Venezuela: el último Madurazo

Los socialismos solo son buenos para destruir

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Venezuela: el último Madurazo (P)

Venezuela vive tristes tiempos de bancarrota. El socialismo del siglo XXI se exhibe con su mortecina y sus jirones, dando pena ajena, pero resistiéndose a morir.

Ayn Rand, tal vez imaginando situaciones similares, que toda su vida advirtió como posibles, señaló que, frente a las épocas de ruina, los individuos solo tienen dos cursos de acción posibles:

“Pueden evadir la realidad de su situación y actuar frenéticamente, a ciegas, siguiendo la conveniencia del momento, sin atreverse a mirar hacia adelante, deseando que nadie diga la verdad, pero esperando contra toda esperanza, que algo los salvará, de alguna manera. O pueden reconocer la situación, revisar las premisas, descubrir sus activos ocultos, y comenzar a reedificar”.

Con esa frase podríamos terminar el artículo. Pero vale la pena abundar a los fines de la pedagogía política. Nicolás Maduro acaba de darle más velocidad al derrumbe del país, y al colapso de cualquier esperanza de rectificación. Los socialismos son recalcitrantes en el error, entre otras cosas porque creen que la utopía es perfecta y realizable, solo que ellos, sus autores, son incapaces de dar con la intensidad correcta, con la sincronía perfecta. Por lo tanto, nunca desmayan en el intento, no tienen reversa analítica e insisten obsesivamente hasta que todos ellos son aplastados por la fuerza de la realidad.

El régimen sufre de déficit de realidad y exceso de falacias, argumentos verosímiles, pero falsos. Del régimen no se puede esperar intelección sino el fatal anclaje al error. El grupo de personas que dirigen toda esta destrucción padecen de egolatría ideológica, dicen por ejemplo que, si el país no es de ellos, no es de nadie, y un mesianismo que los transforma en capaces de todo y buenos para nada.

El diletantismo con el que asumen tareas complejas, el extremo voluntarismo exigido, el desprecio a la técnica y a cualquier competencia gerencial, la sublimación de lo grotesco, y la celebración de falsas analogías, como la que ensalza al chofer que conduce al país, o la que celebra que un obrero sea el presidente, no son sino demostraciones de un síndrome psicopático en cuya mezcla resaltan además la imposibilidad de rectificar, la teatralidad y las puestas en escena, la confusión sistemática de los planos de la realidad, la obsesión por el poder, la manipulación de la verdad y una intensa falta de empatía.

Todas estas características se pusieron en juego en ocasión del Madurazo, una especie de “mueran Sansón y los Filisteos” que intensificó hasta el ridículo el intento de hacer obedecer a la realidad, de reducirla al plan, y de violar todas sus reglas, creyendo que bastaba con exterminar a los que se oponían para doblegar las circunstancias y hacer entrar en razón a la economía. La trama es insólita.

El PIB venezolano se ha desplomado. La industria petrolera se ha venido a menos. Mas de dos tercios de los activos empresariales del país se han esfumado, la agroindustria denuncia que se han perdido temporadas de cosecha, que se ha sembrado mucho menos, y por supuesto, la hiperinflación es el quinto jinete del apocalipsis y la undécima plaga de Egipto, y sin embargo, el régimen decide unilateralmente, sin aviso y sin protesto, de una sola vez, aumentar treinta y seis veces el salario mínimo, nivelar las pensiones y además, promete pagar noventa días de sueldo de toda -óigase bien- toda la población económicamente activa, que suman unas 14 millones de personas.

Eso significaría un sacrificio fiscal equivalente a 400 millones de dólares mensuales, que obviamente no se tienen. Y si no se tienen ¿de dónde los van a sacar? De la nada, de la chistera, porque ellos creen que pueden decretar el “hágase el dinero” sin pasearse por el proceso de generación de riqueza que le otorga validez. En el mundo de la no realidad, del sin sentido, todo puede ocurrir, pero cuando lo trasladan a la realidad no es lo que ellos imaginaban. No es la estabilidad sino la total convulsión. No es la detención de la crisis, sino su aceleración. No es la solución, sino un problema agravado, que va a ocasionar más muerte, más desplazamientos forzados, más calamidades.

La tasa de suicidios se ha incrementado en Venezuela. Porque ¿cómo se imagina el ciudadano este Madurazo? Como un alud insalvable, que le da mucha rabia, que le provoca mucha indignación, pero también mucha desesperanza. El régimen podrá pensar que esos casos son efectos colaterales de su propia trama. ¿Cuál es la trama? Destruir para dominar. Disolver para ocultar culpas.

Negar para no asumir la responsabilidad por las consecuencias. Conservar lo único importante para ellos, el poder. Y ellos creen que lo pueden lograr si apalean al país hasta convertirlo en una víctima incapaz de defenderse, y que no ve otra salida que la muerte o la huida.

Por eso mismo no se debería analizar el Madurazo solamente como un nuevo descalabro económico. Es algo más, un intento que busca descoyuntar la integridad mental y emocional de los ciudadanos. Es desolación administrada en dosis muy altas, y a la vez una trampa mortal, un laberinto lleno de equívocos detrás de los cuales se esconde la mano de hierro que comete delitos de lesa humanidad sin que le tiemble el pulso. Los socialismos solo son buenos para destruir.

El combate de la desesperanza aprendida es tarea fundamental de los líderes. Contra el frenesí destruccionista hay que oponer la verdad, la integridad y las opciones para salir de esto. Agradezco este trío irrebatible de acción política al profesor Daniel Lahoud. La verdad es que el régimen está muy débil, practica la equivocación con persistencia, pero es muy dañino, y lo seguirá siendo mientras siga en el poder. La verdad es que los venezolanos, acompañados por la comunidad de naciones democráticas, no pueden dar su brazo a torcer.

La protesta, la impugnación, el descrédito y la denuncia son tareas que se nos han impuesto por la fuerza de las circunstancias. La verdad es que el régimen acumula crisis, y alguna de ellas le va a explotar en la cara, y a partir de allí todo será llanto y crujir de dientes para ellos.

La verdad es que todas las instituciones, toda la burocracia al servicio del estado mira con sorna y toma distancia de los que han causado esta hecatombe. También los militares. La verdad es que el régimen ha penetrado con su corrupción y capacidad de extorsión a muchos sectores de la sociedad, y por lo tanto, hay que exigir integridad, honestidad y coraje a los que aspiran a liderar el cambio y la transición.

La verdad es que lo único que estorba es el socialismo del siglo XXI, porque este país tiene arreglo, aunque sea duro y agreste el camino a su reconstrucción. La verdad es que la base social construyó consensos de hecho, que son más importante que cualquier unidad forzada. La verdad es que estamos preparados y dispuestos para iniciar el largo camino de nuestra propia liberación.

La diferencia entre el Madurazo y el resto del país es que, mientras el primero no es otra cosa que estertores terminales de un régimen sin futuro, los nuestros son dolores de parto. Ojalá América Latina entienda y asuma esta experiencia ajena a ellos, pero peligrosa y tentadoramente cercana. El socialismo es charada, fraude y malandreo. No se dejen, porque veinte años es toda una vida.

 

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