López Obrador, el embustero

El presidente López Obrador pertenece a una estirpe de caudillos latinoamericanos que basa su popularidad en su carisma.

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López Obrador hace un promedio de 16 «afirmaciones no verdaderas» por conferencia. (Foto: EFE)

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), pertenece a la cofradía de los líderes carismáticos latinoamericanos. Son aquellos que, paradójicamente, son muy populares mientras gobiernan a pesar de que encaminan a sus países a la ruina moral y económica. Lo peor es que los funestos efectos de su conducción política persisten largo tiempo. Integran esta nefasta estirpe el argentino Juan Domingo Perón, el venezolano Hugo Chávez y el uruguayo José «Pepe» Mujica.

Max Weber fue el primero en describir este tipo de liderazgo y también quien advirtió acerca de su peligrosidad. Explica que la autoridad de los líderes de esta especie reside en su carisma. Y precisamente, ese es el meollo del asunto y la explicación de por qué pueden ser simultáneamente tan populares y tan nefastos.

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“Debe entenderse por carisma la cualidad que pasa por extraordinaria, condicionada mágicamente en su origen (…) de una personalidad por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, o por lo menos específicamente extra cotidianas y no asequibles a cualquier otro, o como enviado de Dios, o como ejemplar, y en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder”, explica.

Ergo, la fuerza de su atracción cuasi religiosa origina ciega devoción entre sus seguidores porque el carisma se nutre de las emociones. Obedecen sus mandatos porque se le atribuyen ciertas virtudes -aunque no las posea- que derivarán en acciones beneficiosas para el pueblo.

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En consecuencia, parte de la población consiente en ser dominada por ese líder. La gente se deja guiar porque tiene plena confianza en él. Lo valoran sin importa cuáles sean sus auténticas características personales. En cierta manera sus partidarios se enceguecen hasta que la realidad se presenta con brutal crudeza y ya es tarde para enmendar el camino.

Los argentinos, venezolanos y en cierta medida los uruguayos, son testigos de cuánta verdad encierra esa descripción de Weber.

Por su parte el profesor de la Universidad de Kaplan, George A. Sparks, expresa en Charismatic leadership: Findings of an exploratory investigation or the techniques of influence, que el líder carismático logra que las personas se comporten de acuerdo a las pautas de conducta y puntos de vista que él marca, «del mismo modo que el público ante un buen actor es capaz de creerse el papel que representa».

Sin embargo, la gran diferencia entre un actor y un gobernante estriba, es que mientras hay conciencia de que lo que dice el primero es pura ficción sin efectos en la realidad, la gente suele tomar por «verdad» lo que no son más que embustes del gobernante. El mayor agravante es que este tipo de líder engaña para alcanzar ocultos proyectos personales. En ese tipo de discurso las intenciones suelen ir en sentido contrario al que expresan las palabras.

Desde esa perspectiva, si siguiéramos la forma de denominar a los antiguos reyes con epítetos, por ejemplo Felipe «el hermoso», posiblemente el presidente mexicano pase a la historia como López Obrador «el embustero».

Tan mentiroso ha resultado en sus dichos, intenciones y acciones, que ha inducido a especialistas del discurso político a analizarlo y contabilizar sus falsedades.

Lorena Umaña- coordinadora de la carrera de Sociología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)- expresa que AMLO suele combinar argumentos racionales y emocionales. Apela a gesticulaciones, a negar silenciosamente moviendo el «dedito», a dichos y modismos. Mediante la prédica emocional busca generar empatía y solidaridad. Asimismo, es una táctica de evasión para no contestar preguntas incómodas de parte de los periodistas.

Luis Estrada -director de SPIN, una asesoría de comunicación política- ha analizado 89 conferencias de prensa de AMLO. Señala que el mandatario «evade hasta un tercio de las preguntas que le hacen».

Además, con la misma boca con que asevera «yo prefiero el amor y la paz», emite expresiones que incentivan la división de la sociedad, a la que bifurca entre «buenos» (los nuestros) y «malos» (los otros). Por cierto, lo mismo que han hecho Perón, Chávez y Mujica.

Es una estrategia para debilitar a los que podrían oponerse a su programa autoritario. Por eso, con frecuencia utiliza términos peyorativos hacia la prensa libre y los sectores económicamente más independientes.

Amaña señala que para referirse a ellos, apela al mote descalificatorio de «fifí», dando a entender que esos sectores no merecen una respuesta ni consideración. Pero en realidad, es una táctica para evitar responder a aquello que no le conviene. A este tipo de gobernantes no les gusta los periodistas incisivos que podrían ponerlos en aprietos.

La especialista subraya que «es un recurso evasivo de corte emotivo; un argumento que usa un cliché». Además, se sabe por experiencia que cada vez que un gobernante descalifica a la prensa o a parte de la sociedad, incentiva que esos grupos sean atacados -incluso con violencia- por sus simpatizantes.

Esa actitud tan contraria al «amor y paz» que dice profesar, le ha valido que un periodista -en un tenso intercambio- le haya recordado un estudio realizado conjuntamente por Artículo 19 -una organización internacional para la defensa de la libertad de expresión y acceso a la información- y la Universidad ITESO de Guadalajara (México).

Dicho informe recalca que las «declaraciones estigmatizantes (de AMLO) hacia la prensa con calificativos como prensa ‘fifí’ y ‘periodistas chayoteros’ (vendidos) contra cualquier voz crítica de su gobierno, puede legitimar e incentivar ataques en contra de las y los periodistas en lo digital, en lo físico y afecta la pluralidad del debate público».

Haciendo caso omiso de ese diagnóstico, AMLO asegura que «jamás vamos a atentar contra la libertad de expresión» al tiempo en que insiste con que «siempre ha existido una prensa conservadora, una prensa fifí. Yo no inventé lo de fifí».

Su actitud nos recuerda la de Mujica cuando era presidente. El «Pepe» dijo que «la mejor ley de prensa es la que no existe» y poco después, impulsó una ley de medios que ha provocado que por primera vez desde el retorno de la democracia, Uruguay haya aparecido con un informe negativo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

Las falsedades y las mentiras lisas y llanas abundan en la oratoria de AMLO. Estrada halló que en cada conferencia hace un promedio de 16 «afirmaciones no verdaderas», que van desde falsedades hasta cosas que no se pueden comprobar. Basándose en las conferencias matutinas diarias que brindó el mandatario entre el 1 y el 5 de abril, Estrada descubrió que realizó 80 «afirmaciones no verdaderas» que incluyen datos falsos y promesas que no se puede saber si se cumplirán.

Además, Estrada notó que muchas veces AMLO inventa datos, dado que la información que da en sus conferencias no siempre cuenta con respaldo documental. Así lo comunicó el Instituto Nacional de Transparencia.

Eso fue confirmado por El Economista. Este diario reveló que le pidió al gobierno copia del documento que sustentaba el «plan conjunto para combatir el robo de hidrocarburos en Pemex» que presentó AMLO el 27 de diciembre de 2018, que como se sabe, provocó caos y desabastecimiento.

La respuesta que recibió fue: «el hecho de que el Presidente de la República comunique a la sociedad, a través de conferencias de prensa, comunicados de prensa o mensaje públicos de diferentes materias de interés público no conlleva a establecer la obligación por parte de la Oficina de la Presidencia de la República a poseer el soporte documental respectivo».

¡Lo que les espera a los mexicanos si no reaccionan a tiempo!

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