Colombia: Los francotiradores (militares y políticos) de las FARC

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Las FARC son ya el cartel más grande de Colombia. (Telesur)
Las FARC son ya el cartel más grande de Colombia. (Telesur)

El “Plan Renacimiento”, fue un estrategia dada a conocer en 2009, que se adjudica a alias Alfonso Cano, un cabecilla principal de las FARC. Tal documento, cuyo título reconoce tácitamente que la organización estaba, si no muerta, agonizante, ordenó varias acciones a desarrollar en el aspecto armado.

Una importante, la adquisición de misiles tierra-aire para tratar de contrarrestar el dominio militar aéreo del Estado, el cual, finalmente, acabó con la vida del propio Cano en un bombardeo en 2011 en Cauca, área fronteriza con Ecuador, desplazó a los ahora repotenciados sobrevivientes del Secretariat a Venezuela, Ecuador, Panamá y Brasil y los obligó a apretar el botón rojo secreto que siempre los ha mantenido comunicados con el alto Gobierno de turno.

Una segunda actividad específicamente recomendada fue la del entrenamiento y empleo de francotiradores, operación táctica actualmente en plena aplicación, a pesar del anuncio de suspensión de acciones armadas por parte del grupo terrorista. Junto con los francotiradores, los campos minados y otras actividades políticas, ayudarían a resucitar a la, para entonces, decaída organización.

One shot, one kill”, es el lema de los francotiradores o “snipers” norteamericanos, y pocas acciones resultan tan perjudiciales en el campo de combate como la de estos especialistas: un solo hombre, bien entrenado y equipado adecuadamente, puede detener el avance de las tropas al tiempo que genera un tren logístico cargoso y una evidente desmoralización.

Con una psique muy particular —solitario, de sangre fría, autosuficiente, con alma de asesino y cerebro maquinal—, forman parte de la élite de todas las organizaciones armadas del mundo. Tanto en la guerra convencional como en la irregular, en la guerra urbana —¿recuerdan Stalingrado?— como en la rural —¿vieron la película El Francotirador?— estos letales expertos logran ser tan efectivos como exasperantes y muchas veces logran, además de asesinar una o varias personas, ocasionar reacciones iracundas y desmedidas que concluyan en actos desastrosos como en el caso del asesinato de mas de 400 civiles de la aldea de My Lai, en mayo de 1968, por cuenta de una compañía de Infantería norteamericana, después de un continuo y sistemático asesinato de sus soldados desde las sombras. Fue la peor masacre de la guerra de Vietnam.

La ejecución de soldados y policías en Catatumbo y Cauca por cuenta de estos guerrilleros de las FARC y la referencia poco amable del Presidente de que “a los soldados colombianos los están matando como patos”, lleva a preguntarse qué técnica y qué táctica se pueden utilizar contra estos terroristas que con cara de yo no fui, se camuflan entre la cotidianidad de la comunidad mientras obtienen la inteligencia necesaria para luego, literalmente, “volarle los sesos” a un policía o a un soldado desprevenidos.

Contra-francotiradores seria lo mas eficiente pero, en la realidad, solamente un estricto control de área puede minimizar tal riesgo y control de área y de personas es lo que, precisamente, ejercen las FARC en territorios de Putumayo, Caquetá, Cauca, Nariño y Norte de Santander, entre otras regiones, en donde mayormente han crecido los cultivos de coca. Los francotiradores de las FARC, entonces, no son sicarios por ideología sino por utilidad, es decir están inmersos en esa realidad que algunos llaman “capitalismo salvaje”.

Combinados con los campos minados, otra pesadilla operacional, estos asesinos fantasmales han sido el mejor recurso de los terroristas para prevenir, retardar o desviar el avance de las unidades militares y policiales antinarcóticos que buscan extirpar cultivos de coca y demoler centros de procesamiento de cocaína.

Sin prisa pero sin pausa, los francotiradores de las FARC mantienen a raya a policías y soldados que intenten ingresar a sus dominios a dañarles el negocio: y es que sin aspersión aérea, con o sin glifosato, cualquier campaña de erradicación manual continuará siendo afectada por francotiradores y minas, de donde resulta poco práctico retomar la erradicación terrestre que ha dejado centenas de muertos y amputados mientras los cultivos crecen incontenibles.

¿Son instrucciones desde La Habana? Opino que sí. En la isla se están jugando con todo y como lo acaba de declarar un informe elaborado en la capital castrista por el comité de estudio sobre el narcotráfico como delito conexo, las FARC son la organización con la mayor participación y control del negocio en Colombia, con una vinculación directa en todas las fases de la cadena del narcotráfico. Los Estados Unidos la consideran uno de los narcocarteles principales del mundo.

Llama la atención que muchas de las víctimas de francotiradores en el Catatumbo se adjudiquen al ELN. ¿Están las FARC asesorando a esta banda con pretensiones cristianas e imbuida en una Teología de la Liberación bastante radical?

Es correcto, me dicen algunas fuentes de inteligencia: le están prestando francotiradores y le están entrenando los suyos, en una de las zonas de mayor crecimiento de los cultivos de coca, justo en la frontera con Venezuela, cobijo y abrigo de las cuadrillas de ambas organizaciones. Además existe una alianza estratégica FARC-ELN para arrinconar al Gobierno de turno, que muchos tildan de claudicante, y obtener los mejores réditos posibles de una negociación sobre la que la opinión pública, después de cuatro años, sigue siendo escéptica.

Pero es que no solo los francotiradores equipados con fusiles rusos Dragunov calibre 7,62×51 mm NATO, efectivos hasta a 800 metros –los quintos mejores en estos menesteres según publicaciones especializadas, después de los fusiles de precisión norteamericanos, británicos y alemanes, por supuesto–, contienen y retardan el avance de las tropas constitucionales. “Hay otros francotiradores que desde diversos sectores de la sociedad paralizan y desmoralizan a los militares” me enfatiza otro analista.

“Quintacolumnistas infiltrados que desencadenan acciones judiciales desproporcionadas e ilegitimas, parte de una guerra jurídica contra las Fuerzas Militares, que se oficializó entre el Ministro de Defensa y la Fiscalía durante el Gobierno del presidente Uribe. Los soldados no saben a qué temerle más, si a los francotiradores en el teatro de operaciones o a los fiscales y jueces en los despachos de la desacreditada justicia colombiana” me insiste el estudioso, en la que solamente un 13% de los colombianos confía, según encuestas recientes, le añado.

Así marcha la dinámica político-militar en Colombia, con un Gobierno vacilante que dice no pero termina diciendo si y unas FARC saboreando triunfos políticos significativos que no lograron en mas de cincuenta años de guerrilla en el monte. Todo esto, mientras la opinión pública se muestra pesimista y cree en un 70% que las cosas no van bien, en un 80% que la inseguridad está empeorando, desaprueba en un 70% la gestión del Presidente y un 66 % considera que la negociación va por mal camino (Gallup). Entorno político ideal para la acción de los terroristas de cualquier pelambre.

Mientras los tejemanejes habaneros aumentan la incertidumbre y el hastío, los francotiradores de las FARC y sus subordinados del ELN, seguirán eliminando soldados y policías y manteniendo a raya la amenaza estatal contra su millonario negocio. Y no es seguro que esta situación cambie después que firmen próximamente un documento en La Habana, porque lo del narcotráfico es una realidad contante y sonante y el resto son promesas.

Este artículo fue publicado originalmente en Confidencial Colombia.

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