Venezuela: la irrelevancia contumaz

Lo que en un principio se vio como una oportunidad que nos entusiasmó a todos, se ha convertido en un problema reputacional y de política exterior de los aliados

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Venezuela está al borde de perder esta nueva oportunidad. (Foto: Flickr)

Cuenta Pu Yi en su biografía que tenía especial aprecio por una frase de uno de sus ancestros, Yung Chen (1678-1733). «Se debe confiar en el hombre, pero nunca confiar completamente. Si esto no se entiende, es imposible hacer un uso correcto de las personas. Uno solo puede tener fe en los hechos del pasado, pero hay que vigilar el futuro». Si nos guiamos por lo que terminó siendo su vida, nunca entendió el sentido de las palabras del cuarto emperador de la dinastía Qing. Su historia estuvo marcada por la mala fortuna, muy poca sensatez y muy malas decisiones. La última de ellas, fu haber convenido con los japoneses el ser el titular de un gobierno títere en Manchuria durante la Segunda Guerra Mundial.

Pu Yi fue emperador tres veces. Dos en China y una en un territorio ocupado por una potencia agresora. Vivió buena parte de su vida como tal, pero nunca gobernó. El suyo fue un poder de ficción, aferrado al ceremonial, a cargar con su corte y a lidiar con su esposa y su concubina. Todo lo demás era decidido por otros, con otros intereses que, si bien lo conservaban por su potencial importancia, nunca le concedieron la mínima oportunidad de ser lo que él aspiraba.

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De allí que cada vez que tengo que imaginar en qué consiste la irrelevancia me viene a la mente la trágica e insignificante vida de Pu Yi, emperador de Manchukuo, un reino inexistente con un gobierno de opereta, concebido por los japoneses para encubrir lo que en realidad era su propia versión del lebensraum alemán: la esfera de coprosperidad de la Gran Asia Oriental.

Pero aclaremos cual es la esencia del arquetipo. Este personaje es irrelevante porque tuvo poca o ninguna importancia en su propia trama histórica. Porque el esfuerzo que invirtió en dirigir el curso de su propia vida fue mínimo o intrascendente, y al final no tuvo notabilidad alguna. Todo lo demás es anecdótico y poco importante a los efectos del análisis que quiero proponer.

Venezuela está al borde de perder esta nueva oportunidad. La iniciativa de la Asamblea Nacional legítima, que invocó el artículo 233 de la Constitución, por la cual desconocían el régimen de Nicolás Maduro y designaban al presidente del parlamento como titular interino del gobierno nacional, está irremisiblemente perdida si sigue transcurriendo entre la ineficacia y los escándalos de corrupción, que son obvia consecuencia de un manejo sectario, ainstrumental y no estratégico de las decisiones que se toman.

Se es ineficaz cuando no se logran resultados. Se es corrupto cuando hay abuso del poder encomendado para lucro privado, no se rinden cuentas y se permite que los recursos, que siempre son escasos, se usen sin criterio. Se practica el sectarismo cuando se privilegia el proyecto personal sobre el interés general y no se tolera al que piensa diferente, que comienzan a ser ignorados. La ainstrumentalidad es la incapacidad para conectar eficazmente medios disponibles con fines deseados, y la falta de estrategia se sufre como improvisación, disociación y diletantismo. La tormenta perfecta que significa el que confluyan todas estas características tiene como únicas consecuencias posibles la pérdida de oportunidades y la irrelevancia creciente.

La incapacidad para que ocurra el cese de la usurpación en el corto plazo coloca al país en una terrible encrucijada. Podemos volver a perder un lustro, una década, o todo el tiempo que medie entre la confluencia de una nueva oportunidad y la vigencia de un liderazgo que quiera asumir la estrategia del coraje.

Lo que en un principio se vio como una gran oportunidad que nos entusiasmó a todos, ahora se ha convertido en un problema reputacional y de política exterior de los aliados que generosamente reconocieron el gobierno provisional. No hay una sola promesa que se haya honrado. Ni una sola iniciativa que haya tenido éxito. Desde afuera es muy probable que aprecien un barullo incomprensible, con excesos de vocerías desarticuladas y contradictorias, iniciativas discutibles que se llevan delante de manera inconsulta, y una agenda institucional que en nada se parece al sentido de urgencia de los venezolanos que sufren.

Imaginen ustedes que un embajador aliado deba presentar un informe sobre la agenda de temas parlamentarios. ¿Qué puede decir sobre la retahíla de acuerdos y propuestas intrascendentes, mientras se niegan a discutir otras que pueden ser interesantes a los ojos de los aliados como señales de disposición al trabajo que requiere el cese de la usurpación? ¿Qué informe puede dar de la gira continua de los protoministros del gobierno de transición, con su plan bajo el brazo, mientras la usurpación sigue haciendo estragos y no hay forma de lograr que cese? Ese informe no podrá decir tampoco cómo se transformó una deuda ilegal en una cuyos intereses se deben honrar, sin que haya procedido la autorización del pleno parlamentario. Y tampoco podrá encontrar una razón por la que se han negado sistemáticamente a debatir la invocación del artículo 187 numeral 11 de la constitución que permitiría el ingreso de fuerzas militares extranjeras.

El diplomático no tendría cómo informar de donde salió el mandato para iniciar diálogos en Oslo, porque tampoco pasó por la Asamblea Nacional, y cómo se ha ignorado olímpicamente el estatuto que rige el gobierno provisional, que debería regular e intentar una institucionalización, aunque sea precaria, de los actos de gobierno. No hablemos de los fiascos de la ayuda humanitaria, ni los inexplicables sucesos del 30 de abril. No abundemos en el rol extraoficial del jefe de Voluntad Popular en las decisiones del gobierno, y tampoco de la forma como se están manejando recursos aportados para la lucha política.

Ese embajador muy probablemente deberá reportar que los esfuerzos se han concentrado en donde tienen menos impacto para el cese de la usurpación. Tal vez comiencen a pensar seriamente en que esta iniciativa está perdiendo tracción luego de demasiados meses y demasiados fiascos. Que han dejado de ser previsibles, y que no notan disposición democrática a enmendar la ruta. Si tiene que acompañar este diagnóstico con una recomendación, posiblemente sugerirá que hay que esperar, porque el panorama no está claro. Por eso la irrelevancia va siendo el resultado previsible pero indeseado de un manejo inadecuado de la coyuntura política, convirtiendo en vientos en contra los que hasta hace muy poco soplaban a favor. ¿Y entonces qué hacemos?

Inventariemos primeros los efectos perversos de la irrelevancia:

 

  1. Se ha perdido la iniciativa política y ya no manejamos con fluidez la agenda.
  2. Los fiascos seriales han tenido un efecto corrosivo en la confianza internacional. No se puede confiar en un aliado que miente, o que transmite información imperfecta sobre hechos ocurridos o por ocurrir, o que tiene demasiados voceros, que para colmo no tienen una versión unívoca sobre el diagnóstico y las prioridades.
  3. Se ha invertido la relación. Ahora son los otros países los que quieren resolver su problema venezolano. Hemos caído en el plano de la retórica diplomática (que es improductiva), en la indiferencia, y en el abismo de los diálogos, negociaciones, encuentros y transacciones entre dos versiones del país político que se reconocen y convalidan mutuamente.
  4. Los países del continente están dejando de concebir que la sobrevivencia del socialismo del siglo XXI en Venezuela es también para ellos una condena con el plazo pospuesto. Esto es lo más peligroso.

 

El tiempo es una variable crucial en la política. En casos como el venezolano, con dos gobiernos, uno de facto e ilegítimo, y otro legítimo, pero sin otro poder que la creencia en su validez, sin duda que el tiempo que pierde uno lo gana el otro. Pero no solo porque se mantiene un statu quo muy precario y doloroso para los ciudadanos. Es que el juego se debate en el terreno donde se lucha por magnificar la irrelevancia del contrario, muy peligroso para los demócratas que podrían ver cómo se plantea una de las siguientes alternativas:

  1. El juego de guerra de trincheras, donde gana el más eficaz y el que tenga más recursos para resistir, mientras el otro desaparece.
  2. El juego de Bashar al-Ásad, «la resistencia heroica de la tiranía» y la somalización del país, donde gana el que sobreviva con dominio parcial de territorio, en un país destrozado y descoyuntado, pero que el hastío y la necesidad de lograr una normalización del conflicto, terminan por reconocer como aceptable al que poco antes era el enemigo del mundo libre.

En ninguno de estos escenarios puede ganar el gobierno provisional invocado desde el 233 constitucional por tres razones: al actual titular le quedan seis meses, y al parlamento 18 meses. Además, no hay una mirada unívoca del proceso político desde los bloques parlamentarios que hacen vida en la Asamblea Nacional, lo que hace difícil garantizar que el cese de la usurpación sea un enunciado que asuma el próximo titular del gobierno provisional. Por último, el régimen persiste en la tarea de rebanar la representación de los diputados, allanando su inmunidad, apresándolos u obligándolos al exilio. Estas circunstancias requerirían un juego mucho más fino que el que se está practicando, y con más sentido de urgencia. ¿Tenía plena conciencia Pu Yi de todas las conjuras que gravitaban sobre su suerte?

El error de enfriar las relaciones con los gobiernos del continente (Estados Unidos incluido) para ir al abrazo de la mediación noruega es otro dislate dentro de la misma sinfonía de traspiés. No solo porque se desfiguró la nítida imagen del usurpador, sino también porque el régimen es especialista en transformar esos episodios en tiempo ganado para ellos. No deja de ser importante, a los efectos del análisis, que tal decisión, incluida la designación de los representantes y negociadores, se tomó sin que se debatiera en la Asamblea Nacional (titular del poder provisorio) y mucho menos se notificara al país. En este caso, lo intolerable son dos aspectos: la excesiva arbitrariedad, y que una y otra vez, al descubrirse lo que están haciendo, deban hacer un agotador control de daños que los muestra muy autoritarios y crecientemente deshonestos.

Mientras tanto, el tiempo pasa, las condiciones del país se envilecen, y vemos cómo se cierran las posibilidades del 233 constitucional sin haberlo desarrollado completamente: ese es el peligro de volver a caer en la irrelevancia contumaz. No es, por tanto, un hecho fortuito de corrupción lo que me preocupa, sino la secuencia que nos lleva fatalmente a la intrascendencia de este esfuerzo, y a la corrupción de sus operadores.

Me llama la atención que la cultura de la prepotencia autoritaria haya cundido en los que han tenido la oportunidad de liderar este proceso. La persecución y la organización de embestidas perfectamente articuladas contra los que disentimos de la forma y el fondo de esta experiencia ha sido notable. El acoso a periodistas que buscan la verdad y la obvia alineación de otros que operan como amplificadores propagandísticos es inocultable. Se hace sin falsos pudores. El uso del dinero, sin rendir cuentas ni dar explicaciones, para beneficio de una corriente de oposición que quiere ser hegemonía, nos deja el mal sabor de presentir que esta dictadura, si cae, puede ser fácilmente sustituida por otra, igualmente amoral y tendenciosa como la que queremos superar.

Porque mientras los venezolanos siguen huyendo despavoridos, o sufriendo los rigores de un país devastado, se aprecia por otra parte una dirigencia empalagada consigo misma, enarbolando una heroicidad de opereta, perdida en el laberinto de su propio afán para lograr la intrascendencia, y practicando la misma lógica cortesana y desconectada que malogró la vida y propósitos de Pu Yi, el último emperador.

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