Es tiempo de una nueva Revolución en México (de ideas)

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La Revolución Mexicana es la historia de una telaraña de traiciones, mentiras, envenenamientos, emboscadas y asesinatos a sangre fría. (Flickr)

Hace 117 años iniciaba el conflicto armado más importante de la historia contemporánea de México. El 20 de noviembre el entonces aspirante opositor a la Presidencia, Francisco I. Madero, promulgaba el plan de San Luis que llamaba a tomar las armas en contra del Gobierno del general Porfirio Díaz, y daba inicio así inicio a lo que a la postre sería recordado como la Revolución Mexicana.

Muchos han pretendido idealizar a este período de la historia mexicana y los clichés que sus principales actores representan no dejan espacio a especulaciones al respecto; Díaz representa el “orden y la paz” que reinaron durante el período del porfiriato, Madero es el “apóstol de la democracia”, Emiliano Zapata el fiel representante de las causas agrarias e indigenistas y Francisco Villa el caudillo que ha sido el único capaz de doblegar a Estados Unidos con su valentía y picardía mexicanas.

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Lejos de esta visión telenovelesca y romántica de la Revolución, el saldo objetivo de este conflicto fue devastador: un país igual de pobre, con una debilidad institucional que tomó años restaurar y, sobre todo, con 2 millones de muertos en el transcurso.

La idea de querer idealizar a sus principales actores es simplemente insostenible; la Revolución Mexicana es la historia de una telaraña de traiciones, mentiras, envenenamientos, emboscadas y asesinatos a sangre fría; apenas poco más que una lucha encarnizada por el poder en la que los ideales siempre quedaron en un lugar secundario a comparación de los intereses y aspiraciones políticas de los principales involucrados.

Los héroes y mártires de la Revolución eran personas como cualquier otras, con errores y aciertos, pasiones, obsesiones y secretos que terminaron por pasarles factura a una sociedad necesitada de la estabilidad y la paz que solo un verdadero Estado de derecho puede garantizar y que por aquellos tiempos se perdieron por completo.

A pesar de estos hechos, existe una extraña obsesión de parte de los más nacionalistas y de las corrientes más estatistas por glorificar este período de la historia de nuestro país.

En un afán de construir héroes de barro y una identidad nacional cimentada en arenas movedizas ideológicas, se han impreso durante decenas de generaciones miles de libros de texto “gratuitos” pretendiendo exaltar a los héroes de la Revolución, se han construido cientos de monumentos a lo largo del territorio nacional, se han nombrado calles y avenidas en honor a la Revolución y sus principales generales, y cada año se festeja como fiesta nacional un acontecimiento que lejos estuvo de ser benéfico para México.

 

En pleno siglo XXI es pertinente señalar que esta extraña y sistémica obsesión con la historia nos hace prestar más atención a un pasado —que ciertamente deberíamos estudiar, pero solo para no volver a repetirlo— en lugar de poner nuestros esfuerzos en la construcción de un futuro más próspero, competitivo y sostenible en el largo plazo.

Las revoluciones políticas han demostrado siempre tener resultados fatídicos. La derogación de un régimen y la imposición de uno nuevo a través de la violencia no es ni ha sido la solución nunca, solo terminan por empeorar las problemáticas que en un principio pretendían resolver. La Revolución bolchevique, la mexicana e incluso la idealizada francesa son prueba fehaciente de esta realidad.

Somos afortunados de vivir en estos tiempos en los que para ser revolucionarios hoy no hace falta tomar un arma y jugarse la vida en pro de ideales impuestos por líderes carismáticos y bravucones, y en los que basta con atreverse a cuestionar lo que muchos dan por hecho y trabajar en cambiar el clima de ideas que impera en nuestro día a día para tener un impacto en sociedad.

En política es tiempo de cuestionar el tremendo rol del Estado que tantos burócratas y políticos nos han querido imponer a lo largo de la historia, en economía deberíamos reposicionar el concepto del empresario y del emprendedor como un ente generador de riqueza y bienestar social, no como un “malvado explotador”, y como sociedad deberíamos entender a la libertad como el eje rector de las relaciones entre civiles.

Cuidado con aquellos demagogos y populistas que siguen queriendo colgarse de estas figuras bélicas e históricamente manipuladas para vendernos proyectos de nación obsoletos.

En los últimos 100 años el mundo ha tenido más avances que en el resto de la historia de la humanidad y como sociedades modernas tenemos que saber estar a la altura de los nuevos retos que esto representa.

Hoy las verdaderas revoluciones se deben generar en el campo de las ideas. Dejemos de idealizar un pasado que fue trágico y doloroso y fijemos nuestros objetivos en la construcción de un futuro más libre donde la igualdad ante la ley y las posibilidades de prosperar en un contexto pacífico sean realidades al alcance de todos.

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