¿Por qué la brutalidad es un ideal moral en el socialismo revolucionario?

La clave del terror totalitario está en que el temor permanente de la víctima potencial a ser víctima real la hace cómplice por omisión

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El objetivo del socialismo es que el pensamiento disidente no pueda llegar a surgir en las mentes. (Foto: Flickr)

El socialismo revolucionario es un totalitarismo que requiere necesariamente, de todos y cada uno de sus militantes, voluntad indeclinable de alcanzar orgullosamente niveles de bestial brutalidad sin límites. Sin ello, sería imposible materializarlo. Y es por ello que su ideología incluye la glorificación del mal como bien. Por elevarse al poder con tales medios, el poder totalitario establecido, como explica Solzhenitsyn, encontrará poca resistencia entre sus víctimas.

“Parece que hubiera bastado con enviar una notificación a todos los borregos designados y ellos mismos se habrían presentado sumisamente a la hora señalada […] Durante varias décadas, en nuestro país las detenciones políticas se distinguieron precisamente por el hecho de que se detenía a gente que no era culpable de nada y que por lo tanto no estaba preparada para oponer resistencia.  Incluso en el peor momento de la epidemia de detenciones, cuando al salir a trabajar los hombres se despedían de sus familias cada día, pues no podían estar seguros de volver por la tarde, incluso entonces apenas se registraban fugas (y menos aún suicidios). Así tenía que ser: de la oveja mansa vive el lobo”, explica.

La clave del terror totalitario está en que el temor permanente de la víctima potencial a ser víctima real la hace cómplice por omisión siempre –y por acción al exigírsele– del poder totalitario ante el que rindió su conciencia. Helmut Shoeck señaló bien cómo la mala conciencia le haría envidiar secretamente a todo individuo que no se someta como él.

“La sociología del poder y del dominio debería tener en cuenta el factor de la envidia cuando observa que algunos de los que se someten al poder desean que otros […] se sometan también, para ser todos iguales. Fenómenos como el Estado totalitario, la moderna dictadura, sólo se entiende a medias en la sociología si se pasan por alto las relaciones sociales entre los ya igualados y los todavía inconformistas. Hombres, ya sometidos al nuevo poder […] casi siempre, desarrollan una acusada hostilidad frente a los que […] miran con escepticismo al nuevo poder. El que contra su voluntad, por comodidad o cobardía, se ha adaptado ya, se irrita ante el valor que demuestran los demás, ante la libertad de que disfrutan”, afirma Schoek.

Ese es el nivel de control al que aspiran, y para llegar a materializarlo, la fría e inmisericorde brutalidad sin límite será necesariamente la única medida de coherencia del militante con la torcida moralidad del socialismo, torcida moralidad de quienes se reducen voluntariosamente a sí mismos a bestias, empezando por elevar el vicio antisocial de la envidia al pedestal de axioma moral indiscutible. Se autoconvencen de que toda brutalidad y crimen que favorezca a su revolución es buena, noble y loable. Todo lo que con dignidad y decencia la resista, es maldad absoluta y/o locura.

Por eso afirmó Mao en el congreso del partido comunista chino, del 17 de mayo de 1958: “No hay que hacer tanto alboroto por una guerra mundial. Lo peor que puede pasar […] Que la mitad de la población desaparezca […] ya ha ocurrido varias veces en la historia de China. […] Lo mejor sería que quedara la mitad de la población, lo siguiente mejor que quedara un tercio”. Tal desprecio por la vida de sus gobernados no se limitaba al escenario de la hipotética guerra nuclear. Se extendía realmente a sacrificar voluntariosamente cualquier cantidad de vidas por sus frecuentemente irrealizables objetivos de producción en tiempo de paz. Para el Gran Salto Adelante, el mismo Mao explicó el 21 de noviembre de 1958 que: “Trabajando de esta manera […] es probable que media China tenga que morir; si no la mitad una tercera o una décima parte”.

Es la mentalidad totalitaria que en cuya adoración cualquiera se llega creer en el deber, ya no solo de denunciar ante la mínima sospecha a cualquier otro por cercano que sea, o de confesar lo que no ha hecho cuando su simple arresto llega a erigirse en prueba irrefutable de culpabilidad, sino de trastocarse de simple estudiante en sádico torturador en éxtasis de adoración al caudillo, como en la Revolución Cultural de Mao. El objetivo, explicaba la semana pasada, siempre fue -y sigue siendo– que el pensamiento disidente no pueda llegar a surgir en las mentes –los medios y los plazos son lo que cambia– pero generación tras generación aparecen esos pocos que les resisten sin importar las consecuencias.

Por ejemplo, Han Dongfang intentó fundar la primera federación de trabajadores independientes de la República Popular China en las protestas estudiantiles de la plaza Tiananmen en 1989. Los obreros que se le unieron fueron atacados por los intelectuales que alentaban la protesta estudiantil, rechazados por los estudiantes, y masacrados por la policía política china. Únicamente obreros fueron ejecutados de un tiro en la nuca, apenas apresados. Han se entregó a la policía de Beinjing, negándose a confesar crímenes que le imputaban. Incomunicado durante meses, fue alimentado forzosamente con sonda gástrica al intentar una huelga de hambre, encerrado con enfermos de tuberculosis para contagiarle. Fue brutalmente torturado. Finalmente le ofrecen libertad condicional para evitar que un disidente, ya conocido en el mundo, muriese en prisión sin ser “reeducado”. Pero garabateó “me niego a cooperar” cuando le exigieron una “confesión” para acompañar la orden libertad bajo palabra. Se vieron obligados a liberarle. Esperaban silencio. Pero se dirigió al Congreso del Pueblo y presentó una petición de derechos para los trabajadores.

Exigir de sus propios militantes lo más oscuro y bestial permite que pocos sojuzguen a muchos hasta el exterminio, sin casi resistencia. Pero también hace que lo más luminoso del potencial humano brille tan intensamente en unos pocos como para forzar a quien no cierre tercamente los ojos a ver la miserable realidad del totalitarismo.

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