El espíritu fascista de la pandemia amenaza con cobrarse más víctimas que el COVID-19

No nos engañemos. Detrás de esta actitud no hay preocupación por la salud pública, sino la satisfacción del morbo de personas que encontraron en la pandemia una excusa para hacer una peligrosa catarsis

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Periodistas que juegan a ser fiscales de la moral y personas que denuncian a sus vecinos en las redes sociales. Algunas de las postales bochornosas de los días de la pandemia del coronavirus. (EFE)

El gobierno argentino cerró literalmente el país. Las fronteras están clausuradas, los negocios que no se vinculan a la alimentación, medicina o cuestiones de supervicencia están cerrados y la gente (salvo excepciones) tiene prohibido transitar por la calle. La cuarentena en el país es total.

Quedará para otra oportunidad el debate sobre la viabilidad económica de estas medidas o los fundamentos de las posiciones que dividen a los liberales en torno a la cuestión. Pero si el Estado ya se embarcó en este camino hay cosas que realmente no tienen ningún sentido y que son peligrosas en estas circunstancias.

Me refiero a la actitud bochornosa que se apoderó de muchas personas que, aunque las autoridades ya llevan al pie de la letra el plan que pusieron en marcha, se dedican a ser fiscales de la moral y policías ad honorem. Una especie de pandemia paralela de fascismo que no hace otra cosa que poner en manifiesto frustraciones y resentimiento.

Cabe destacar que desde el gobierno ya pusieron a disposición del público líneas telefónicas para que las personas se comuniquen  y denuncien a los que violen las medidas de seguridad implementadas. Pero parece que esta medida privada y anónima para muchos no es suficiente. No alcanza para los que terminan usando de forma incomprensible las redes sociales para «escrachar» al que se comporta de una manera que podría ser imprudente. Detrás de cada escrache, aflora lo peor: prejuicios por religión, nacionalidad o clase social. En simultáneo proliferan los insultos para los «chetos» que viajan al exterior y para los «villeros» que no se quedan en sus humildes casillas. Es un todos contra todos en una guerra sin cuartel.

No nos engañemos. Detrás de esta actitud no hay preocupación por la salud pública, sino la satisfacción del morbo de personas que encontraron en la pandemia una excusa para llamar la atención y hacer una peligrosa catarsis. Constantemente se viralizan videos de individuos indignados que se comportan de una manera autoritaria, en medio de un caldo de cultivo que parece sacar lo más bajo de nosotros. Una escena repetida es la de los periodistas que maltratan a las personas que habrían cometido una infracción, sin importar que los imprudentes en cuestión ya están en manos de las fuerzas de seguridad. Ofrecen la mugre mientras que hay un público nutrido dispuesto a consumirla. Todos quieren sangre.

Estas actitudes, lamentablemente muy arraigadas en el comportamiento humano, dejan en evidencia hoy muchas costumbres que se vieron en procesos autoritarios a lo largo de la historia. Es evidentemente que se trata de un virus que sigue vivo, aunque la mayoría del tiempo sea asintomático.

Ya están tomadas las medidas de precaución, cada uno sabe lo que tiene que hacer y el gobierno argentino se decidió por el camino duro para enfrentar la pandemia del coronavirus (COVID-19). Si una persona considera que un vecino está comportándose de un modo irresponsable y peligroso tiene las herramientas para notificar a las autoridades y listo. Pero la caza de brujas y los escraches públicos en las redes sociales no nos van a llevar a ningún lado bueno en esta difícil situación que vivimos.

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