firmeza moral ante los totalitarismos igualitaristas que las pisotean la libertad y dignidad humanas. Hoy está Francisco, ejemplo de obediencia a la ONU, amor a Maduro y veneración del castrismo. Y aunque Brasil votara a Bolsonaro, México votó a López Obrador.

Como afirmé en El Socialismo del Siglo XXI, de 2006, la nueva clave del socialismo revolucionario global es la síntesis de ecologismo profundo y marxismo, teorizada por Commoner. Por eso el apocalipsis profetizado ya no es nuclear, es climático. Y de rostro usan a una adolescente diagnosticada con Asperger, cuya “espontánea” protesta se reveló planeada con meses de antelación en el lobby ecologista más oscuro de Europa. Buscan crear un movimiento internacional de rabioso fanatismo juvenil, perfecta actualización de los juveniles guardias rojos de la revolución cultural maoísta.

El miedo al cambio climático –ayer enfriamiento global y nueva edad del hielo, anteayer calentamiento global y subida de los mares, hoy emergencia climática indefinida pero apocalíptica– funciona como el miedo a la guerra nuclear. Gritan lo que los tontos útiles del poder soviético en la guerra fría: que hay que rendirse y entregar voluntariamente toda libertad. Que hay que entregarles todo el poder a ellos, los iluminados, para imponer un estado de excepción global por emergencia climática. Y no ocultan que destruirían toda economía de mercado, lo que hundiría al mundo entero en miseria, hambre y muerte.

Se creen que son la única salida, que son los «expertos» (entendiendo por tales a científicos que los confirmen). A científicos que los refuten, o simplemente pongan en duda, les infaman y someten al asesinato moral, incluso sin el poder que exigen. Porque no hay tiempo de pensar. Únicamente su totalitarismo nos salvará. Y si no, lo imponen. Al menos sacaran multimillonarias subvenciones –con cargo a impuestos y deudas crecientes– para el lobby, sus pseudoempresarios, burócratas, politicastros, intelectuales y activistas. El clima, la ecología y la ciencia, para ellos, son excusas. La cubierta del religioso fanatismo marxista fusionado con religioso ecologismo oscuro. Y lo poco de verdad que cayó accidentalmente ahí, lo resignificaron en agitación y propaganda filo-totalitaria.

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