Democracia liberal y libre albedrío

Las democracias liberales consideran la libertad individual como valor fundamental, aunque el liberalismo no está exclusivamente asociado a la democracia.

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El liberalismo es un modelo de libertades políticas y económicas que muchas veces coincide con la democracia, pero no exclusivamente.(Foto: Flickr)

La democracia liberal es un sistema político que se distingue no solamente por elecciones libres y justas sino también por el Estado de derecho, separación de poderes, y la protección de nuestras libertades fundamentales de expresión, reunión, religión y propiedad. Las democracias liberales consideran la libertad individual como su valor fundamental. Sin embargo, un creciente número de regímenes democráticamente electos ignora los límites constitucionales de su poder, y rutinariamente restringen las libertades individuales de sus ciudadanos.

Los académicos definen esos regímenes como democracias “iliberales”, y se preguntan si reflejan un autoritarismo innato presente en una población de votantes atraída por líderes autoritarios. ¿Existe algo como un votante autoritario?

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El liberalismo es un modelo de libertades políticas y económicas que muchas veces coinciden con la democracia, pero el liberalismo no está explícitamente vinculado a la práctica de la democracia. El liberalismo existe teórica e históricamente separado de la democracia. Además, definiciones categóricas en esta área pueden ser engorrosas si consideramos que Suecia tiene un sistema económico que restringe derechos de propiedad, Francia ha tenido monopolio estatal de la televisión, e Inglaterra tiene una religión establecida.

En la víspera de las elecciones bosnias de 1996 que buscaban restaurar la vida cívica en ese país destrozado por la guerra, el diplomático americano Richard Holbrooke señalaba: “supongamos que las elecciones sean declaradas libres y justas, y que los electos sean racistas, fascistas y separatistas: ese es el dilema”.

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En Hungría el Primer Ministro Viktor Orban colocó el concepto de democracia “iliberal” en el centro de sus aspiraciones políticas. El objetivo de su partido era crear un estado “iliberal”, que no hiciera del liberalismo el elemento central de la organización estatal, sino que “en su lugar incluya un enfoque diferente, especial, nacional”. Rechazó controles y balances, y promovió nacionalismo y separatismo. Similarmente, el parlamento iraní, que es electo más libremente que la mayoría de los parlamentos en la región, impone severas restricciones a las libertades individuales de los ciudadanos.

Claramente, las elecciones en esos regímenes, y en otros, no son tan libres y justas como en las democracias occidentales maduras, pero reflejan participación popular en la política y apoyo a los electos. Además, el rango de democracias “iliberales” varía desde las aproximadamente democracias liberales hasta aquellas que son casi abiertas dictaduras.

Las democracias “iliberales”, no parecen ser una etapa transicional de democracia. Fareed Zakaria ha señalado que “pocas democracias “iliberales”, han madurado en democracias liberales; y frecuentemente se mueven hacia un “iliberalismo” intensificado”. Muchos países están optando por gobiernos que mezclan factores electorales de la democracia con “iliberalismo”. Las democracias liberales occidentales no son su modelo. Gobiernos “iliberales”, democráticamente electos, presumen tener el mandato para actuar como consideren necesario, siempre y cuando realicen elecciones regularmente. El liberalismo constitucional puede llevar al gobierno democrático, pero la democracia electoral no necesariamente lleva al liberalismo constitucional.

En su último libro, “21 lecciones para el siglo 21”, el historiador israelí Yuval Noah Harari explora la historia liberal y destaca que la autoridad gubernamental deriva finalmente de nuestro libre albedrío expresado en nuestros sentimientos políticos y decisiones. Arguye que las elecciones siempre son sobre sentimientos humanos y no racionalidad humana. Provoca al lector destacando que existe amplia evidencia de que algunas personas son mucho más política y económicamente conocedoras que otras. Entonces, “si la democracia fuera cuestión de decisiones racionales, no habría razón para dar a todos iguales derechos como votantes – o quizás ni siquiera algún tipo de derecho como votante”.

Harari argumenta que las elecciones no son sobre lo que pensamos, sino sobre lo que sentimos. La democracia descansa en sentimientos humanos derivados de nuestro misterioso libre albedrio. Nuestro libre albedrío es la fuente final de autoridad, y aunque algunos sean más conocedores que otros, todos poseemos libre albedrío. Consiguientemente, todos tenemos derecho a votar.

La democracia liberal ve al individuo como agente autónomo tomando constantemente decisiones basadas en sentimientos. Pero movimientos “iliberales” pueden apropiarse de nuestros sentimientos. Quizás esto explica el ascenso de democracias “iliberales”. Anaïs Nin lo escribe así: “No vemos las cosas como son; las vemos como somos”. Y yo añado que podríamos ser votantes autoritarios.

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