El terraplanismo económico

Los “terraplanistas económicos” continúan aferrados a la insostenible teoría de la explotación

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En la economía capitalista la explotación, si es que existe, se da por medio de relaciones de intercambio. (Flickr)

Los terraplanistas son un grupo de la franja lunática, integrado por los que están convencidos de que la tierra es plana. Hacen parte también de esa franja los creacionistas y los partidarios de la teoría del universo estacionario. En su momento, todas esas teorías fueron refutadas, desechadas por los científicos y abandonadas por la inmensa mayoría de las personas del común. Subsisten por obra y gracia de pseudocientíficos, predicadores y otros encantadores de incautos, pero completamente al margen de la ciencia.

Lo que llamaremos “terraplanismo económico”, aunque ha sido casi completamente desechado por la economía académica, no solo subsiste entre muchos practicantes de disciplinas como la sociología, la historia y la ciencia política, sino que hace parte del discurso de los populistas de todos los pelambres, discurso acogido sin beneficio de inventario por buena parte de la población, especialmente en esas épocas de crisis o dificultades económicas que periódicamente afectan a todos los países.

El elemento central de “terraplanismo económico” es la creencia de que la desigual “distribución del ingreso” es la fuente de todos los males de la sociedad. En su forma más extrema –y más ampliamente difundida– es la creencia según la cual la prosperidad de algunos se hace a expensas de la miseria de la mayoría. Esto procede de Karl Marx, es la llamada “ley de la miseria creciente del proletariado”, ostensiblemente desvirtuada por la historia.

La fuente de todas las confusiones del “terraplanismo económico” procede de la teoría de la explotación formulada a mediados del siglo XIX y cuyo principal exponente es Marx. Entonces, como ahora, la explicación de la distribución de la producción en términos de explotación resulta muy atractiva por su aparente simplicidad.

No hay producción sin trabajo. Todos los bienes económicos son producto del trabajo. En las sociedades de clases los productores directos –esclavos, siervos o proletarios– no recibe la totalidad del producto creado por ellos, pues los arreglos institucionales permiten que las clases no trabajadoras –amos, señores o capitalistas– se apropien de una parte del producto. En la sociedad capitalista, la institución de la propiedad privada da a los capitalistas el poder de disponer de los medios de producción y de forzar, por tanto, a los obreros, mediante el contrato de trabajo, a vender su fuerza de trabajo solo por una parte de lo que pueden producir. El capitalista se apropia del resto como una ganancia que obtiene sin esfuerzo alguno.

El anterior es el enunciado de la teoría de la explotación. En una economía esclavista o en una economía feudal la realidad de la explotación parece evidente y se deriva enteramente de las relaciones de poder. El amo es dueño del esclavo y por tanto del producto de su trabajo; el señor feudal es dueño de la tierra y puede imponerle al siervo de la gleba la obligación de pagarle en trabajo o en especie por permitirle cultivar una porción de tierra para su propio sustento. No es así en la economía capitalista. El obrero no es propiedad del capitalista, quien tampoco puede imponerle por la fuerza la obligación de trabajar en su fábrica.

En la economía capitalista la explotación, si es que existe, se da por medio de relaciones de intercambio. Eso lo entendió cabalmente Marx. También entendió que la explotación no puede ser el resultado de relaciones de intercambio contingentes y arbitrarias en la que una parte impone a la otra su voluntad y que pueden dar lugar a que “el salario sea inferior al valor de la fuerza de trabajo”. La realidad de la explotación debe surgir de una teoría del valor general y abstracta que explique las relaciones de intercambio o, lo que es lo mismo, los precios relativos en lo que se denomina condiciones de competencia perfecta o de lo que Marx llama el “análisis general de capital”[1].

El punto de partida es pues la teoría del valor. Marx arranca su investigación con el análisis de la mercancía. Indica que la mercancía es, en primer lugar, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, una cosa útil o, en su terminología, un valor de uso. Luego señala que los valores de uso son el contenido material de la riqueza en cualquier tipo de sociedad y en la sociedad capitalista son, además, el soporte material del valor de cambio, es decir, de la relación cuantitativa en la que se cambian los diversos valores de uso.

El valor de cambio de cualquier mercancía, es decir, la cantidad de cualquier otra por la cual puede cambiarse, depende de la cantidad relativa de trabajo requerida para su producción. Naturalmente, no se trata de los trabajos concretos, sino de lo que queda después de prescindir del carácter concreto de la actividad productiva, de la utilidad del trabajo, es decir, del gasto de fuerza humana de trabajo. Por tanto, para Marx el valor de la mercancía solo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano puro y simple. En este punto, Marx llega al problema de la transformación de los trabajos concretos en ese trabajo homogéneo sin el cual es imposible determinar los valores de cambio y determinar la plusvalía. Marx cree resolver el problema con el siguiente razonamiento:

“el valor de la mercancía solo representa trabajo humano, gasto de trabajo humano pura y simple (…) El trabajo humano es el empleo de esa simple fuerza de trabajo que todo hombre común y corriente, por término medio, posee en su organismo corpóreo sin necesidad de una especial educación. El trabajo simple medio cambia, indudablemente, de carácter según los países y la cultura de cada época, pero existe siempre, dentro de una sociedad dada. El trabajo complejo no es más que el trabajo simple potenciado o, mejor dicho, multiplicado: por donde una pequeña cantidad de trabajo complejo puede equivaler a una cantidad grande de trabajo simple. Y la experiencia demuestra que esta reducción de trabajo complejo a trabajo simple es un fenómeno que se da todos los días y a todas horas. Por muy complejo que sea el trabajo a que debe su existencia una mercancía, el valor la equipara en seguida al producto del trabajo simple, y como tal valor sólo representa una cantidad de trabajo simple”[2].

Este razonamiento, que parece muy convincente, no es más que un ardid teórico. El valor del producto de un día de trabajo de un economista puede ciertamente equipararse al valor del producto de cinco días de trabajo de un obrero no calificado. Y se puede decir, por tanto, que un día de trabajo del economista equivale a cinco días de trabajo del obrero. Pero para hacer esto es necesario conocer justamente el valor de sus productos o las remuneraciones de uno y otros. Ciertamente, como dice Marx, esa reducción de trabajo complejo a trabajo simple se da todos los días. ¿Dónde y cómo se da esa reducción? No puede ser en otro lugar que en el mercado y en el intercambio a precios de mercado de los productos del trabajo del economista y del obrero no calificado. Es decir, tenemos que suponer conocida la relación de intercambio para determinar las cantidades de trabajo homogéneo que determinan la relación de intercambio. Racionamiento circular.

La determinación de la plusvalía depende también de otro ardid teórico. La plusvalía es la parte del valor total producido después de descontarle el valor del salario, todas las cantidades medidas en tiempo de trabajo homogéneo:

Plusvalía = Valor del producto – valor del salario

Podemos dar por conocido el valor del producto que no es otra cosa que la duración de la jornada de trabajo. Queda por determinar el valor de salario en tiempo de trabajo para que la operación de la que surge la plusvalía tenga sentido. El salario o valor de la fuerza de trabajo “como el de toda otra mercancía, lo determina el tiempo de trabajo necesario para su producción”, dice Marx. Y añade:

“La fuerza de trabajo solo existe como actitud del ser viviente. Su producción presupone, por tanto, la existencia de éste. Y partiendo del supuesto de la existencia del individuo, la producción de la fuerza de trabajo consiste en la reproducción o conservación de aquel. Ahora bien, para su conservación, el ser viviente necesita una cierta suma de medios de vida. Por tanto, el tiempo de trabajo necesario para producir la fuerza de trabajo viene a reducirse al tiempo de trabajo necesario para la producción de esos medios de vida; o lo que es lo mismo, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de su poseedor”[3].

Los medios de vida son un conjunto de cosas heterogéneas: pan, huevos, leche, etc. En breve, una canasta de bienes y servicios que suplen las necesidades de los obreros y sus familias. Para conocer su valor es preciso conocer los precios de las cosas que la conforman. Y conocido el valor de la canasta, es preciso conocer el salario nominal por unidad de tiempo de trabajo y poder así determinar el valor del salario en tiempo de trabajo homogéneo. Una vez más estamos ante un razonamiento circular.

Aun suponiendo resueltos los problemas planteados y “creyendo” que los precios relativos dependen de las cantidades relativas de trabajo, queda el problema mayor, inicialmente señalado por Böhm-Bawerk, de la contradicción entre la teoría de los precios del Tomo I de El capital y la desarrollada en el Tomo III. Este asunto puede ilustrarse fácilmente con la tabla siguiente, similar a la que presenta Marx en el capítulo IX del tomo III de El capital, donde aborda el problema de la transformación de los valores en precios de producción.

Hay cinco ramas de producción con composición orgánica diferente. La tasa de plusvalía y la tasa de ganancia son las mismas en todas las ramas. Las diferencias en la composición orgánica hacen que los precios de producción difieran de los valores en todas las ramas, salvo en aquella cuya composición orgánica es similar a la composición orgánica del capital agregado.

A Marx parece no preocuparle que los precios de producción y los valores difieran sustancialmente, de tal suerte que las relaciones de intercambio no estén regidas en lo absoluto por las cantidades relativas de trabajo. Señala que, cualquiera sea el modo en que se regulen los precios, la “ley del valor preside el movimiento de los precios, ya que al aumentar o disminuir el tiempo de trabajo necesario para la producción los precios de producción aumentan o disminuyen (…) la ganancia media, que determina los precios de producción, tiene que ser siempre, necesariamente, igual a la cantidad de plusvalía que corresponde a un capital dado como parte alícuota del capital de toda la sociedad”[4].

El hecho de que la ley del valor no regule las relaciones de intercambio no parece ser un problema para Marx, quien lo escamotea con el argumento peregrino de que tomadas en conjunto las mercancías cambiadas la suma de los valores es igual a la suma de los precios de producción. Al respecto, la crítica de Böhm-Bawerk es contundente:

“¿Cuál es, en realidad, la función de la ley del valor? No creemos que pueda ser otra que la de explicar las relaciones de cambio observadas en la realidad. Trátase de saber por qué en el cambio, por ejemplo, una chaqueta vale 20 varas de lienzo, por qué 10 libras de té valen media tonelada de hierro, etc. Así es como Marx concibe la función esclarecedora de la ley del valor. Y es evidente que solo puede hablarse de una relación de intercambio cuando se cambian entre sí distintas mercancías”[5].

Y más adelante:

Ante el problema del valor, los marxistas empiezan contestando con su ley del valor, consistente en que las mercancías se cambian en proporción al tiempo de trabajo materializado en ellas. Pero más tarde revocan esta respuesta –abierta o solapadamente– en lo que se refiere al cambio de mercancías sueltas, es decir, con respecto al único campo en que el problema del valor tiene sentido, y solo la mantienen en pie en toda su pureza con respecto al producto nacional tomado en su conjunto, es decir, con respecto a un terreno en el que aquel problema no tiene sentido[6].

Los marxistas han puesto mucho trabajo y empeño en la solución de lo que se ha denominado el problema de la transformación. Ninguna de las “soluciones” hasta ahora aportadas ha dado respuesta a la crítica de Böhm-Bawerk. Es curiosa la insistencia de los marxistas en la teoría del valor, cuando el propio Marx reconoce que su ley del valor carece de vigencia en la economía capitalista. El texto en cuestión es especialmente significativo y merece ser citado en toda su extensión:

“El cambio de las mercancías por sus valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una fase mucho más baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista. (…) Prescindiendo de la denominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, no solo es teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mundo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano”[7].

Es decir, la ley del valor, fundamento de la teoría de la plusvalía y por tanto de la teoría de la explotación en el régimen de producción capitalista, deja de regir justamente con el advenimiento de ese régimen de producción. Engels lo admite de una forma casi candorosa:

“En otros términos: la ley del valor de Marx rige con carácter general, en la medida en que rigen siempre las leyes económicas, para todo el período de producción simple de mercancías; es decir, hasta el momento en que ésta es modificada por la forma de producción capitalista. Hasta entonces los precios gravitan con arreglo a los valores determinados por la ley de Marx y oscilan en torno a ellos (…) la ley del valor (…) tiene, pues, una vigencia económico-general, la cual abarca todo el período que va desde comienzos del cambio (…) hasta el siglo XV de nuestra era. Y el cambio de mercancías data de una época anterior a toda la historia escrita (…) la ley del valor rigió, pues, durante un período de cinco a siete mil años”[8].

El intercambio de mercancías con arreglo a las cantidades relativas de trabajo solo se da en lo que Smith llamara “el estado primitivo y rudo de la sociedad que precede a la acumulación del capital y la apropiación de la tierra”. En la economía capitalista, la teoría del valor trabajo no explica los precios relativos cuando la relación capital trabajo o la composición orgánica del capital, como la denomina Marx, es diferente en las distintas ramas de la producción. Si las relaciones de intercambio no están determinadas por las cantidades relativas de trabajo, la teoría de la explotación carece de todo fundamento. Los marxistas, sin embargo, no quieren darse por enterados.

La moderna teoría del valor y de los precios explica cómo los ingresos monetarios de los productores, trabajadores, rentistas y de todo el que participa en la vasta red de intercambios de la economía dependen de la configuración de los precios que gobiernan esos intercambios. Los ingresos no se distribuyen, sino que se ganan participando en esos intercambios cuando tenemos un bien o un servicio que tenga valor para los demás. Los “terraplanistas económicos” no entienden o no quieren entender esa teoría y continúan aferrados a la insostenible teoría de la explotación.

El terraplanismo del mundo natural, aunque fastidioso, no muy nocivo, pues solo afecta las mentes de algunos incaustos. El “terraplanismo económico” sí lo es en grado sumo porque puede afectar la conducta y las actitudes de millones de personas frente a las instituciones económicas del capitalismo sobre las cuales reposa nuestro bienestar y toda la civilización moderna.


Bibliografía

Böhm-Bawerk. (1884,1986). Capital e interés. Fondo de Cultura Económica, México, 1986.

Cuevas, Homero. (2003). Valor y sistema de precios. Universidad Nacional, Bogotá, 2003.

Marx, Karl. (1867,1971). El capital. Contribución a la crítica de la Economía Política. Tomo I. Fondo de Cultura Económica, México, 1971.

Marx, Karl. (1894,1971). El capital. Contribución a la crítica de la Economía Política. Tomo III. Fondo de Cultura Económica, México, 1971.

 

[1] Marx, C. (1894,1971). Tomo III. Página 235.

[2] Marx, C. (1867,1971). Página 11-12.

[3] Marx, C. (1867,1971). Página 124.

[4] Marx, C. (1894,1971). Tomo III. Páginas 183-184.

[5] Böhm-Bawerk, E. (1921,1986). Página 460.

[6] Böhm-Bawerk, E. (1921,1986). Página 461.

[7] Marx, C. (1894,1971). Tomo III. Páginas 183-184.

[8] Citado en Cuevas, H. (2003). Página 61-62.

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