Política exterior de EE. UU: dos calvos peleando por un peine

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George Kennan
George Kennan, diplomático estadounidense que lideró la contención de la expansión soviética. (Twitter)

La guerra de 74 días entre Argentina y Reino Unido por el territorio de las Malvinas/Falklands, con menos de 3.000 habitantes, costó la vida a 649 argentinos, 255 británicos, y tres isleños. Logró poco y terminó con el retorno de las islas al control británico y la rendición argentina en 1982.

Preguntado sobre la guerra, el brillante escritor y filósofo argentino Jorge Luis Borges respondió ocurrentemente que eran “dos calvos peleando por un peine”.

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Esa original respuesta me vino a la mente mientras consideraba que, desde el colapso de la Unión Soviética, los presidentes de EE. UU. han sido incapaces de articular una política exterior unificada y consistente. Las tensiones geopolíticas de la Guerra Fría, término acuñado por el escritor inglés George Orwell, comenzaron casi al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y los principales adversarios fueron EE. UU. (y sus aliados de la OTAN) y la URSS (y sus Estados satélites).

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Durante ese período, la política exterior de EE. UU. se guió por el intelecto de George F. Kennan y un grupo de colegas conocidos como “los sabios”. Puede decirse que Kennan fue el más notable estratega de la Guerra Fría, que inspiró la Doctrina Truman y la política exterior de EE. UU. de “contención” de la Unión Soviética. En 1946, mientras servía como segundo jefe en la misión de EE. UU. en Moscú, Kennan escribió su famoso Telegrama Largo (más de 5,500 palabras) delineando una nueva estrategia de relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.

Un año después, escribiendo bajo el seudónimo “X”, publicó un artículo en Foreign Affairs explicando por qué la política de Stalin de rodear al mundo capitalista no podía ser maquillada, ni tema de discusión. Kennan argumentó que el expansionismo soviético tenía que “ser contenido por la aplicación hábil y vigilante de represalias en una serie de puntos geográficos y políticos constantemente cambiantes”. Para Kennan, acciones políticas y económicas encubiertas eran las principales herramientas de contención.

En la tradición del realismo político, Kennan enfatizaba la seguridad nacional basada en el principio de balance de poder más que en la escuela idealista de relaciones internacionales basada en lo moral. Según Kennan, los políticos americanos mantenían irreales expectativas utópicas y buscaban plantear a otros demandas morales basadas en conceptos legales y actitudes pusilánimes.

La estrategia de Kennan buscaba tres claros objetivos: contener la expansión soviética, disuadirle de actuar contra intereses americanos vitales y socavar la idea y práctica del comunismo.

Independientemente de los méritos relativos de la visión de Kennan, el caso es que durante casi cinco décadas de Guerra Fría la política exterior americana, bajo diferentes presidencias, mantuvo cohesión intelectual interna y consistencia. Esa cohesión y consistencia finalmente resultaron en la derrota del adversario declarado. La política americana durante la Guerra Fría no fue la de “dos calvos peleando por un peine”.

 

Quizás el nivel intelectual más bajo de la formulación de política exterior pos Guerra Fría fue expresado en 2013 por el presidente Obama. Como reportó David Remmick en un artículo del New Yorker, el presidente, en una muestra de arrogancia napoleónica e ignorancia histórica, dijo que él no necesitaba ninguna gran estrategia: “Yo no necesito ni a George Kennan ahora”, sino los socios estratégicos apropiados. Lamentablemente, el presidente Obama encontró “socios estratégicos apropiados” en Hassan Rouhani en Irán y Raúl Castro en Cuba.

Desafortunadamente, los principios americanos rectores sobre democracia, mercados libres, Gobierno limitado, individualismo, y otros, no son universales. Y los intereses vitales de nuestros adversarios, y en ocasiones incluso los de nuestros amigos, no reflejan los nuestros.

La formulación de una política exterior coherente es un esfuerzo difícil que requiere que los políticos contemplen lo inescrutable. Y alcanzar objetivos nacionales en ocasiones precisa implicaciones desagradables. Winston Churchill, reconociendo que la victoria sobre Alemania nazi requería cooperación, destacó que si Hitler invadía el infierno, él “haría por lo menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”.

Para no encontrarnos peleando por un peine innecesario, es hora de que formulemos y articulemos una estrategia coherente de política exterior moviéndose dentro del arco de lo posible en defensa de nuestros intereses nacionales vitales. Necesitamos a un George Kennan ahora mismo.

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