El fantasma en la máquina

La democracia y el libre mercado son los sistemas político-económicos más propicios para mejorar el bienestar de la población.

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La planificación centralizada ignora que valoramos los productos y servicios según nuestras circunstancias individuales, deseos y necesidades. (Foto: Flickr)

¿Tenemos derecho a creer lo que queramos o tenemos obligación intelectual de seguir la evidencia? Los filósofos han debatido mucho esta pregunta, particularmente sobre la existencia de Dios. En jurisprudencia americana la respuesta explicita es seguir la evidencia. Aquí me apropio la pregunta con respecto a nuestras opciones político-económicas.

Actualmente, la evidencia es clarísima de que la democracia y el libre mercado son los sistemas político-económicos más propicios para mejorar el bienestar de la población. Estudios internacionales revelan que, sobre una base per cápita, los países más ricos del mundo son todos economías de mercado. Políticamente, la mayoría son democracias, y algunos son reinos ricos en petróleo. Economías centralmente planificadas estilo soviético están lejos de la cima en los estudios.

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Sin embargo, todavía los colectivistas sostienen que las economías centralmente planificadas dirigidas por el gobierno son el camino a seguir. Parecen creer en algún fantasma marxista dentro de la maquinaria gubernamental que asignará recursos y distribuirá beneficios de forma más favorable que las democracias y las economías de mercado. Mientras sería posible excusar a Marx y Engels por sus argumentos de 1848 en el Manifiesto Comunista, dadas las condiciones sociales entonces, hoy es absurdo intentar “derribar forzosamente todas las condiciones sociales existentes” en favor del enfoque colectivista.

Una economía de comando centralmente planificada es un sistema económico donde el gobierno toma decisiones económicas en vez de las decisiones de abajo a arriba que fluyen de la libre interacción entre consumidores y productores. Una economía centralmente planificada se organiza en un modelo de arriba a abajo donde las decisiones relacionadas con inversiones y resultados se decretan por burócratas con poca información sobre los consumidores.

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Entre las muchas falacias de la economía centralmente planificada está creer que los productos tienen un valor real y constante: “un precio justo”. Entonces, cualquier cifra sobre ese “precio justo” se debe a la avaricia de los productores. La teoría de la planificación centralizada asume que el mercado no funciona en el mejor interés del consumidor. Consiguientemente, una autoridad central -un fantasma en la máquina- se necesita para tomar decisiones que fomentarán objetivos sociales y nacionales. La planificación centralizada ignora que valoramos los productos y servicios según nuestras circunstancias individuales, deseos y necesidades.

Llamándola «fantasma en la máquina» el filósofo británico Gilbert Ryle critica la noción de que la mente es diferente del cuerpo. Encuentro la frase útil para resaltar el dogma colectivista de un misterioso agente protector presente en la intervención gubernamental. En economías de comando, empresas estatales asumen producir bienes y servicios. Pero no hay fantasma en la maquinaria gubernamental que ordene a la actividad económica concretarse a favor nuestro.

Los colectivistas contemporáneos justifican su defensa de las empresas estatales basados en ideas sobre igualitarismo, ecologismo, anticorrupción, anticonsumismo, y cosas como esas. No explican cómo los burócratas planificadores del gobierno -el fantasma en la máquina- detectarán y buscarán satisfacer mejor que el sistema de precios del libre mercado nuestras preferencias como consumidores.

Esas dificultades informativas y computacionales de la planificación centralizada las describieron los economistas Ludwig von Mises como “el problema del cálculo económico”, y Friedrich Hayek como “el problema del conocimiento local”. Como consumidores tenemos una jerarquía de necesidades que discurre constantemente, y expresamos lo que queremos y necesitamos en nuestras decisiones en el mercado. Los planificadores no pueden detectar nuestras preferencias, ni asignar recursos, mejor que el sistema de precios del mercado.

El filósofo político Tibor R Machan (1939-2016) aclaró: “Sin un mercado donde las asignaciones se hagan de acuerdo a la ley de oferta y demanda, es difícil o imposible canalizar recursos con respecto a nuestras preferencias humanas y objetivos reales”. Debemos seguir la evidencia: el libre mercado determina mejor nuestras preferencias y objetivos.

Incluso si planificadores centrales, dotados con poderes cuasi divinos, pudieran leer nuestras mentes y deseos, y coordinar la producción consecuentemente, solamente podrían hacerlo a un costo inaceptable de libertades e independencia personal. La planificación centralizada es incompatible con consumidores capaces de tomar decisiones económicas libremente. Una economía de comando necesita represión política para implementar sus planes. Somos mejores satisfaciendo nuestros deseos y necesidades que el fantasma en la máquina.

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