Peterson contra Žižek: el futuro será mejor

Independientemente de cuál mundo será el que le tocará a las próximas generaciones, el simple debate, este simple evento histórico, propone desde ya un mejor futuro.

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Al final, tanto Peterson como Žižek se dieron cuenta de que ambos coinciden más de lo que disienten. (Archivo)

El duelo de la década. O al menos para los que no siguieron el Pacquiao-Mayweather. Jordan Peterson, al tomar la palabra por primera vez, se refirió a ello: «Alguien tras bastidores me acaba de informar que la semana pasada, los tickets para este evento, se vendían por internet a un precio más alto que las finales de los [Toronto Maple] Leafs». Una victoria al tratarse de un debate intelectual —si la contienda es marxismo contra capitalismo, ya sabemos que el último ganó—.

A finales de febrero de este año se anunció lo que llevaba meses esperándose. Jordan Peterson, el prestigioso catedrático canadiense, psicólogo clínico y autor de un best seller mundial, escuchado por millones alrededor del globo, se enfrentaría a Slavoj Žižek, filósofo, sociólogo y psicoanalista marxista, quizá el pensador vivo más influyente de Occidente. Dos posturas antagónicas en torno a una misma idea: Happiness: Capitalism vs. Marxism. Finalmente ambos se sentaron en Toronto este 19 de abril.

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Bajo la modalidad de intervenciones computadas, con un moderador que siempre se mantuvo al margen, ambos grandes pensadores se desenvolvieron en un debate que superó todas las expectativas. De un lado, el psicólogo canadiense se plantó en el escenario para defender el capitalismo, la responsabilidad y la prosperidad inherente a la libertad; del otro, el filósofo esloveno explicó su postura casi revolucionaria del marxismo y se explayó sobre los peligros inherentes a la economía de mercado —que desde ya, según Žižek, sirven como preludio de un futuro apocalíptico—.

La primera intervención de Jordan Peterson, su opening speech, algo desordenado, fue un intento un poco tosco de desmontar uno de los panfletos más absurdos de la historia contemporánea. El Manifiesto Comunista no resiste ninguna embestida racional; pero el esfuerzo de Peterson fue valioso porque aún hoy parece necesario recordar que aquello era un despropósito. Lo dijo el académico: no se trata de un tratado cargado de mucha lógica sino de un llamado a la revolución. Una revolución violenta, además.

Pero el impulso se evaporó cuando aquello resultó ser un misil sin destinatario. Las aprensiones de Peterson le hicieron creer que se enfrentaba a un bobo marxista pop, de esos clásicos que pontifican desde Europa. Y el canadiense se sorprendió. «You are a strange marxist to have a discussion with», llegó a decirle después. Y todos, aunque lo conocemos, nos sorprendimos.

Debo decir que en este caso fallé como tipo de la derecha, si acaso. A Peterson no lo he leído en profundidad y no he tenido la oportunidad de pasearme por su obra de autoayuda —aunque podría recitar sus 12 rules—. Las conferencias las recomiendo y uno que otro lecture. Pero de Žižek sí cargo unos tres libros encima y varios artículos. No son suficientes, entendiendo que el esloveno es una máquina imparable de producir obras.

Pero uno con Žižek jamás deja de sorprenderse. Es lo que lo vuelve tan valioso. Tan cautivador. Le he leído llamarse comunista cientos de veces, pero también criticar con una sensatez y una dureza, ni blandidas por la derecha, a la izquierda.

Luego del opening speech de Jordan Peterson, el filósofo esloveno se sentó en un banco alto y leyó un texto sublime, muy bien articulado y casi irrebatible. Sarta de frases elevadas, grandiosas, muestra de que Žižek es un tipo que está más allá que acá. Un romántico, idealista. Juzgó a la izquierda y la responsabilizó, por su cobardía, de los grandes males que hoy padece Occidente. Reconoció los valores del liberalismo y lo dijo sin balbucear: «El capitalismo ganó».

Como siempre lo ha hecho Peterson, esta vez Žižek se lanzó contra las víctimas necias: «No te enamores de tu sufrimiento. Nunca presumas que tu sufrimiento es, en sí, una prueba de tu autenticidad». Sabe muy bien el filósofo el valor del esfuerzo y de la libertad. Luego, en una especie de harakiri marxista, sostuvo que «lo que realmente se opone al amor propio egotista no es el altruismo, la preocupación por el bien común, sino la envidia, el resentimiento, que nos hace actuar en contra de nuestros propios intereses».

Hasta acá uno sabe que ambos titanes coinciden. Pero eso llega al paroxismo cuando Žižek se atreve a tomar uno de los grandes postulados del marxismo, premisa casi sacrosanta, y la tuerce, la altera, para volverla idéntica a la noción liberal: «El igualitarismo también puede significar, y esto es lo que yo suscribo, generar el espacio para que la mayor cantidad de individuos puedan desarrollar sus diferentes potenciales».

«[El otro igualitarismo] a veces, de facto, significa: estoy listo para renunciar a algo porque sé que los demás tampoco lo tendrán», dijo el filósofo esloveno. Ese comunista blasfemo.

Lo maravilloso del opening de Slavoj Žižek fue que, aunque no estuvieras de acuerdo, era imposible no encantarse por la belleza literaria e intelectual del filósofo. Su discurso fue, en parte, una defensa de la libertad, pero también una invitación a concebir la idea de que, quizá, ese valor podría perderse con el curso desbocado del capitalismo.

 

I am far from believing in ordinary people’s wisdom. We often need a master figure to push us out of an inertia. And, i’m not afraid to say, that forces us to be free.

 

Freedom and responsibility requiere an effort and the highest function of an authentic master is to, literally, awaken us to our freedom. We are not spontaneously really free.

 

Las intervenciones de Peterson fueron intachables, pero terminó quedando supeditado al nimbo estridente que envuelve la personalidad de Žižek, jocoso y carismático. Particularmente, coincido en todo con el canadiense: el mundo no se va a acabar, solo el capitalismo ha generado prosperidad y jamás habíamos estado mejor, precisamente gracias a la economía de mercado.

El mejor momento del psicólogo fue, sin duda, cuando defendió su postura obstinada sobre la necesidad de que cada quien resuelva, primero, sus problemas en casa. «¿Y es que acaso el desorden en la vida de cada quien no es el resultado de un desconcierto social?», le preguntaba Žižek. Peterson, en su larga explicación, persuadió a todos de acatar su sexta ley: «Ordena tu casa antes de criticar el mundo».

El intercambio en torno a la simbología cristiana y la coincidencia sobre la felicidad como un subproducto —y no como un propósito. If you focus on it, you are lost— descollaron como grandes momentos de un debate que fue, más bien, una amigable conversación en la que ambos participantes guardaban un respeto y una admiración palpable hacia el otro.

Particularmente conmovía la forma casi enternecedora en la que Peterson se refería a Žižek. Con sosiego, cuidando sus palabras como quien espera deleitar, el canadiense interrogaba al marxista sobre su enigmática condición ideológica. ¿Cómo es que alguien tan original como Žižek, quien sin duda no es un marxista tradicional, se identifica como comunista y no empieza, más bien, la corriente del zizekism?

«¿Por qué me adhiero a este maldito nombre del comunismo?». Para explicarlo el filósofo reconoce nuevamente que el marxismo ha sido un fracaso y que el capitalismo ganó, pero habla de la necesidad de que exista un antagonista a la economía de mercado. Al final, el esloveno es un agonista. Si no hay conflicto, un héroe y un villano, el mundo se irá a la mierda.

Y allí, en esa noción de que todo se irá a la mierda, es que reside gran parte de la postura de Slavoj Žižek. «Soy un pesimista». «Soy un pesimista». No sé cuántas veces lo dijo, pero quedó claro.

Él es difícil de definir. Al hablar con un amigo, le comentaba que, para mí, Žižek es un pensador liberal en el sentido que valora los avances de la libertad y es, además, un defensor de sus valores. El problema es que es un pesimista y, ante un futuro desalentador, no le queda sino proponer una alternativa al liberalismo. Es lo que busca. Quiere a ese villano.

Al final, tanto Peterson como Žižek se dieron cuenta de que ambos coinciden más de lo que disienten el uno del otro. Ello obviamente fue una gran sorpresa. Para todos. Sus juicios se distancian en cuanto a lo que vendrá: para Žižek, y quizá tiene razón, la felicidad no va de mano de la responsabilidad (y, hay que recordar, son los ciudadanos, en los países más libres, los más responsables al mismo tiempo); todo ello, más el deterioro inevitable de un mundo que se consume, propone un futuro de características apocalípticas. «Soy un pesimista», ratificaría el esloveno.

Jordan Peterson, en cambio, es optimista —realista, más bien—. El mundo jamás había sido tan maravilloso como hoy y, aún el deterioro ambiental, podrá ser solucionado por una humanidad próspera gracias a la libertad.

No obstante, independientemente de cuál mundo será el que le tocará a las próximas generaciones, el simple debate, este simple evento histórico, propone desde ya un mejor futuro. Lo escribió en su cuenta de Twitter el crítico de cine Sergio Monsalve: «Žižek versus Peterson devolvió una tradición olvidada: la de grandes debates entre intelectuales, como cuando Foucault enfrentó a Chomsky».

«El formato promete ponerse de moda», remata Monsalve. Ojalá. Porque solo el debate, el encuentro cara a cara entre pensadores que invitan a la reflexión, es lo que dificultará la llegada del futuro de Žižek o consolidará el progreso que ve Peterson.

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