¿Es Estados Unidos un despotismo democrático?

Estados Unidos entre la barrera de la libertad y de un despotismo democrático.

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En EEUU la burocracia original del Gobierno Federal eran los empleados de solamente tres pequeños Departamentos: Estado, Tesoro y Guerra. (AN)

La idea de despotismo democrático resulta un oxímoron, dos términos opuestos. Pero en “Democracia en América” (1835-1840) Alexis de Tocqueville ofrece una firme descripción del despotismo democrático como “…una red de pequeñas reglas complicadas, mínimas y uniformes, a través de las cuales las mentes más originales y los personajes más enérgicos no pueden penetrar, para elevarse sobre la muchedumbre”.

Bajo el despotismo democrático o blando de Tocqueville, “la voluntad del hombre no se destroza, pero es ablandada, torcida y guiada; los hombres raramente son forzados a actuar, pero continuamente se les restringe actuar”.

El despotismo democrático “…no destruye, pero dificulta existir; no tiraniza, pero reduce, debilita, apaga, embrutece al pueblo, hasta que cada nación es rebajada a meramente un tímido rebaño de animales laboriosos de los que el gobierno es el pastor”.

El despotismo blando no es tan obvio como el duro. Nos da la ilusión de estar en control; nos degrada en vez de perseguirnos. A menudo toma forma de un Estado dentro de un Estado (imperium in imperio) donde una organización interna, como las fuerzas armadas, agencias de seguridad o instituciones administrativas se desarrollan más allá del control efectivo del liderazgo político civil.

Por ejemplo, históricamente los esfuerzos para separar Iglesia y Estado se basaron en la percepción de que la Iglesia podría convertirse en un imperio dentro del imperio, minando el liderazgo civil. Otros ejemplos: en la Unión Soviética, el aparato de seguridad (KGB) se consideraba un Estado dentro del Estado. Igualmente, su sucesor, el Servicio de Seguridad Federal (FSB) de la Federación Rusa. Y, en EEUU la burocracia gubernamental es a veces descrita como ejemplo contemporáneo de Estado dentro del Estado.

La moderna definición de burocracia viene del sociólogo alemán Max Weber quien, en los años 1920 la definió como cualquier sistema de administración conducido por profesionales de acuerdo a reglas fijas. Y, aunque Weber consideraba las burocracias necesarias en un mundo moderno, también advirtió que la burocratización era una amenaza a las libertades individuales, donde las personas serían atrapadas en impersonales “jaulas de hierro” de controles basados en reglas.

Las burocracias también se caracterizan por crecer continuamente. En EE. UU. la burocracia original del Gobierno Federal eran los empleados de solamente tres pequeños Departamentos: Estado, Tesoro y Guerra. Hoy la actividad federal emplea casi 3 millones de personas. La antigua KGB soviética empleaba un funcionario por cada 428 ciudadanos. En la actual Rusia “más libre” el FSB emplea uno por cada 297.

Tocqueville advirtió en 1835 sobre un degradante despotismo democrático de “pequeñas reglas complicadas”; ¿qué hubiera dicho hoy? Durante los últimos años de la administración de George W. Bush las regulaciones administrativas aumentaron dramáticamente, y en los primeros siete años de Obama se añadieron más de 20,600 nuevas, con un estimado de costos regulatorios superior a USD $100,000 millones anuales.

Conceptualmente, las regulaciones gubernamentales representan una vía para que las personas dejen de manejar sus propios asuntos y entreguen esas tareas a una agencia gubernamental.

De acuerdo a Tocqueville, un subproducto de entregar el manejo de nuestros asuntos a una institución gubernamental es que nos convertimos en incompetentes seleccionando buenos líderes. Así, las regulaciones gubernamentales arruinarían el experimento americano al combinar flaquezas de gobernantes con debilidades de gobernados.

Este paternalismo regulatorio personifica la filosofía de que no se puede confiar en que las personas tomen buenas decisiones, requiriendo que el gobierno imponga su criterio sobre las decisiones voluntarias que personifican nuestras necesidades y preferencias. Algunas regulaciones son necesarias e inherentes al Estado de derecho: son imprescindibles regulaciones para proteger los niños y los discapacitados para tomar decisiones razonables. Pero las políticas regulatorias deben verse con extraordinaria suspicacia y utilizarse mesuradamente.

Afortunadamente, parece que finalmente entendimos que el despotismo blando de las regulaciones socava el concepto mismo de responsabilidad personal. En enero 2017 el presidente Donald Trump firmó una Orden Ejecutiva obligando a las agencias gubernamentales a abolir dos regulaciones por cada nueva que implantaran. El presidente ha reportado actualmente un índice de éxito de 22 regulaciones eliminadas por cada nueva promulgada.

La medida se está publicitando como un éxito económico. Es mucho más que eso. Es la restauración de libertades individuales.

 

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