Saqueo, crimen y socialismo

Casos como el de Venezuela son elocuentes ejemplos de la peligrosa alineación de la intención del saqueo, las metodologías criminales y la justificación ideológica colectivista

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La frase «socialismo o muerte» constituye una redundancia. (Foto: Flickr)

Por Asier Morales

Hayek decía que si el socialista entendiera de economía dejaría de ser socialista.

No hará falta volver a repasar el rosario de fracasos que amontona la historia de quienes han impuesto el camino colectivista. No obstante, por innegablemente nefastas que sean, una buena cantidad de obstinados entusiastas intentan avanzar propuestas en esa dirección.

En América Latina tenemos vistosos ejemplos con Cuba, Venezuela y Nicaragua, en los que la miseria material de la población ha entorpecido un natural movimiento de liberación.

Esta vez me interesa revisar en qué medida las políticas socialistas configuran la mínima base económica necesaria para mantener dictadores en el poder.

Al principio, estaba el saqueo

Un antecedente ineludible es la cultura del saqueo, cuya huella más original hace vida en el colectivo latinoamericano desde la conquista, especialmente en lugares donde la abundancia de riquezas naturales orienta los esfuerzos centrales a su explotación, a coste de la población.

Uno pensaría que la alharaca nacionalista e independentista que intentan enarbolar los chavismos, les prevendría contra el uso de los mismos procedimientos que tanto denuncian. Sin embargo, es evidente que ante la destrucción de fuentes productivas legítimas, la única vía de sobrevivencia material de la que dispone “la revolución” es la extracción de todo recurso natural a su alcance, que requiere el uso complementario de mano de obra esclava a la que llaman, poéticamente, el pueblo.

Los pormenores del saqueo no son demasiado misteriosos, se trata de que un grupo tome los bienes de los demás, por medios más o menos fundamentados en la fuerza o la amenaza, lo que nos lleva al siguiente punto.

La dosis de violencia necesaria para conservar el poder

Los procedimientos propios del saqueo se alinean fácilmente con las metodologías criminales, podríamos decir que son consonantes.

Iniciativas empresariales de largo plazo son despreciadas retóricamente y atacadas políticamente, porque la incapacidad del propio Estado lo hace propenso a la paranoia, la envidia destructiva y el populismo. Pero también por impaciencia y prisa. Obviamente el saqueo criminal privilegia el enriquecimiento inmediato.

El apresuramiento propio del saqueo acentúa mecanismos amenazantes contra quienes intentan construir emprendimientos que resistan la prueba del tiempo. Aquí conseguimos un talante criminal de otro tipo: nadie puede administrar beneficios económicos además del gobierno central, por eso el movimiento expropiatorio encuentra perfecta alineación con el espíritu del saqueo. Si una iniciativa productiva no cede a las exigencias extractivas del gobierno central, será víctima de expropiación en cualquier punto -o robo, ¿para qué vamos a distraernos con adornos legales?-, haciendo caso estricto al capricho del burócrata encargado, que es la única lógica que aplica.

Como los parásitos, una vez que los recursos de aquella empresa expropiada sean succionados hasta la extinción, el funcionario-sanguijuela abandonará la carcasa vacía de un negocio otrora solvente, con alguna excusa ridícula, como que un poder externo saboteó sus siempre “buenas intenciones”.

Golpe de gracia: el socialismo

Además del talante del saqueo y del uso indiscriminado de prácticas criminales, el otro componente del veneno económico es el ideal socialista. Una propuesta que evade responder honestamente dos preguntas fundamentales:

¿Qué incentiva al ser humano? y ¿qué es la productividad?.

Como ambas respuestas van en la dirección del libre intercambio, único generador de riqueza y bienestar, al socialista le resulta imperativo conseguir otra metodología; aunque sistemáticamente hayamos visto que no existe. Por eso, el aparato productivo completo se tuerce en dirección a lo que sería una gigante empresa esclavista, una cárcel nacional o la versión de un campo de concentración actualizado a las circunstancias de nuestros días.

Un ínfimo sector de la población controla por la fuerza algún proceso productivo, que resulta mínimamente rentable para sostener al pequeño grupo de «líderes políticos», sus comodidades y la siguiente capa de funcionarios dedicados al mantenimiento del sistema, es decir, los más eficientes administrando torturas, asesinatos y esclavitud; expertos en amenazas, desapariciones y asuntos semejantes.

Trágica externalización

En un panorama de este tipo, la productividad ha quedado deformada con la inconfundible marca de los tres agentes originales: saqueadores, criminales y socialistas. A pulso logran que cualquier ecosistema económico específico sea tan injusto y perverso como siempre lo habían concebido. De la misma forma en la que un virtuoso artista es capaz de plasmar en el exterior su visión del mundo pero, a diferencia del artista, para perjuicio de sus congéneres.

No es una tarea simple, pero no se les puede acusar de ser holgazanes en su empresa destructiva. Lo vimos en Venezuela, donde desmontaron cada vestigio de intercambio libre y legítimo, usando el fatal binomio de ideología vacía y fuerza bruta. En el lugar de la libertad permanece la propuesta original: amenaza, crimen, destrucción y sufrimiento.

La fórmula de “socialismo o muerte” acabó siendo redundante.

No hay duda de que casos como Venezuela son elocuentes ejemplos de la peligrosa alineación de la intención del saqueo, las metodologías criminales y la justificación ideológica colectivista. Pero quienes suponen posible el socialismo sin alguno de sus otros dos compañeros, más vale que lo piensen mejor.

Iniciativas vinculadas al saqueo podrán ser más o menos frecuentes en la historia, pues no todas las naciones cuentan con tan valiosas fuentes de recursos susceptibles de franco asalto. Pero la asociación entre elementos criminales y esclavistas como única manera de generar la mínima productividad que sostenga un sistema fracasado es notable en cada aplicación del credo socialista sin matices. También se trata de una consecuencia inevitable de la puesta en práctica de unos principios que, como sabemos, encuentran grandes dificultades para entender y valorar la libertad.

La simple idea de que el ser humano cuenta con la posibilidad de decidir por sí mismo, parece ser una propuesta atemorizante e insostenible para demasiados. No sorprende, entonces, que construyan gigantes cárceles de trabajos forzados, en las que los ciudadanos son esclavos, que es la forma en la que, por razones distintas, tanto el socialista como el criminal se conciben a sí mismos.

 


Asier Morales Rasquin es psicólogo clínico, psicoterapeuta, egresado de la doble diplomatura en Economía de la Escuela Austríaca de la Universidad Monteávila de Caracas e investigador del Centro Juan de Mariana de Venezuela.

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