“Megaelecciones” en Venezuela: Resistir la farsa hecha sistema

Los venezolanos padecen un calvario permanente, pero Maduro intenta convencer al mundo de que votarán por su maltratador

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El mismo día en que Maduro anuncia su plan para perpetuarse, una encuesta señala que 87% de los venezolanos son pobres. (Archivo)

La escena transcurre serenamente, como la Primavera, de Vivaldi: Una tarde cualquiera, Nicolás Maduro puede salir en TV (parece su única actividad diaria, estar dos horas en TV), y decir: “tengo una idea”.

Aunque a uno le parezca extraño (es difícil imaginarse a Maduro generando ideas que vayan más allá de “pásame la guasacaca”), en efecto, la tiene: Se le ocurrió, o antes que él se le ocurrió a Diosdado Cabello (da igual), que puede adelantar las elecciones presidenciales o las legislativas, o ambas.Unas megaelecciones, es decir.

¿Por qué? Porque puede. No le importa que hace dos años él mismo dijera que eso era imposible según la Constitución. No tiene el carisma ni el dinero de Chávez, pero no los necesita: Hace rato que es imposible siquiera pensar que regresará algún día al orden constitucional.

La ruptura que se dio con las sentencias 155 y 156 del Tribunal Supremo de Justicia, hace diez meses, hoy es el Gran Cañón de Colorado gracias a la Asamblea Nacional Constituyente: Media hora después de que Maduro anuncie su ocurrencia, Delcy Rodríguez, maestra de ceremonias de ese no faltaba más, (la llave maestra del fraude, también falsificada), le dice “pida por esa boquita”.

Luego, alguno de los magistrados con prontuario policial del TSJ (hay varios) redactará que en vista de que hay un “desacato” que el mismo tribunal se inventó, pues lo que procede es cercenar en más de dos años el mandato popular de los diputados.Y desde el Consejo Nacional Electoral, Tibisay Lucena afirmará que, por supuesto, que es un poco apresurado, pero que pueden organizar una “elección” para más de 2 mil cargos en menos de dos meses.

Y así, para no desafinar ni una semicorchea en tan precisa sinfonía (donde nada discuerda, donde no cabe un Sol donde iba un Fa), sale Henri Falcón y dice que él se sacrificará por la Patria, enfrentando a Maduro en semejante esperpento de las megaelecciones. Falcón, el que hacía media hora había suscrito un convenio con la oposición para no entrar en la comparsa. Luego se sorprende de ser un sospechoso habitual…

El sistema de las mentiras

La Venezuela madurista es una gigantesca farsa: Una mentira que oprime a sus ciudadanos desde que sale el sol hasta que, agotados y hambrientos, se acuestan en las noches. Las instituciones son una mentira, los servicios son una mentira, el dinero es una mentira, el trabajo es una mentira: El Gobierno les miente cotidianamente y como fórmula.

La vida es una mentira, una normalidad en el naufragio; cuando las cosas se vuelven así en un país (no es la primera vez) la gente vota con sus pies. Millones de ciudadanos se han marchado, hastiados de ser rehenes y con la necesidad perentoria de dejar su tierra para sobrevivir.

Millones más se marcharán: El mismo día en que el régimen anuncia que pretende aumentar su control sobre la vida de los ciudadanos en forma fraudulenta, se presentan los resultados de una encuesta, la Encovi 2017, la más seria que se hace en el país, que señala que solo 13 % de los venezolanos escapan de la pobreza (la cifra era de más de 50 % hace cuatro años), y que nueve de cada diez personas dejan de comprar todos los alimentos que necesitan porque no les alcanza el dinero.

Cómo también ha sucedido otras veces en la Historia, llegado este punto, el único interés de la casta gobernante es sostenerse en el poder. No le importa la tragedia social, el hambre ni la muerte. Es más: Las necesita. Maduro necesita que más gente salga de Venezuela, necesita el hambre para lograr control social, necesita a la gente en modo de supervivencia.

Cuando pregona que ahora sí, que ya pronto veremos la luz, y que si le damos seis años más, recuperará el país que ha destrozado a lo largo de dos décadas ya, promete imposibles, como los 70 o más comunismos que se han aplicado en el mundo, y que han fracasado en Europa, Asia, África y América Latina, independientemente de razas, niveles de desarrollo previos o abundancia de recursos naturales: Al juntar un sistema tan ineficiente y perverso como el comunismo con una cultura política tan corrupta como la venezolana, y con una casta en el poder que además, en gran parte, proviene del (o tiene mentalidad del) hampa común, la hambruna termina hasta siendo lógica.

Desafío y desastre

Con sus elecciones adelantadas (el hecho de que un gobernante se invente estrafalariamente elecciones y plazos electorales muestra cuán seguro está de sus resultados), Maduro no desafía a la oposición venezolana, descuajaringada, hambreada, reducida, intervenida, y además, mirándose el ombligo; Maduro, y sus conmilitones, desafían a la comunidad internacional, y muy especialmente a Estados Unidos, al que consideran un tigre de papel, lo cual no es sorpresivo, considerando que su principal asesoría política viene de Cuba, donde una tiranía inmisericorde le ha sacado la lengua a su vecino del norte durante seis décadas.

La respuesta de esta comunidad al mandón es, y será, el aislamiento. Las sanciones, que se mueven con lentitud exasperante, continuarán; las relaciones internacionales de Maduro se limitan a Erdogan, Teodoro Obiang o Lukashenko, porque hasta Vladimir Putin mantiene una distancia prudente.

Maduro es hoy un miembro de pleno derecho del club de los dictadores, y un paria global; cualquier venezolano sabe que Maduro perdería cualquier elección medianamente limpia. Lo sabe también la comunidad internacional, que entiende que nadie, puesto a elegir sin presiones, apoyará a sus maltratadores.

¿Se logrará reducirlo a la legalidad? Para quien esto escribe, es dolorosamente obvio, hoy, que los venezolanos no podemos solos. No se le puede pedir más a una adolorida, enferma, escarnecida, sociedad venezolana que ha hecho, además, todo lo que ha estado en sus manos para manifestar su descontento.

Este año no pareciera que habrá alzamientos populares, sino un éxodo que continuará complicando a Brasil, Colombia y otros vecinos. Muchos de quienes se queden, muy probablemente, morirán de hambre o de falta de medicinas en poblados y ciudades. La Encovi 2017 se hizo antes de que comenzará la hiperinflación actual. Los resultados de la misma han perdido ya vigencia, para peor, advierten sus propios investigadores.

Contra la visión derrotista

La visión predominante, sin duda, es que el Gobierno afincará su puño de hierro sobre lo que queda de la sociedad venezolana, se inventará “leyes” al estilo comunista y finalmente impondrá su sueño dorado: Un régimen de partido único, con el poder total y con paredón por “traición a la Patria” (que de todas formas ya aplica) para quienes aún se le resistan.

Pero hay una visión alternativa. Lo que está haciendo Maduro (inventar elecciones, monedas, organizar y responsabilizarse de masacres, detener ancianos) es lo que hacen los gobiernos semanas antes de caer. Su soledad es absoluta; un proceso fraudulento solo la reforzará.

El consenso internacional sobre la situación venezolana tiene muy pocos antecedentes: Suráfrica y Chile en los 80, Yugoslavia en  los 90, Siria en la década pasada. Salvo (aún) en Siria, tales consensos han llevado, indefectiblemente, a cambios políticos. Además, Maduro ha convocado elecciones en dos meses, pero la situación actual tiene un componente nuevo y explosivo: La hiperinflación.

60 días en “días hiperinflación” son muchos días: Las protestas van en ascenso, como el descontento civil y militar. De hecho, la premura de la casta parece obedecer a que saben que necesitan terminar de ahorcar a los venezolanos antes de que las cosas se salgan de madre.

¿Cómo empujar? Desde el mundo entero, promoviendo el conocimiento sobre lo que sucede en Venezuela y exigiendo democracia. Desde lo interno, con una unidad opositora que trascienda lo político e ingrese en lo social.

Y desde los medios, defendiendo la verdad, el acto más revolucionario que existe en tiempos de engaño universal, como decía Orwell.

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