Cómo la Iglesia católica creó nuestro mundo liberal

La secularidad, la prevalencia de la familia monógama sobre la tribu polígama e incestuosa, formaron un quiebre histórico que permitió mayor paz, prosperidad y justicia.

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La importancia de la familia, la prohibición del incesto, el incentivo de la monogamia y la secularización permitieron que el capitalismo naciera. (Pixabay)

Cómo la iglesia católica creó nuestro mundo liberal se titula el ensayo que compila dos estudios académicos que, partiendo de premisas distintas, llegaron a la misma conclusión: lo que distingue la cultura de tolerancia, pensamiento individual y cuestionamiento al autoritarismo es el catolicismo.

Tanner Greer, experto en ciencia conductual, pensamiento estratégico y política asiática, explica cómo el equipo de investigación de Cultura, Cognición y Coevolución de la Universidad de Harvard descubrió rasgos distintivos en la mecánica de pensamiento, tanto de los europeos occidentales como en sus descendientes de América y Oceanía. Vincularon a esto la invención del capitalismo y el liberalismo en Europa occidental a la Iglesia católica medieval.

Determinaron que acorde entre más temprana fue la fundación católica de una nación, era más fácil predecir cómo es hoy la mentalidad cívica, individualista y el grado de confianza en los demás.

Por ejemplo, en los países donde se estableció un obispado católico en el siglo séptimo, había un mayor grado de las cualidades ya mencionadas.

A cargo del programa de investigación está el economista Jonathan Schultz, y junto a su equipo llevaron a cabo 20 experimentos interculturales (incluidos varios experimentos «naturales», como la posibilidad de que un diplomático pida inmunidad para evitar una sanción) para hacer un bosquejo psicológico de la mente occidental.

A través de una seria de preguntas sobre innovación, confianza y justicia, comprobaron que los occidentales tienden a estar dispuestos a confiar en extraños, castigar a quienes rompen las reglas y tratar a los amigos y familiares de manera imparcial.

Para resaltar cómo esta conjunción de cualidades es excepcional entre los occidentales del mundo, ha surgido un concepto en la psicología denominado W.E.I.R.D. que significa «raro» en inglés. Las letras desglosadas significan (traducido): occidental, educado, industrial, rico y desarrollado.

A menudo el término evolución y catolicismo surgen como contrapuestos, pero fue un profesor de biología evolutiva de Harvard, Joe Henrich, quien resaltó la transmisión cultural y las normas sociales instauradas por el catolicismo en el término «W.E.I.R.D» durante la presentación «Cómo los occidentales se volvieron individualistas, pacientes y prósperos».

Pese a los distintos grados de la presencia de estas características en cada país, un rasgo común es la estructura familiar como eslabón que conecta el catolicismo con la confianza social.

Hoy en día se pasa por alto obviedades que a la humanidad le tomó siglos desarrollar sin un consenso moral previo. Cuestiones como la monogamia, el rechazo al incesto y la salida de los hijos de la casa familiar luego de casarse o incluso al llegar a la adultez son posteriores a la incorporación del catolicismo en las sociedades. Para corroborarlo, basta con observar cómo fuera del mundo de base católica sucede lo opuesto.

En la China imperial, por ejemplo, era común que los hijos de una familia, y sus esposas, hijos y concubinas, convivieran con sus padres en comunidad hasta que ambos padres hubieran fallecido (las hijas iban a vivir con los suegros).

Hasta ahora, las culturas que aceptan la poligamia son más comunes que las que lo prohíben. Muchos matrimonios son coordinados sin el consentimiento de los involucrados y a menudo entre familiares, algo inconcebible en una sociedad de base católica, sobre todo en la actualidad.

No es meramente un contraste. La investigación de Schultz explica que esta forma de estructurar las sociedades crea un tipo de organización social, así como líneas de sucesión patrimonial. También influye sobre el sistema de justicia, puesto que tiene formas de jerarquización en la manera de juzgar y arbitrar.

Asimismo, las retribuciones (e incluso venganzas), según la forma de tribu, clan o linaje, pueden castigar colectivamente al clan rival o al linaje en disputa, etc. De modo que pueden pagar justos por inocentes, solo por ser pariente de un acusado.

Entonces remarca lo mucho que los occidentales deben agradecer a la Iglesia católica. Pues con el fin del sistema de clanes se instauró la doctrina que prohibió el incesto y se adoptó el concepto católico de matrimonio a partir del Sínodo de Agde a principios del siglo VI.

A finales del siglo VII, los códigos legales merovingios, visigodos y lombardos favorecían el matrimonio católico y prohibían el incesto. Es decir, un siglo después de lo propuesto, la Iglesia ya logró adhesión de los principales reinos, dado que ofrecía un sistema de cohesión social que reducía la violencia mientras procuraba la paz y prosperidad, al igual que la salud al haber menos hijos frutos de endogamia.

El principal referente de esta transición fue Carlomagno. Logró que los europeos occidentales dejaran de verse entre sí como parientes y pasaron a ser vecinos, puesto que le dio a la Iglesia la potestad de entrevistar a los novios antes de casarse para desprender por completo la influencia de los clanes y afirmar que no había un lazo sanguíneo cercano entre los cónyuges.

En cuanto a la parte económica como promotor de la prosperidad, el historiador económico Jared Rubin, codirector del Instituto de la Religión, Economía y Sociedad, especializado en el Medio Oriente y Europa Occidental,  en su reciente libro Reglas, religión y riquezas: por qué Occidente se hizo rico y Oriente Medio no, sostiene que la posición única de la Iglesia católica en la sociedad medieval europea determinó la trayectoria única de la economía moderna de Europa.

Contrasta a líderes como Carlomagno, que se respaldaron en el clero para prohibir los matrimonios plurales y lograr una cohesión de sucesión patrimonial lineal con los gobernantes de Bizancio y Oriente Medio que también se apoyaron en los líderes religiosos como fuentes de legitimidad política. La principal diferencia, además de la poligamia de oriente, es que la influencia del clero fue mayor y se inmiscuía en la política y economía, al punto que frustró avances tecnológicos.

Mientras que en Occidente los estudios de caso de Rubin destacan la invención de la banca moderna y la imprenta. En ambos casos, los líderes religiosos de Europa y Oriente Medio se opusieron a la difusión de estas nuevas tecnologías. Solo en Europa occidental se ignoraron las protestas de los eclesiásticos, pues su influencia no era lo suficientemente fuerte como para prevenirlo. Así, los cimientos del comercio moderno se establecieron en la relación única entre la Iglesia católica y los estados católicos.

A diferencia del Islam, que nació con la conquista militar y está estrechamente vinculado al poder político, el cristianismo comenzó como la religión de una minoría perseguida. La distinción de lo que es del César y lo que es de Dios no era compatible con el califato islámico. Es decir, desde la base, hay una raíz secular en el cristianismo en beneficio de Occidente.

Fue precisamente cuando ciertos líderes políticos, en particular quienes venían de la tradición oriental del recientemente desintegrado Imperio Romano Oriental, pretendían vincular al mundo cristiano bajo un solo mandato político que la Iglesia sufrió una gran división y por tanto influencia política.

Así sucedió la crisis de la investidura, el papado de Aviñón, la marcha de Carlos VIII en Roma y, finalmente, la reforma protestante.

Según lo propuesto por Rubin, estos eventos tienen más que un significado religioso. Al rechazar la ampliación del poder de los eclesiásticos, los reyes de Europa tuvieron que recurrir a otros lugares en busca de apoyo.

Se dirigieron a un nuevo grupo social que pudo surgir en Europa: los comerciantes. Los monarcas recibieron el apoyo de los comerciantes y a cambio facilitaron legalmente la ampliación del comercio. Esta transición dio lugar a lo que sería la revolución capitalista de Europa occidental.

Aunque las investigaciones de Rubin y Schultz apelaron a mecanismos diferentes, llegaron a una premisa común, el capitalismo y el liberalismo son los pilares gemelos sobre los cuales se construyó el mundo moderno. Y ambos fueron construidos, inconscientemente, por los sacerdotes y papas de la Iglesia católica medieval.

Y esto Karl Marx lo sabía bien. Incluso el Manifiesto Comunista pide abiertamente la «¡abolición de la familia!»

Por eso en su obra y a través de sus sucesores ataca a todo lo que compone este sistema único. No solo en su rechazo frontal a la religión, sino en los postulados escritos por él y su colega Frederich Engels. Proponen el fin del matrimonio y también de la monogamia, puesto que vuelve incuestionable la paternidad de los hijos, que de acuerdo con la teoría marxista, deben ser socializados en comunidad y no dentro de la familia que es una institución burguesa.

Es decir, saben que para destruir el capitalismo es necesario desmoronar la institución que mantiene la propiedad privada, la sucesión patrimonial y consigo la mayor motivación para generar riqueza: la familia.

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