Vamos a «deconstruirnos»…en serio

Desde el feminismo y la izquierda se fomenta la idea de repensarse, para romper con la hegemonía cultural capitalista y patriarcal. Sin embargo, los voceros de esta causa hace rato que impusieron un nuevo status quo.

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El doble discurso feminista asegura que no quiere reemplazar a la cultura machista por otro modelo opresor. Sin embargo, los hechos dicen lo contrario (Fotomontaje PanAm Post)

Cuando Jacques Derrida sistematiza en su obra el concepto de deconstrucción, continuando y complementando a su manera aportes de Heidegger y Freud, no necesariamente estaba pensando en la utilización particular que se le ha dado en la actualidad. El mismo autor reconoció que la idea no puede ser utilizada como un «método» y que es, por sobre todas las cosas, una invitación a la interrogación. En la cabeza de Derrida, fallecido en 2004, no estaba la idea de «disolver o de destruir», sino de «analizar las estructuras».

Pero no es para nada llamativo que dentro de sus seguidores y colegas, sobre todo en la tradición estructuralista, la idea haya crecido y mutado hasta convertirse en un caballito de batalla de la izquierda y el feminismo de la actualidad.  Hoy en día, la deconstrucción es un mandato fundamental de la causa feminista y su versión socialista fomentada desde el Foro de San Pablo, tras la caída del Muro de Berlín. La idea invita, por decirlo de alguna manera, a romper con las ataduras culturales, de lo que consideran un modelo hegemónico opresor. Es decir, el capitalismo patriarcal. Las más ortodoxas feministas de orientación lésbica van más lejos y hasta lo denominan «hétero-patriarcal».

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Los opresores y oprimidos, siguiendo el encuadre marxista de lucha de clases, son mujeres pero también hombres, tuvieron que reconocer las dirigentes del feminismo contemporáneo. Si bien el «machismo» es la herramienta opresora, ellas también denuncian a las «traidoras», no de clase, pero de género. La «sororidad» teóricamente garantiza la solidaridad entre mujeres, pero esto se limita a las personas que comparten la causa político ideológica. En Argentina se ha visto en más de una oportunidad, como los «colectivos» feministas tomaron causas como luchas propias e ignoraron denuncias de otras mujeres, por no ser «compañeras» de causa. Es decir, hay un machismo cultural opresor, pero hay mujeres cómplices y hay un feminismo militante combativo, que también tiene algunos «aliados» varones. Es decir, al fin de cuentas todo se trata de un corte transversal que poco tiene que ver con los derechos de la mujer y mucho con una agenda política determinada.

Pero aunque la causa de la «deconstrucción», que debería alejarnos de los parámetros supuestamente hegemónicos capitalistas y patriarcales, se venda como vanguardia y resistencia, lo cierto es que la construcción que busca imponer la izquierda ya se ha convertido en dominante. No por la aceptación de la mayoría, sino por el temor a no ser políticamente correcto. Es decir, esta concepción ha logrado imponerse con una minoría combativa y grandes mayorías silenciosas.

En la opinión pública no hay ningún «quorum» acerca de la opresión del hombre a la mujer en la actualidad. Pero la corriente que supuestamente es la «contra hegemónica» ha conseguido una nueva dominación cultural donde reina el miedo y el temor, hasta de decir algo fuera de lugar. Comunicadores que no han aceptado las premisas mentirosas del feminismo militante de izquierda han sido eyectados de sus lugares y las voces críticas han sido lapidadas públicamente por el segmento de opinión que dice que busca «igualar» la relación de fuerzas, pero que en realidad tiene otra agenda.

Si advertimos esta realidad que hoy nos atraviesa, podemos llegar a la conclusión que hace falta una verdadera «deconstrucción». Esto es, analizar los parámetros hegemónicos de la actualidad y percibir que hay algo que no está bien. Si hacemos ese proceso vamos a llegar a una serie de conclusiones fundamentales: que la violencia no es monopolio del varón, que las víctimas de la sociedad no son solamente las mujeres y que, al fin de cuentas, somos todos individuos entre los que hay gente decente y, lamentablemente, muchos canallas. Esto pasa en ambos géneros y en todas las orientaciones sexuales.

Revalorizar al individuo como tal no significa darle la espalda o subestimar la problemática que sufren las mujeres. Día a día las personas de bien lamentamos profundamente los casos de abuso y violencia que miles de mujeres sufren a manos de cobardes delincuentes, sobre los que debe caer todo el peso de la ley. El acoso sexual laboral es una realidad, las difíciles situaciones de las mujeres que no pueden denunciar a sus victimarios, con el que muchas veces conviven, y tantas otras desgracias de esta época son realidades inapelables. Toda la visibilidad que se le pueda dar a esta problemática es poca. Pero lo cierto es que son situaciones particulares, aunque sean muchísimas, demasiadas.

De la misma manera que no existe la lucha de clases, tampoco existe la opresión del patriarcado. La «deconstrucción» cultural necesaria de la actualidad nos lleva a abandonar los colectivismos falsos y repensarnos como personas. Dejar de combatir a los enemigos imaginarios nos dará la oportunidad de ser mucho más eficientes en el combate contra los enemigos verdaderos: los que vulneran la libertad y la vida de los demás.

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