Una trágica historia de Mao, gorriones, acero y hambruna en China

En frágil marco de la escasa y decreciente productividad del socialismo, entre los caprichos de Mao como causales de hambrunas –en campañas primero aplaudidos y luego censuradas por propaganda e historia oficial– se destacan, los gorriones y el acero.

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Mao
Mao fue el máximo genocida de la historia del comunismo. (Flickr)

La criminal insensatez de los caudillos marxistas es resultado inevitable de su ideología. Lenin resumió viejas prácticas de revolucionarios profesionales comunistas –del siglo XV al XIX– en una teoría marxista de glorificación del crimen para alcanzar el poder y exterminio de “clases enemigas” para mantenerlo. De los intelectuales arrogantes que creen poder crear al hombre nuevo en la sociedad nueva –sustituyendo la evolución por su diseño– Lenin fue el primero tan megalómano y cruel como para materializar el infierno prometiendo el paraíso de la religión marxista.

Impusieron el totalitarismo soviético miles de revolucionarios profesionales –fanáticos sin conciencia– bajo el mando de los más inhumanos de entre ellos. En las sangrientas pugnas por encabezar el poder soviético únicamente los más brutales y taimados surgieron. Tan dignos de la perversión intelectual de Marx, como de la crueldad de Lenin. Stalin y Mao crearon las dos potencias socialistas reales. La URSS, ya colapsada. Y la R.P.China, dictadura al borde de negar la religión marxista para conservar el poder, creando un capitalismo tutelado para evitar el destino soviético.

Mao fue el máximo genocida de la historia del comunismo. Aunque Pol Pot exterminó más de la población bajo su mando que cualquier otro, Mao lo supero en el total. No podía ser de otra forma. Mao impuso el totalitarismo a la nación más poblada del planeta. Las hambrunas de Stalin sirvieron para sojuzgar resistencias nacionales y campesinas. Exterminio de kulak´s y colectivización agraria forzosa ocasionaron una crónica caída de productividad agraria. Pero la hambruna –así facilitada– se impuso exclusivamente a poblaciones que resistían al poder soviético. Las de Mao arrasan sojuzgados y obedientes súbditos.

Pero hay teoría en la locura. En los dominios de Mao, la superchería de Trofim Denísovich Lysenkov siguió siendo ciencia oficial después tras caer en desgracia la URRS. Lysenkov simplemente aplicó los principios de la “ciencia” marxista a las plantas, tal y como otros marxistas la aplicaban a humanos. Su empeño en imponer la religión marxista sobre botánica y agronomía no difería en método ni resultado del de otros en de imponerla sobre la ciencia económica.

Los marxistas creen –tras mucha palabrería– en una voluntad histórica capaz de crear una nueva especie y un nuevo orden social. El perro nuevo de Posadas no era más absurdo que el hombre nuevo del resto como producto de la mítica dialéctica material de historia. La vida es orden espontaneo que evoluciona. Todo orden espontaneo –biológico o social– es ajeno a la categoría de fin y evoluciona por selección adaptativa. Los absurdos del darwinismo social propios del progresismo estadounidense y su eugenesia. Cercanos a las fantasías de la ciencia aria nacionalsocialista alemana. Curiosamente similar a supercherías de la ciencia proletaria marxista. Coinciden en el abuso del término ciencia como cubierta de creencias míticas. De hecho, la única ciencia “revolucionaria” que funcionó fue copia de metodología y teorías de ciencias “burguesas”. Y de tecnología capitalista.

A finales de la década de los 50 del siglo pasado Mao –entre la crueldad y las ensoñaciones voluntaristas del marxismo– a “luz” de la “ciencia” de Lisenkov, creyéndose la voluntad revolucionaria –convencido de la infalibilidad de la dialéctica material de la historia– se embarcó campañas alucinantes de lo que llamó: El Gran Salto Adelante. Un plan para aumentar exponencial e inmediatamente la productividad agrícola e industrial, empleando literalmente “a todo el pueblo” en la materialización de la voluntad revolucionaria de Mao.

La teoría era clara. Los marxistas creen que el trabajo es la fuente del valor –y su “ciencia” de la historia promete milagros productivos al cambiar “relaciones de producción” con revoluciones– Mao decidió que poniendo a trabajar a muchos chinos en lo que a él –infalible interprete de la historia– le traería a su imperio un salto de la noche a la mañana, de atrasada sociedad agraria a potencia industrial moderna.

El asunto se puede resumir en que, se declaraban desmedidos y absurdos objetivos de producción agrícola –para aparentarlos se sembraban demasiado juntas las plantas– Y en la confianza de las enormes cosechas prometidas, se ordenó a campesinos, obreros, oficinistas y cualquiera, en campos, aldeas y ciudades, dedicarse a la construcción de rudimentarios hornos para la fabricación artesanal de acero –fundiendo todo hierro a la vista– para una gigantesca producción dispersa de acero: el salto industrial. Las cosechas revolucionarias se perdieron. Y el acero revolucionario resulto escoria inutilizable. Y gran parte de China eso significó hambrunas.

Pero en ese marco de irracional movilización masiva que condenaba a morir de hambre a millones, se destacó en arrogante ignorancia la campaña de la cuatro plagas. Se ordenó a la población exterminar a cuatro especies: ratones, moscas, mosquitos y gorriones.

Los métodos recomendados de Mao no eran muy efectivos contra moscas y mosquitos – ciertamente trasmisores de enfermedades a población y ganado– Y los ratones que ya se perseguían antes del que Mao los declarase plaga. Pero la que supuesta plaga en que se concentró caprichosamente el emperador rojo: los gorriones, no son una peste, sino un pesticida natural para la agricultura.

Mao afirmó que la peor plaga eran los gorriones. Decidió que cada gorrión comía cuatro kilogramos y medio de grano anual. Y concluyó que por cada millón de gorriones muertos se ahorraría alimento para 10 mil personas. Los gorriones no comen tanto el grano que afirmaba Mao, como langostas y saltamontes. Plagas a las que Mao ignoró. Y que libres de su enemigo natural, el gorrión, se multiplicaron arrasando las escasas cosechas –tras las locuras del Gran Salto– empeorando una hambruna que acabó con la vida de 30 o 40 millones de chinos.

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