Un accidente histórico marcó el camino de Venezuela al infierno socialista

La intelectualidad hispanoamericana se aferra a mitos como reacción a la dolorosa percepción de fracaso e inferioridad

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Venezuela
Diógenes Escalante presentando sus credenciales en la Casa Blanca. (Foto: Wikimedia Commons)

El fallido intento de explicar la historia a partir de teorías marxistas es dominante en Hispanoamérica. Tal orientación en los historiadores no ha permitido explicar las contradicciones y fracasos de nuestra historia. Es parte de la incapacidad del grueso de la intelectualidad hispanoamericana, no solo para explicar el pasado, sino el presente; y sobre todo para imaginar un futuro mejor, realmente viable. La intelectualidad hispanoamericana se aferra a mitos como torpe reacción a la dolorosa percepción de fracaso e inferioridad en la fallida construcción de republicas tras la independencia. Causando la repetición y profundización de tales fracasos. El marxismo no es sino el más reciente de los métodos para crear y creer mitos.

Una alternativa teórica realista

Ludwig von Mises proponía la praxeología como fundamento metodológico de una ciencia y arte de la historia –ciencia en cuanto puede explicar y arte en tanto debe comprender para lograrlo– y vale la pena revisarlo a la luz de la teoría del orden espontáneo (que Mises no llegó a adoptar) desarrollada principalmente por Hayek en el paradigma austríaco. Bajo esta óptica la historia es, ante todo, la de ideas e instituciones, la interacción de usos y costumbres en evolución con fines y medios de actores persecución de sus propios fines. Y ante todo, una serie de resultados no intencionados de aquellas acciones. No hay determinismo alguno aquí. Hay acción humana en un orden espontáneo en que la cultura y las instituciones están parcialmente determinadas por condiciones materiales y por ideas, instituciones y acciones de agentes en posiciones de poder o influencia. Pero vale repetir, es sobre todo el producto de efectos involuntarios de las acciones de los agentes.

La primera etapa del milagro económico venezolano

Entre 1908 y finales de los 30 Venezuela vivió un crecimiento económico sostenido que suele atribuirse a la explotación y exportación petrolera creciente. Las estadísticas por sí mismas demuelen tal explicación. Aunque el petróleo sea determinante en la economía venezolana durante buena parte del que pudiéramos llamar «milagro económico venezolano», lo cierto es que el crecimiento se inicia y sostiene un buen número de años antes que tuviera tal importancia en las exportaciones. El problema subyacente aquí es la necesidad de una intelectualidad de izquierda –sean marxistas o socialistas en sentido amplio– de no verse frente a frente con la realidad. Necesitan negar –o al menos minimizar– mediante su relato la realidad de los efectos de la paz gomecista sobre las instituciones, que no se limita a la creación del Estado moderno con pleno control territorial y el fin guerra civil que mantuvo durante más de un siglo al país como lo que hoy denominaríamos «Estado fallido». Fue, sobre todo, la institucionalización de la propiedad y la legalidad en un marco de moneda nacional fuerte, finanzas públicas ordenadas y gobierno limitado con una dosis poco común de libertad económica. Fue legalidad y libertad económica –no política– bajo una dictadura de larga data.

El desafío de una transición

Tras la muerte de Juan Vicente Gómez las elites políticas, económicas e intelectuales del poder gomecista se orientan –no sin resistencia interna como peligro latente– hacia una transición ordenada y no muy rápida a la democracia. La república, aunque institucionalmente débil, existía. Había una economía en sostenido crecimiento, razonablemente abierta y mayormente competitiva, con divisa fuerte y un sector exportador primario de alta rentabilidad, dando al traste con mucha de la actividad económica local tradicional frente a la competencia de importaciones relativamente baratas, pero al mismo tiempo asegurando la importación de tecnología, capital y gestión, que junto con niveles importantes de ahorro interno, moneda sana y un estado de legalidad próximo al del derecho, aseguraron industrias locales más capaces. Se atrasaban los pocos sectores sostenidos artificialmente por privilegios mercantilistas restantes.

En este marco, bajo las presidencias de los generales gomecistas, Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, el país se aproxima ordenadamente a completar la transición a la democracia sin desestabilizar la frágil república, pese a la creciente agitación política e intelectual de la izquierda radical y el peligro de logias militares conspirativas con su propia versión militarista del proyecto socialista.

El accidente

El momento clave era el de la entrega del poder a un político civil que completase la transición, mientras la elite política y las bases gomecistas se organizaban en partido político –algo a lo que se negó Lopez pero encabezó Medina– y toleraban la organización legal de la izquierda a la que esperaban mantener dentro del sistema constitucional en transición a la democracia, y finalmente dentro de la nueva política electoral pacífica. Así prevalecería el poder civil y se completaría la institucionalización de la república mientras la economía seguía su curso.

El momento requería un andino, civil, político y comprometido con el desafío de completar la transición, creíble y respetable para todos los partidos. Escalante era andino, gomecista, diplomático de carrera, embajador en Washington –con excelentes relaciones personales con la élite política estadounidense– al tiempo que creíble para la izquierda local como garantía de transición y fin del militarismo tradicional. El accidente fue que logrados los acuerdos, sin tiempo ni alternativa viable para sustituirlo, Escalante enloquece, y se desata una dinámica en que la búsqueda de sus fines une en la traición como oportunidad compartida a las nuevas logias militares con la nueva izquierda radical para un golpe de Estado que puso fin la transición en curso e inició un periodo de radicalismo, inestabilidad y nuevo militarismo que durará hasta 1958, y que sentó involuntaria y accidentalmente las bases intelectuales y políticas de lo que hoy padece Venezuela: un accidente desafortunado de enorme importancia histórica sin duda.

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