El fraude electoral en Venezuela existirá solo si la oposición puede probarlo

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Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral, anuncia los resultados que la oposición cataloga de fraude electoral en Venezuela. (YouTube)

I

Debemos a Guillermo de Occam, fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico inglés del siglo XIV, el “Principio de Parsimonia”, aporte de la Baja Edad Media al pensamiento científico. Decía Guillermo, en un pensamiento que ha ido evolucionando hasta nuestros días, que había que usar una navaja (la famosa “navaja de Occam”), para ir eliminando los supuestos innecesarios de una teoría, y que si para explicar un fenómeno determinado tenemos dos o más hipótesis, en igualdad de condiciones, la más factible es la más sencilla. Siglos después, Sir Arthur Conan Doyle haría afirmar a Sherlock Holmes que “una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

El 15 de octubre, a las 9:47 de la noche, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela emitió unos resultados electorales que dejaron boquiabierto al país, un país que esperaba unos resultados completamente opuestos. La Mesa de la Unidad Democrática, coalición opositora, que contaba con ganar unas 16 gobernaciones, de pronto vio cómo 17 eran adjudicadas al PSUV,  y en aquellas que ganó, los márgenes no eran, ni con mucho, cercanos a los que se manejaban por encuestas previas.

Ante estos resultados, se nos abre un árbol de decisiones, empezando por las más sencillas:

a) El CNE dice la verdad, y el chavismo ganó las elecciones de gobernadores, con, además, 55 % del voto total, lo que le devuelve la mayoría del país. No solo eso: Lo hace ganar 600 mil votos desde 2015, mientras a la oposición, por arte de la emigración (al menos eso se argumenta), la abstención y las migraciones, le resta 2,3 millones de votos, según se afirma. Ergo, el chavismo es mayoría electoral.  ¿Es creíble? A mi juicio, no. Pero, lamentablemente, con los datos que tenemos hoy, tampoco es descartable.
Ahí termina el debate que se ha generado en Venezuela. O:

b) El CNE dice mentira, realizó un fraude, ante lo cual la primera, y casi exclusiva pregunta que se genera es: ¿Se puede probar? Si la respuesta es Sí, se produce un siguiente cuestionamiento: ¿Cómo y ante quién(es)? Si la respuesta es no, volvemos al punto (a). Es decir, el CNE dice la verdad (para efectos prácticos), aunque quede para siempre la sospecha, una sospecha que no es positiva, sino todo lo contrario, y que el propio CNE puede estar buscando.

Empecemos por aplicar el razonamiento de Holmes. Hay varias cosas que lucen imposibles en el anuncio del CNE. La primera es que el Gobierno de Nicolás Maduro es amplia minoría, tanto en opinión pública como en elecciones, desde hace por lo menos 20 meses, los que van desde la elección de la Asamblea Nacional hasta ayer. Tenemos un Gobierno que ha estado, desde hace tres años, por debajo de 25 % en la aceptación en sondeos; que regenta un país en el que 95 % de los ciudadanos consideran que las cosas van mal; y en el que todas las encuestas previas a las elecciones lo daban como perdedor.

Más aún: La gestión de Maduro es calamitosa, no hay comida, no hay medicinas, los servicios públicos colapsaron, la inflación vuela al 50 % al mes, y la gente vive francamente mal. Lo que se percibe en la calle es animadversión absoluta ante todo lo que huela a chavismo, por lógicas razones.

¿El Gobierno se jugó el pellejo suspendiendo elecciones por 20 meses siendo mayoría? No luce coherente.

“No hay ninguna posibilidad de que el Gobierno venezolano pueda ganar una elección”, señalaba, hace un mes, Luis Vicente León, director de Datanálisis, uno de los más conocidos encuestadores del país. Esa opinión era compartida por prácticamente todas las empresas de estudios de opinión de Venezuela.

Es decir, descartado lo imposible, lo que queda, por inverosímil que luzca, debe ser la verdad.

Y un fraude del CNE —visto lo visto el 30 de julio, segundo en menos de tres meses—, no luce en absoluto inverosímil.

II

Si el fraude es cierto, pasemos a la segunda hipótesis de trabajo: La oposición ganó las elecciones, pero se las robaron. ¿Tiene cómo demostrarlo?

En un principio parecía que sí. Fuentes de la MUD indicaron a este reportero, hace más de once horas, que tenían data (94 % de las actas fue el número que dieron) de la victoria de la coalición en 16 estados. Además, de que en donde ganaron, fueron “cepillados” los votos para reducir la diferencia.

Estas cifras coincidían con las que manejaba Fedecámaras (la principal patronal de Venezuela) y con las de al menos una embajada de un grupo de ocho legaciones diplomáticas que estaban vigilando de cerca el proceso. Si las tres provenían de la misma fuente, es imposible saberlo.

Sin embargo, los datos no se han presentado aún. La declaración de Gerardo Blyde, jefe de campaña de la MUD, habla de “no reconocimiento de los resultados”, y no de fraude, en el entendido de que toma unas horas recabar todos los números y analizarlos. Doce horas después de los hechos, uno recuerda a otro hombre de comienzos del siglo XIX, Edmund Locard, uno de los padres de la moderna criminología: “El tiempo que pasa es la verdad que huye”.

La única manera de que la MUD pueda comprobar el fraude es, actas en mano, cotejar sus datos con los del Consejo Nacional Electoral. Si no tiene las actas, no tiene manera de comprobar prácticamente nada. Y la prolongación, durante horas y más horas, de su siguiente declaración (dilación, por lo demás, muy en su estilo comunicacional, que resulta destructiva para su base electoral) parece indicar que no los tiene.

Durante toda la jornada, en el top-five de las preocupaciones de quienes observaban el proceso estuvo la ausencia de testigos de la oposición, o la sustitución arbitraria de estos por parte del Plan República. Sin ese personal de base, frecuentemente tan olvidado, pueden faltar datos cruciales.

Si la elección del 6 de diciembre fue una paliza opositora, se le debe a una intervención crucial: La de Ismael García, exchavista, quien a las 11 de la noche se presentó en el CNE, y blandiendo un puñado de actas, señaló “toda Venezuela sabe lo qué pasó”. Obviamente, la importancia no estaba en el gesto, sino en que el CNE lo considerara una amenaza creíble.

¿Dónde están las actas? Si Zulia y Bolívar se ganaron, fue porque las actas las tuvieron. Si en Carabobo, Alejandro Feo La Cruz puede demostrar, como afirma, que ganó por 15 puntos, meterá en un problema a Rafael Lacava.

Eso, sí y solo sí existen las actas. Cada hora que pasa, parece menos probable que existan.

Liliana Hernández, coordinadora de la MUD ante el CNE, declaró en Unión Radio que no tienen en sus manos 30 % de las actas de Miranda, un estado crucial (y sencillo de vigilar), en el que, además, aparentemente, los votantes de clase media de Caracas se abstuvieron, según las cifras del CNE. Ante una diferencia de cuatro puntos, en esas actas puede estar la recuperación. ¿Por qué no estuvieron los testigos? Hernández alega que “no aparecieron”. Ya pasó en 2013. Y por eso Maduro está en el poder.

III

Si el fraude no puede demostrarse, en resumidas cuentas, es como si no existiera. La Unión Europea, Estados Unidos y el Grupo de Lima mantendrán una actitud vigilante, preocupada y de apoyo, pero poco a poco se ocuparán de otros temas. La oposición, presa de sus contradicciones, caerá en división. Es posible que los seis gobernadores electos sean destituidos por no querer juramentarse ante la Asamblea Nacional Constituyente (imaginarse la alternativa es muchísimo peor).

La crisis económica, que hasta ahora nos ahoga, ahora también nos asfixiará. En el horizonte, la tan temida diáspora masiva, que puede crear un nuevo problema de emigración a los países vecinos. Y la intranquilidad social se disparará, porque, nuevamente, quién puede pensar que en un país como Venezuela hoy, el Gobierno va a tener 55 % de los votos. Volviendo a León (o a Blyde), ni el pueblo venezolano ni la comunidad internacional.

Las primeras reacciones internacionales son cautelosas. Señalan la inverosimilitud de los resultados y llaman a auditorías extensivas e independientes del proceso electoral, que, por supuesto, el CNE no permitirá.

Que avancen de ahí depende de tener los resultados en la mano. Si la oposición los tiene, el panorama puede cambiar en cuestión de horas. Si un fraude es tan desembozado como para trocar 16 triunfos en 17 derrotas, tiene que dejar evidencias, aunque pudiera existir una verdad intermedia.

 

Y si esto es así, el panorama puede cambiar dramáticamente, porque una cosa es hacer todo el ventajismo, el creciente ventajismo con que el chavismo ha enfrentado en procesos electorales, y otra es alterar sus resultados de manera evidente.

Otra cosa, se entiende, a nivel internacional y también interno, aunque en Venezuela, en esta hora menguada de este 16 de octubre, el sentimiento que priva es la desazón. Esa desesperanza que tanto han querido inculcarnos, durante dos décadas, aquellos que en mala hora fueron electos para demoler la poca democracia que alguna vez hubo en Venezuela.

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